19 abril, 2018. Por

Isla de Perros

La nueva golosina visual de Wes Anderson es más amarga y empalagosa de lo que cabría esperar
Isla de Perros

Cuatro años después de encandilar a medio mundo con El Gran Hotel Budapest (2014) el peculiar realizador estadounidense, Wes Anderson, vuelve al único género que, por ahora, le ha puesto verdaderamente cerca de un Oscar: la animación. Con Isla de Perros (2018) Anderson intenta el más difícil todavía: sublimar sus ricos mundos audiovisuales y ponerlos al servicio de una historia universal y poderosa. La jugada es arriesgada y, aunque acaba llevando el cine de Anderson a sus cotas más refinadas, también exagera las características menos disfrutables de éste, dando lugar a una película fascinante, pero imperfecta.

En un futuro no demasiado lejano, Kobayasi, el alcalde de la ficticia ciudad nipona Megasaki expulsa a todos los perros de la metrópolis. A pesar de las quejas de sus compañeros humanos los animales, enfermos y desvalidos, son abandonados a su suerte en un islote lleno de basura. Solamente el joven Atari, sobrino del alcalde, se atreverá a aterrizar sobre la apestosa isla para buscar a Spots, su fiel mascota. Spots resultará bastante complicado de localizar pero, por el camino, Atari se rodeará de la manada comandada por Chief, un antiguo perro callejero al que no le hace ni pizca de gracia confraternizar con humanos.

Con un diseño de producción apabullante, Isla de Perros es una auténtica golosina visual que no puede dejar indiferente a un solo espectador. La cada vez menos común animación stop-motion, que ya empleó magistralmente en Fantástico Sr. Fox (2009), el excepcional elenco que pone voz, incluso a los personajes más nimios; y el inteligente uso de la banda sonora para añadir plasticidad a las grandilocuentes imágenes son algunos de los elementos que el aficionado al cine de Wes Anderson puede esperar reencontrar en Isla de Perros. Pero la película es ambiciosa y da la impresión de que hay un afán activo por armar un relato más completo y universal que el se puede disfrutar en las anteriores películas del estadounidense.

Isla de Perros es una auténtica golosina visual que no puede dejar indiferente a un solo espectador

Por ejemplo, la elección de Japón como escenario permite a Anderson introducir varios detalles que enriquecen la narración de manera crucial. Lejos de hacer de ello una mera anécdota, la barrera lingüística del país oriental elabora una inesperada triquiñuela narrativa: el espectador percibe la comunicación canina en su propio idioma (inglés, en la versión original) mientras que los humanos hablan, en su mayoría, en japonés sin subtítulos.

El espectador no versado en el idioma nipón depende de la traducción “simultánea” que realizan en algunas escenas clave unos personajillos que no parecen tener otro fin en la película. De esta manera Anderson confiere, por si no fuera suficiente, todavía más peso al componente visual de la narración y muestra en todo su esplendor el choque cultural que los occidentales todavía experimentamos cuando intentamos entender Japón. El truco tampoco está exento de simbolismo, puesto que se puede relacionar con las peculiaridades de la comunicación entre humanos y animales.

El uso del japonés durante toda la película no es deliberado

La representación de la cultura japonesa, eso sí, le está trayendo a Anderson unos cuantos quebraderos de cabeza. Las palabras “apropiación cultural” o “ridiculización” se están repitiendo con frecuencia en la prensa desde la premiere de Isla de Perros en la última edición de la Berlinale. Sería necio no reconocer que la cinta contiene considerables dosis de paternalismo occidental sobre las aparentemente cuadriculadas costumbres de la nación insular oriental. Pero sería igualmente miope no aceptar que por cada broma al respecto hay varias declaraciones de amor a la cultura y el arte japonés. Ni que decir tiene que las referencias a los maestros nipones del cine, Hayao Miyazaki y Akira Kurosawa, empapan la película desde el primer minuto hasta el último.

