27 junio, 2018. Por

Iphigenia en Vallecas

De princesa a neoquinqui: vulgaridad y poesía, rabia y calma, dureza y ternura
Iphigenia en Vallecas

“Vosotros ahí, sentaos, relajaos, esperando a que yo… ¿qué? ¿Os impresione, os sorprenda…?”, comenzaba una María Hervás en estado de gracia mirando a los ojos de los espectadores (sentaos, relajaos) del ambigú del Pavón Teatro Kamikaze el pasado mes de abril, cuando se estrenaba la obra. Y aunque ella lo niegue, pues sí: impresiona y sorprende en el papel de esta Iphigenia en Vallecas, un monólogo escrito por el galés Gary Owen en el cual del Áulide original trasladaba a Iphigenia a un barrio de Cardiff llamado Splott. Y que ahora, por qué no, se viene también a Madrid y se transforma en una vallecana recuperada apenas menos de medio año después para volver a ser uno de los atractivos centrales del teatro madrileño, regresando a las mismas tablas donde se subió por primera vez hace cerca de un año.

“Está claro, ya sé lo que pensáis, cuando me veis ciega, por la mañana, dando vueltas, pensáis: pedazo de guarra, quinqui, pedazo de mierda. Pero ¿sabéis qué? Esta noche estáis todos aquí para darme las gracias”. Iphigenia ya no es una princesa, es una neoquinqui sin oficio ni beneficio cuyo objetivo semanal es pillársela muy gorda, cuantos más días seguidos mejor. Pero todo tiene una historia detrás, e igual que Agamenón mandó sacrificar a su hija por el bien común (y que los vientos le fueran favorables para llegar hasta Troya: ya hay que ser cabrón, por cierto) esta Ifi ha tenido que vivir otro tipo de sacrificio (los vientos de los recortes son los que soplan ahora) en pro del bien común.

“Esta actualización del mito griego brama con fuerza (insultando, mordiendo y tirando de los pelos) y resulta una cita ineludible para los amantes del teatro de tintes sociales”

Cierto es que el momento abiertamente reivindicativo (que más que agresivo, que parece el objetivo, resulta obvio) empaña un poco el conjunto, pero aun así esta actualización del mito griego brama con fuerza (insultando, mordiendo y tirando de los pelos) y resulta una cita ineludible para los amantes del teatro de tintes sociales, por supuesto, y para aquellos que deseen disfrutar de una interpretación de órdago.

Y es que Antonio C. Guijosa dirige además la función sin despistar de lo principal: las palabras y la interpretación de una (muy) enorme María Hervás, que además también se ha encargado de la adaptación. Hervás, a partir de ahora suma sacerdotisa de los monólogos (después de su tremebunda labor en Confesiones a Alá y de ésto no sabemos hasta dónde podrá llevarnos), se transforma en una choni de tomo y lomo, navegando entre extremos: vulgaridad y poesía, rabia y calma, dureza y ternura, arrastrando al espectador a un viaje lleno de dolor en el cual uno no puede evitar enamorarse de este personaje. Brava, María Hervás, sin reservas y entregada hasta el tuétano a esta quinqui que pone los pelos de punta. Iphigenia está en Vallecas y emociona como en Grecia.

Iphigenia en Vallecas