9 abril, 2018. Por

Hellblade: Senua’s Sacrifice

Una aventura llena de mitología, psicosis y fantasía
Hellblade: Senua’s Sacrifice

¿Puede un videojuego ayudarnos a comprender cómo funciona la mente de las personas que sufren brotes psicóticos? ¿Es posible disfrutar de los relatos mitológicos, tal y como los narraban los bardos, en una videoconsola? ¿Cómo son las batallas que los guerreros luchan contra ellos mismos? ¿Cuál es el origen y la finalidad de nuestros miedos? Éstas parecen ser algunas de las preguntas que han movido el desarrollo de Hellblade: Senua’s Sacrifice, un videojuego tan terrorífico como delicioso que es mucho más de lo que parece que está disponible (solamente en formato digital) para PC (a través de Steam) y para Playstation 4.

Nos encontramos en el siglo VIII. Senua (interpretada magistralmente por Melina Juergens) es una joven guerrera de la tribu de los Pictos (una de los pueblos celtas que habitaron el Noreste de Escocia desde el final de la Edad de Hierro hasta los primeros tramos de la Edad Media) que ha emprendido un viaje inimaginable. Su objetivo es llegar a Helheim, uno de los nueve mundos de la mitología nórdica, para recuperar el alma de su amante, Dillion, sacrificado a la diosa Hela (soberana del inframundo hija de Loki) por los vikingos que asolaron su hogar. Pero, además de a las retorcidas y sanguinarias deidades nórdicas, Senua deberá enfrentarse a la enfermedad mental que la acompaña desde la infancia: la psicosis, que llena su mente de voces y miedos que no hacen más que interponerse en su camino.

¿Cantidad o calidad?

Estos días industria del videojuego parece dividida entre dos tipos de productos, a priori, irreconciliables. Por un lado están las grandes producciones (los llamados AAA), con unos presupuestos casi cinematográficos, elaboradísimos modos de multijugador, mapas interminables, partidas que pueden superar las 100 horas de duración y unos motores gráficos de infarto. Por otro, los llamados “juegos indies”, que se suelen distribuir para PC a través de plataformas como Steam o para dispositivos Android o iOS, con unas aspiraciones gráficas mucho más discretas y, en principio, una duración y un precio más ajustados.

Con Hellblade: Senua’s Sacrifice, Ninja Theory se ha propuesto (y logrado) posicionarse entre estas dos vertientes. Por un lado, el despliegue artístico y gráfico es de primerísima categoría. Pero, por otro, se evita el uso de mapas interminables con decenas de misiones paralelas (side quests) repetitivas y de escasa relevancia en la historia. La partida se completa en unas siete u ocho horas (menos de una décima parte de lo que tarda uno en jugar bien una superproducción) y el precio (30€ por lo general, un poquito menos si estamos de rebajas) es más ajustado. Con este planteamiento, Hellblade: Senua’s Sacrifice consiguió recaudar tanto como había costado hacerlo en tan solo tres meses, obtener una calificación de 81 sobre 100 en el agregador de críticas Metacritic y donar la recaudación del pasado 10 de octubre (Día Mundial de la Salud Mental) a una ONG.

“La interpretación, tanto física como vocal, de Melina Juergens como Senua no hace más que ahondar en la envolvente y preciosista sensación de que se está jugando más una pieza artística que una mera sucesión de misiones”

En Hellblade: Senua’s Sacrifice la cantidad y extensión de los escenarios es sustituida por el excepcional mimo artístico con el que están construidos. Ya sea por el esplendor de la naturaleza, el clima cambiante o los vestigios (muchas veces terroríficos) de los asaltantes escandinavos, uno no puede evitar pararse en algunos puntos del viaje por el mero gusto de disfrutar de la vista. La interpretación, tanto física como vocal, de Melina Juergens como Senua no hace más que ahondar en la envolvente y preciosista sensación de que se está jugando más una pieza artística que una mera sucesión de misiones.

Todo en Hellblade: Senua’s Sacrifice rebosa imaginción y belleza

Solamente hay una side quest en Hellblade: Senua’s Sacrifice: la búsqueda de los tótems a través de los cuales un viejo amigo, Druth, nos cuenta varios mitos nórdicos. Y lo hace de la forma más sencilla posible: de viva voz, sin utilizar imágenes, solamente con el poder de la palabra y la poderosa dicción de Nicholas Boulton, como lo hicieran los bardos que perpetuaron estos cuentos mediante la tradición oral. Lejos de las elaboradas animaciones cinemáticas que pueblan muchos videojuegos, estos pequeños relatos son uno de los detalles que hacen de Hellblade: Senua’s Sacrifice una partida deliciosa. Además el jugador que encuentre todos los tótems accederá a una escena extra esclarecedora sobre el pasado de Senua.