Por cada broma al respecto hay varias declaraciones de amor a la cultura y el arte de Japón

La ambientación oriental permite añadir una nueva dimensión, épica y sorprendente, al ya de por sí peculiar universo visual de Wes Anderson. La cinta es, sencillamente, hipnótica: como viene siendo habitual en su cine, cada plano se puede detener y deleitarse en un buen puñado de detalles, como si nos halláramos ante un elaborado bodegón. Ya sea por el uso de las simetrías, el color o por el habilidoso uso del lenguaje cinematográfico. Y, claro, el refinamiento de la animación stop-motion, tan venida a menos desde la irrupción de las técnicas digitales, así como el enfermizo pero adorable nivel de detalle que alcanzan las marionetas de los perros, hacen difícil apartar la mirada de la pantalla.

Por simple que parezca, el disfrute está relacionado con cuánto le gusten los perros a uno

La deliciosa caracterización de los personajes ya destacaba en Fantástico Mr. Fox, pero Isla de Perros se empeña en llevarla más allá. Aquí da la impresión de que intervienen más personajes y que éstos son, además, más diversos en cuanto a su caracterización y expresiones. Los numerosos escenarios, la diversidad de éstos y la falta de miedo a la hora de saturar las retinas de los espectadores de información dan como resultado una película de una belleza incontestable.

Isla de Perros cuenta en 100 minutos una historia que en 70 podría estar resuelta perfectamente

Pero, a pesar de sus múltiples aciertos, Isla de Perros tiene bastantes aspectos mejorables. El principal de ellos es ya una constante del cine de Wes Anderson: la duración. Isla de Perros cuenta en 100 minutos una historia que en 70 podría estar resuelta perfectamente. A pesar de la opulencia artística, hay un momento hacia la mitad de la película en la que ésta ya no tiene nada nuevo que ofrecer. De modo que se encuentra uno contemplando recursos, escenarios y personajes que, a pesar de la belleza, cada vez se le van haciendo más repetitivos. Todo para que una trama estirada y previsible llegue a la meta exhausta.

La manada que acompaña a Atari en su aventura es, con mucha diferencia, lo mejor de la película

Muchos personajes y prácticamente toda la trama que se desarrolla fuera de la isla poblada por los canes, directamente, sobran. Son un intento vacuo de apuntalar la sencilla historia, como en una innecesaria obsesión por justificar y aclarar cada aspecto de un relato que, precisamente por su tono familiar y desenfadado, no lo necesita. El enfrentamiento entre perros y gatos que plantea la película tampoco parece beneficiar a nadie: se me ocurren muchos amantes de los gatos que no se sentirán interpelados por ella, precisamente porque no da una buena imagen de los felinos (esas mismas personas la adorarían si los gatos fueran los héroes del film).

Isla de Perros maravilla como pieza artística y tiene ideas verdaderamente audaces a la hora de articular su narración. Pero al final sucumbe a la previsibilidad y la ñoñería

Tampoco es nada defendible la lectura de género de la película. Esto tampoco es nuevo en la filmografía de Anderson, en la que para los héroes masculinos las mujeres son poco más que fardos que entorpecen su épico viaje. Anderson hace un esfuerzo consciente por incorporar personajes femeninos en su relato para Isla de Perros (una deferencia con la que apenas se molesta en sus anteriores películas), pero las coloca bien lejos de la acción, en los puntos más periféricos posibles de la aventura que permitirá a Atari pasar de niño a héroe. Los personajes femeninos aparecen exactamente en todos esos momentos de la película que son perfectamente prescindibles.

Al final, la incapacidad de Anderson para sintetizar arruina una película que habría sido memorable. Su poderío visual no la salva de ser francamente aburrida en su tramo final. Isla de Perros maravilla como pieza artística y tiene ideas verdaderamente audaces a la hora de articular su narración. Pero al final sucumbe a la previsibilidad y la ñoñería. Ello no quita que como deleite estético sea imprescindible. Pero la poco más.

Isla de Perros