27 diciembre, 2018. Por

I Love LEGO

Un viaje multidimensional a las profundidades e imaginería de un ladrillo
I Love LEGO

Hace poco menos de un siglo que se creó el juguete más simple de todos, pero también el más emocionante e influyente del mundo: el ladrillo de Lego. Fundada en 1932 bajo el acrónimo del danés Leg Godt -juega bien-, esta compañía comenzó a producirlos en Dinamarca, pero no fue hasta finales de los cincuenta cuando lanzó el que conocemos ahora.

Las piezas de Lego, motor de curiosidad y creatividad para múltiples generaciones, no solo ofrecen millones de posibilidades de reinvención, sino que son además realmente duraderas e incluso tienen modelos sostenibles hechos a base de plástico vegetal obtenidos de la caña de azúcar. Durante todas estas décadas tampoco ha cambiado la filosofía original de la compañía -construir el futuro de los niños mediante juego e imaginación- que inició Ole Kirk Christiansen, un modesto carpintero fabricante de juguetes de madera. Y es que los Lego son más que un juego; son una herramienta que te puede ayudar a mejorar habilidades motoras y mentales y se han convertido en un recurso necesario en las aulas de atención temprana y educación preescolar.

Ahora, el patio andaluz del Palacio de Gaviria acoge la exposición I love LEGO. La muestra, que se podrá visitar hasta el próximo 24 de febrero, estará formada por seis mundos en miniatura creados con más de un millón de piezas de LEGO. El minucioso montaje de la exposición está en manos de RomaBrick, uno de los primeros LUGLego® User Group– del mundo. Esta compañía realiza dioramas de Lego a nivel internacional y está formada por un equipo de profesionales -ingenieros y arquitectos- que se ocupan de todas las fases de la construcción, desde su diseño digital hasta el resultado final. Las colecciones particulares de cada uno de sus miembros se dan así cita en una única e impresionante colección de módulos y piezas, que permite construir complejísimos escenarios tales como una inmensa ciudad con sus rascacielos, su centro histórico, sus áreas recreativas y su estación de tren, pero también escenas de la Segunda Guerra Mundial o un castillo de Juego de Tronos.

“Es la manifestación de las posibilidades ilimitadas de un vulgar ladrillo de plástico lo que hace de esta experiencia un viaje multidimensional capaz de transportarnos a la infancia, pero también al futuro”

Pero, ¿por qué Lego es una marca de culto a esos niveles? ¿Cómo unos simples ladrillitos han llegado a despertar semejante liturgia convirtiéndose en una monstruosa, casi satánica multinacional por encima de Google o Nike? Lego tiene seis parques de atracciones, ha lanzado dos películas, el historiador y conservador alemán Jan Vormann, decidió en 2007 crear Dispatchwork, un proyecto que consiste en reparar monumentos con simples y coloridas piezas de lego.

En el mundo expositivo los artistas Nathan Sawaya o Sean Kenney hacen auténticas locuras con piezas de Lego. De hecho, una de las ventas de Lego no están dirigidas al público infantil; los coleccionistas adultos son muchos y Lego ha conseguido elevarse entre ellos como esa suerte de religión que solo las marcas más amadas logran. Puro marketing, sí. E innovación. Es la manifestación de las posibilidades ilimitadas de un vulgar ladrillo de plástico lo que hace de esta experiencia un viaje multidimensional capaz de transportarnos a la infancia, pero también al futuro.

I Love LEGO