La psicosis como nunca te la habían contado

El elemento más rompedor de Hellblade: Senua’s Sacrifice es la exploración de la enfermedad mental de su protagonista. De hecho, toda la fantasiosa ambientación parece poco más que un pretexto, cuando no una metáfora, a través de la cual acercar al jugador a los síntomas y las experiencias de las personas que sufren este tipo de patologías. Hellblade se cuenta desde el punto de vista de Senua, una mujer joven atormentada por la “Oscuridad”, el nombre que una sociedad incapaz de comprender las enfermedades mentales le otorga a los brotes psicóticos que padece.

En la cabeza de Senua hay un sinfín de voces (Furias) que comentan cada movimiento, se mofan de ella o entran en pánico ante las situaciones de peligro. Cuando, tras 20 minutos de partida (con auriculares se juega mejor), se encuentra uno diciéndose a sí mismo que como no se callen de una vez se va a volver loco, empieza a comprenderse de qué va Hellblade: Senua’s Sacrifice. Y es que el desarrollo del juego ha implicado colaborar con neurólogos, psicólogos y grupos de personas que sufren este tipo de alucinaciones a fin de que la experiencia fuera lo más realista posible. Y funciona.

“El afán didáctico del juego es incuestionable, así como su éxito a la hora de remover la conciencia de quien no conozca la psicosis de primera mano”

Las voces son uno de los muchos síntomas que el jugador experimenta al meterse en la piel de Senua. Pero la asfixiante alteración de la realidad y las malas pasadas que le juega a uno su propia mente, que son el motor que alimenta los puzzles que se deben resolver para ir abriendo las puertas que nos llevan a Helheim, también son increíblemente reveladores acerca de los retos a los que se enfrentan estos pacientes en su día a día. Gracias a ello, el juego hace que los miedos más viscerales de nuestra psique se vuelvan auténticamente aterradores. Hellblade: Senua’s Sacrifice no es, en principio, un videojuego de terror. Pero tampoco es adecuado para los débiles de espíritu, puesto que no son pocas las fases en las que la angustia se apodera de uno.

La soledad, el estigma social y el miedo son temas centrales de la trama, pero su representación es,
muchas veces, simbólica.

Más allá de la sintomatología de la psicosis, el equipo de guionistas de Hellblade: Senua’s Sacrifice tampoco ha descuidado la representación del estigma social que suponen las enfermedades mentales. El aterrador viaje por Helheim no solo nos va revelando el origen de la Oscuridad que persigue a Senua. También aporta claras explicaciones acerca del tipo de ayuda que necesitan las personas que padecen este tipo de trastornos. Queda claro que, aunque el relato se desarrolle hace más de un milenio, la falta de comprensión con la que la sociedad enfrenta las enfermedades mentales es completamente actual. El afán didáctico del juego es incuestionable, así como su éxito a la hora de remover la conciencia de quien no conozca la psicosis de primera mano.

Mejor historia que videojuego

A pesar de haber recibido críticas bastante cálidas, Hellblade: Senua’s Sacrifice no es el tipo de juego que despierte pasiones entre la comunidad gamer. Si hay que sacarle algún punto débil, su monótona mecánica de combate es la más obvia. Y sus puzzles, casi como en cualquier videojuego que los contenga, se vuelven repetitivos y predecibles una vez se han resuelto los dos o tres primeros.

¿Y si tus enemigos están sólo en tu cabeza?

Así que, está claro: Hellblade: Senua’s Sacrifice no es un juego para quien quiera coleccionar armas, matar zombis a puñetazos o ejecutar elaboradísimos asesinatos o conjuros. Afortunadamente la industria del videojuego cuenta con un abanico amplio de propuestas que ya ofrecen eso mismo. Y, donde unos ven una mecánica de combate limitada lo que hay, en realidad, es un juego mucho accesible para un espectro de jugadores ocasionales, que no casuales. Su “única” dificultad reside en el puro pánico y en la angustia que generan algunas pantallas, así como en las desquiciantes voces que no paran de distraerle a uno.

“Su “única” dificultad reside en el puro pánico y en la angustia que generan algunas pantallas, así como en las desquiciantes voces que no paran de distraerle a uno”

Es, eso sí, un producto sobresaliente para los amantes de las buenas historias. Por eso es tan sencillo hacerse con sus controles: porque el objetivo no es retar la habilidad del jugador, sino contarle una historia. La sensación de que se está viendo una película en la que el jugador toma unas cuantas decisiones no es tan acusada como en los juegos de, por ejemplo, Quantic Dream, pero el ritmo de Hellblade: Senua’s Sacrifice es indudablemente peliculero.

Las historias de Druth son uno de los elementos más memorables de Hellblade: Senua’s Sacrifice

La sencilla pero humana trama que relata y la compleja historia personal de Senua conectan fácilmente con el jugador. La narrativa no es excepcionalmente original, pero sí que contribuye a acrecentar el interés a medida que se van superando las pantallas. El carisma de su protagonista, la excelencia artística de sus escenarios y personajes, así como la habilidosa inclusión de la mitología nórdica en la trama completan el cóctel que hacen de Hellblade: Senua’s Sacrifice un relato inolvidable. El sólido compromiso divulgativo de sus creadores lo convierten en imprescindible.

Hellblade: Senua’s Sacrifice