24 febrero, 2017. Por

Himmelweg

Un ensayo sobre la ceguera (social) y el horror nazi
Himmelweg

La fuerza de un buen texto puede con todo. Nadie pone en duda que si hay dinero para jugar en grandes ligas, con un reparto extenso, escenografías espectaculares y todo tipo de recursos, cualquier función puede ganar muchos enteros. No es ninguna garantía, pero es evidente el talento no se lleva nunca mal con generosos presupuestos.

También es verdad que la ausencia de recursos (algo a lo cual el mundo teatral ha debido acostumbrarse por fuerza en estos tiempos tan duros “para la lírica”) exige a creadores y directores sacar lo mejor de sí, exprimir al máximo su ingenio y llenar con imaginación lo que no es posible comprar. El resultado, en muchos casos, y por lo que estamos viendo, son funciones mucho más austeras, con pocos actores y escenografía casi inexistente. Algo que, lejos de ser un inconveniente, muchas veces juega a favor del espectador, que se ve obligado a rellenar con su propia imaginación los huecos que las funciones menos “ricas” son incapaces de rellenar. Y eso es, en parte, algo que favorece a obras como Himmelweg: Camino al cielo, la contundente obra de Juan Mayorga, convertida ya en clásico tras numerosos montajes en todo el mundo, y que aparca ahora en el madrileño Teatro Fernán Gómez tras más de cuatro años con intermitencias en la cartelera española, sobre todo desde su estreno en la Sala Atrium hace más de tres años, bajo la dirección de Raimon Molins.

Molins recupera el texto de Mayorga y, con tan solo tres actores y unas sencillas marionetas de madera, es capaz de transmitir la esencia de la historia. Una historia apenas conocida en Barcelona y que, gracias a esta modesta pero potente función, se nos descubre como una aterradora reflexión sobre el horror nazi, pero también sobre la ceguera y la parálisis que pueden acecharnos cuando el infierno que tenemos debajo de los pies se nos quiere vender como el cielo y, quizás por debilidad o por cobardía, terminamos por creernos las mentiras.

El punto de partida de Himmelweg es la experiencia de una delegada de la Cruz Roja, encargada de inspeccionar un campo de concentración y que, a pesar de ciertas dudas, acaba creyéndose el paseo por el lugar que le organizan el comandante nazi encargado del campo con la ayuda del jefe de la comunidad judía. Tras esa necesaria, aunque quizás poco interesante, introducción, el núcleo de la obra se centra en el proceso de creación de tan terrorífica farsa. Así, lo que desde un punto de vista histórico y sociológico sería simplemente (que no es poco) una interesante reflexión sobre la necesidad de los regímenes totalitarios de controlar el discurso y construir y comunicar una realidad ideal y ficticia que permita la supervivencia de esa terrible realidad, aquí se convierte en una metáfora sobre la teatralización de la vida y la utilización del arte con fines perversos.

En este punto, la espectacular interpretación del propio Raimon Molins se adueña de la función. Su construcción del personaje del comandante y la manera como cuenta el proceso de creación y los ensayos de esa obra de teatro definitiva, y los contrastes entre la “cultura” y la habilidad teatral de este monstruo y sus deleznables objetivos, elevan la función a un altísimo nivel. También es destacable el recurso de jugar con verdaderas marionetas a tamaño real para explicitar (y de paso solucionar la inexistencia de más actores en escena) esta representación en la que el poder maneja las personas como auténticas marionetas. Una propuesta teatral muy recomendable.

Himmelweg