12 junio, 2017. Por

House of Cards

Política-ficción, entretenimiento y maldad: por qué seguimos amando a la serie en su quinta temporada
House of Cards

El drama político de David Fincher encara su quinta temporada después de que la realidad le adelante por la derecha con unos intérpretes en estado de gloria y enorme capacidad para el entretenimiento.

House of Cards fue una de las primeras series originales producidas por Netflix, allá por 2013. Su primera temporada adaptaba una miniserie homónima producida por la BBC a principios de los 90 al Washington de los 2010. Uno de sus principales alicientes era la nueva oportunidad de ver trabajar juntos, aunque fuera en la pequeña pantalla, a Kevin Spacey y David Fincher, que no habían dejado corazón sin arritmia en 1995 con Seven.

Además, Spacey llevaba apartado de las pantallas de cine desde 2003, fecha en la que asumió la dirección del Old Vic, uno de los teatros más antiguos y prestigiosos de Londres. Para darle la réplica, una Robin Wright que, por aquel entonces, estaba bastante alejada del cine comercial y del gran público pero que, sin duda, ha vuelto a la primera plana de la actualidad audiovisual a raíz de este papel.

Ricardo III y Lady Macbeth en Washington DC

La primera temporada de House of Cards relataba con una crudeza desalentadora los avatares de Frank Underwood, un congresista demócrata de carrera que emprende una elaborada venganza contra los estamentos más elevados de su partido a raíz de una promesa no cumplida. Underwood es un hombre sin escrúpulos, con una ambición ilimitada y una habilidad para la dialéctica endiablada. La máquina política perfecta que uno no puede admirar ni temer completamente.

Un personaje que, además, rompe la cuarta pared con valentía (sin abusar del recurso, pero explotándolo de manera inolvidable) casi desde la primera escena del show. No solo sabiéndose observado: también disfrutando de ello de una forma incontestable.

La sombra del Ricardo III de Shakespeare, ese monarca más temido que querido por sus súbditos, cuya ambición le llevó a tomar casi al asalto la monarquía británica del siglo XV con mano férrea y la convicción de que nadie sabía mejor lo que el pueblo inglés necesitaba que él mismo. El propio Kevin Spacey ha interpretado al infame monarca inglés en el Old Vic de Londres bajo la dirección de Sam Mendes.

Desde las sombras Claire, la enigmática esposa del congresista, alenta discretamente (al principio) las fechorías de su marido, como una Lady Macbeth moderna, de aspecto y discurso irresistibles. El personaje de Robin Wright ha crecido de manera constante e incontenible a lo largo de las temporadas, hasta no quedar claro cuál de los dos Underwood es Lady Macbeth y cuál Ricardo III.

Claire Underwood es pieza fundamental en la escalada política de su marido pero, pero su ambición política rivaliza con la de éste y la serie se va convirtiendo en un relato sobre cómo se van estirando y relajando las elaboradas tensiones entre los dos.

¿Y Doug? ¿Cómo encaja el esbirro de Frank en toda esta visión shakespiriana de la historia? Tal vez haya que irse al Rey Lear para encontrarlo. Su lealtad inquebrantable a la causa Underwood recuerda un poco al afán servil, casi masoquista, de Caius. O al Loco de esta misma obra, al bufón de Lear, el valiente y fiel payaso que nunca oculta la verdad en sus palabras.

Del retrato político a la política-ficción

Los Underwood ponen de manifiesto todo lo que tememos de los sistemas políticos occidentales: la mentira como ideología única, la manipulación de la opinión pública a través de la prensa, lo maleable de todas las personas que forman parte del circo político más prestigioso e influyente de Occidente, la sencillez con la que los peones en la contienda política se vuelven prescindibles o las inesperadas consecuencias que las puñaladas entre políticos tienen para gente cuyo único delito es estar en el lugar y el momento equivocados.

A pesar de la complejidad de su trama y lo descorazonador de su mensaje, House of Cards puso de acuerdo a amplios sectores del público y de la crítica. Estaba demasiado claro que las alcantarillas de Washington D.C. deben parecerse más a ella que a la idealizada visión que ofrecía The West Wing. El impactante arranque de la segunda temporada no hizo más que ahondar en esta sensación pero, a partir de ella, el show dio un giro claro en su tono. Si bien los movimientos, logros y corruptelas de Underwood en la primera temporada eran absolutamente verosímiles; las triquiñuelas que emplea para seguir escalando en el escalafón político estadounidense se vuelven cada vez más efectistas y menos creíbles.

A partir de su segunda temporada House of Cards abandona el realismo en pos del efectismo y sus tramas se convierten en experimentos, en pruebas de estrés sobre la Constitución americana. Año tras año los guionistas han ido poniendo a los Underwood en posiciones de mayor poder pero, simultáneamente, en situaciones más desesperadas: la realidad internacional, la prensa, los servicios de inteligencia, las otras potencias mundiales, el terrorismo y su propio partido los ponen cada vez más contra las cuerdas.

