7 mayo, 2018. Por

Ilusiones

La fantasmagórica nostalgia que nos hace sentir ilusión desde la butaca
Ilusiones

“Quiero contarles una historia. Es la historia de un matrimonio. Vivieron juntos 52 años. 52 años. Siempre juntos. Vivieron una vida absolutamente plena. Rebosante de plenitud. Era un amor muy hermoso. Él se llamaba Dani. Y ella se llamaba Sandra… Cuando Dani cumplió 82 años, cayó enfermo. Y quedó postrado en cama. Y llegó el día que decidió que iba a morir. Entonces, llamó a Sandra. Ella se sentó junto a la cama. Él le cogió de la mano y tuvo tiempo para decirle todo lo que quería decir. Tuvo tiempo para decir todo lo que necesitaba decir.”

Así comienza el texto Ilusiones, del ruso Ivan Viripaev, que Miguel del Arco ha elegido para poner en pie en el Pavón Teatro Kamikaze. Una función en la que el director vuelve a demostrar sus mágicas dotes para la puesta en escena regalando un cuento amargo lleno de melancolía y espejismos (una comedia existencialista, en sus propias palabras) en la que cuatro narradores relatan las historias de dos parejas (los anteriormente nombrados y la de sus mejores amigos, Alberto y Margarita) que buscan su lugar en el mundo, sus amores cruzados (reales o platónicos) y la amarga ilusión de haber vivido algo que (tal vez) no era real.

El texto oscila entre un fondo temático que bien podría proceder de una novelita romántica por entregas de principios de siglo pasado (salvando las distancias) con retazos poéticos y un estilo narrativo al modo de Pascal Rambert (La clausura del amor o, más claramente en este caso, Ensayo). Aunque en Ilusiones los monólogos no salen de las bocas de los propios personajes protagonistas sino de unos narradores algo indeterminados, que parecen los fantasmas de unos intérpretes anclados por siempre en los restos de un ajado teatro.

“A pesar de la casi anecdótica profundidad del texto, o puede ser que gracias a ello, ‘Ilusiones’ al final lega una extraña impresión: de una nostalgia profunda, casi fantasmagórica. Efectivamente, deja la sensación de haber vivido una ilusión”

Bellísima y decadente escenografía, por cierto: fabulosa, al igual que diseño de iluminación y música. Entre el jolgorio y el juego se avistan momentos de angustia que le otorgan a la propuesta otro plano metafórico interesante. Aunque la coreografía de los vasos al más puro estilo Bitelchús se nos escapaba un poco (para qué vamos a engañarnos) más allá de confirmar la no realidad de estos personajes en su tortura eterna y cíclica.

Lo narrativo se antepone a lo dramático en una propuesta de hermosísima factura, pero algo vacío fondo (por ahí se comenta la poca chicha del texto). Del Arco consigue momentos maravillosos, destellos de belleza que surmergen al espectador en una amarga melancolía, y los intérpretes se entregan por completo a este juego expositivo sin dudas. Marta Etura tiene el primer monólogo de la función (que es un reto que aprueba con nota) y se mentiene bien durante toda la obra, al igual que funciona muy bien Alejandro Jato. A Daniel Grao le toca el personaje más graciosete, que defiende muy bien (y divierte, aunque cora riesgo de resultar algo cargante) y en la mano de Verónica Ronda quedan algunos de los mejores (y más irónicos) momentos de la función.

Pero el caso es que, a pesar de la casi anecdótica profundidad del texto (a estas alturas de la vida lo suyo es que las dos parejas se hubiesen liado todos con todos en una explosión poliamorosa dejándose de estupideces), o puede ser que gracias a ello, Ilusiones al final lega una extraña impresión: de una nostalgia profunda, casi fantasmagórica. Sí. Efectivamente. Deja la sensación de haber vivido una ilusión.

Ilusiones