La huida del matrimonio Underwood hacia delante es una especie de apisonadora que busca estirar los límites del marco legal establecido por la Constitución, inventar situaciones políticas cada vez más delirantes que desemboquen en una nueva vuelta de tuerca al equilibrio de poder.

Kevin Spacey vs. Robin Wright

Si bien en 2013 House Of Cards era la serie de Kevin Spacey, Robin Wright ha sabido robar el show con un estilo y una inteligencia que dan ganas de levantarse y aplaudir. Aunque pasada su primera temporada House Of Cards es una serie llena de altibajos (personalmente opino que hay bloques enteros en la segunda y tercera temporada perfectamente prescindibles), el show vive por y para las escenas en las que Spacey y Wright comparten la pantalla. La batalla interpretativa que se montan solamente está a la altura de la química que hay entre ellos. Ambos son productores ejecutivos del show y ella ha dirigido nueve capítulos a lo largo de sus cinco temporadas.

El debate sobre el salario de ambos lleva en marcha más de un año, cuando Robin Wright hizo público que, a pesar de que su personaje goza de más popularidad que el de Kevin Spacey, ella no cobra lo mismo que él por episodio. Creyó solventar esta brecha salarial en 2016 pero en una entrevista reciente ha confirmado que las cosas no han cambiado. Esta discriminación solamente se puede justificar confirmando que Spacey tiene bastantes más minutos de metraje que ella. Aunque cabe preguntarse hasta qué punto no es forzada dicha diferencia, al encontrarse el personaje de Claire en situaciones mucho más ricas e interesantes que Frank desde hace ya un par de temporadas, y fue Wright y no Spacey quien se llevó un Globo de Oro en 2014 por su trabajo en la serie.

La quinta temporada (spoilers como panes)

Estrenada el pasado 30 de mayo (en España pueden disfrutarla los suscriptores de Movistar+, aunque los abonados a Netflix tendrán que esperar un año para poder acceder a ella), la nueva temporada de House Of Cards nos sitúa en el otoño de 2016, en plena campaña electoral y con un panorama bien distinto al que se dio hace un año. El partido republicano ha elegido a una especie de John Fitzgerald Kennedy para encabezar su candidatura y después de unas sucísimas primarias, Frank y Claire Underwood son la opción del Partido Demócrata para la presidencia y la vicepresidencia, respectivamente.

La temporada está dividida en dos bloques claros: el primero, el final de la carrera electoral a la Casa Blanca, el fraude electoral perpetrado por el matrimonio Underwood y el uso torticero de la amenaza terrorista para manipular el resultado de las elecciones (díganme que no soy la única que ha pensado en el Reino Unido y sus elecciones de este mes mientras veía estos episodios). Para la memoria queda el tercer capítulo de la temporada, el de la jornada electoral, de ritmo y tensión absolutamente taquicárdicos.

El segundo bloque relata la ascensión política definitiva de Claire Underwood, el principal activo popular de la campaña política previa. Las corruptelas, amenazas y asesinatos del tándem mafioso formado por Frank y Doug (para tesis doctorales da este personaje) dejan de sostenerse: el castillo de naipes soporta los envites de la prensa, la opinión pública y el Congreso. El capital político de Frank, cinco temporadas después, se agota, y la sangre nueva tiene rostro femenino. El bautismo de fuego de Claire es, por supuesto, acabar con la vida de su díscolo amante, Tom Yates (como ya hiciera Frank hace varias temporadas con la carismática Zoe Barns), en una escena (¿qué digo escena? ¡ESCENÓN!) que es, una vez más, puro Shakespeare.

La consecuencia era obvia: después de casi amagar con ello en el tercer episodio, en el undécimo Claire, por fin, tras cinco temporadas, dirige la mirada a la cámara e interpela al espectador: “Solo para que quede claro: no es que no haya sabido siempre que estáis ahí”. Punto, set y partido, justo cuando se nos confirma una vez más que el otro personaje crucial del show, Doug, no es consciente de la presencia del público. Los últimos dos episodios (dirigidos por Robin Wright) son la pataleta, la catarsis de unos guionistas que, como tantos otros, están frustrados por no poder ver a una mujer sentarse en el despacho oval para tener que aguantar, además, a un payaso ocupando dicho lugar.

A pesar de tener un bajón de ritmo a la mitad, esta quinta temporada entretiene y mantiene al espectador al borde del asiento, casi como lo hicieron todas las anteriores. La triquiñuela por la que Claire ha robado la presidencia es casi tan inverosímil como la que llevó a Frank a dicho puesto hace tres temporadas, y deja House Of Cards de nuevo esclava de su épico final de temporada y al espectador subido sobre el sofá pidiendo (exigiendo) más. A ver si de una vez el año que viene Robin Wright puede cobrar lo mismo que Kevin Spacey.

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