24 mayo, 2017. Por

Happy Valley

¿Por qué esta serie ha arrasado en los BAFTA Television Awards?
Happy Valley

En un panorama en el que la feminidad parece, por fin, hacerse un hueco en las narrativas televisivas (tiene gracia, pero el cine comercial está a años luz de la tele ahora mismo en este aspecto), es muy necesario separar el polvo de la paja. El abanico de series protagonizadas por mujeres es amplio, pero exige tomar aire y reflexionar acerca de los mensajes que éstas transmiten. El resultado de estas reflexiones nos llevará a ver que entre la paja hay hebras de oro. Y sin duda Happy Valley, que en sus dos temporadas ha ganado más premios de los que es posible enumerar, es una de ellas.

El nuevo cine social está en la tele

Entre la lacerante agresividad de las protagonistas de Orange Is The New Black y el agobiante pijerío de las madres de Big Little Lies tiene que haber alguna gama de grises con la que las espectadoras que pecamos de considerarnos mujeres normales, de las que lidian con los vendavales como buenamente pueden y evitan hacer el mal en la medida de lo posible, podamos sentirnos identificadas. Porque no todas tenemos interés por aparentar que nuestras vidas parecen sacadas de un reportaje de Vogue, pero tampoco conseguimos sentirnos identificadas con mujeres que encuentran atractivos los riesgos asociados al tráfico de drogas.

Es este el contexto en el que Sally Wainwright ha creado para BBC One una de las historias más reales, desgarradoras y adictivas que nos podemos encontrar en la tele en estos tiempos: Happy Valley es un drama que se desarrolla en Calder Valley, en Yorkshire, al norte de Inglatera. Una de tantas regiones en las que el alcoholismo, las drogas, el inevitable menudeo de éstas y la violencia que se genera en torno a ellas son el pan nuestro de cada día. Cuando se mezclan con las rencillas personajes, el rencor y la pobreza, el cóctel de violencia y todo tipo de maltratos surgen situaciones monstruosas que han de ser gestionadas por el cuerpo local de policía, al cual pertenece la sargento Catherine Cawood, protagonista indiscutible de Happy Valley.

Antes de que pienses que hace años que has superado el cupo de series policíacas que te interesaba ver en toda tu vida, pregúntate si es de las series de tiros y testosterona de lo que estás un poco harto. Happy Valley versa sobre miserias personales, duras, frías y humanas (no muy alejadas de las que trataba el cine de Ken Loach allá en los 90), más que sobre la resolución de algún misterio. De hecho la trama se plantea de modo que el espectador sabe casi todo lo que está sucediendo antes de que los policías lo descubran.

El objetivo en Happy Valley no es la intriga o la acción: es poner de manifiesto que en cuanto levantamos los ojos de nuestro smartphone, este siglo XXI no es tan distinto de los duros, grises y mugrientos años 70. Las adicciones, la agresividad endémica, el desprecio sistemático y violento hacia las mujeres, las personalidades manipuladoras y obsesivas y las relaciones de familia retorcidas y envenenadas forman parte de la realidad rural de prácticamente cualquier lugar. Pero tal vez ahora empiezan a existir canales que permitan hablar abiertamente de ellas, más allá del cine o la novela social.

Catherine Cawood: el superpoder de la normalidad

Si decíamos que los personajes femeninos cotizan al alza en la tele de nuestros días; si una productora se lleva la palma en su apuesta por el giro de las narrativas hacia puntos de vista femeninos es la BBC. Desde la retahíla de lecciones básicas de feminismo que se han recitado en The Fall hasta la reivindicación de las mujeres que trabajaron en Bletchley Park durante la II Guerra Mundial que es The Bletchley Circle, la cadena pública británica está haciendo un esfuerzo encomiable por llenar su parrilla de mujeres diversas (británicamente diversas, se entiende), inspiradoras e inteligentes. Cómo será el compromiso que hasta nos encontramos, por primera vez, con la posibilidad real de que la nueva encarnación de El Doctor sea una mujer.

Catherine Cawood, el personaje creado por Sally Wainwright, se puede considerar la punta de lanza de dicha actitud. Sin el aire divino e intocable de la Stella Gibson creada por Alan Cubitt para The Fall o el toque algo chabacano de la Ellie Miller escrita por Chris Chibnall en Broadchurch (sé que es de ITV, pero la comparación es inevitable); Cawood parece alcanzar el equilibrio perfecto entre lo cotidiano y lo extraordinario. Y lo hace, además, desde la credibilidad: la comisaría y agentes de policía que pueblan la serie se nos hacen hiperreales, no como esos protosuperhéroes que aparecen en muchas series policíacas estadounidenses.

Caracterizada por una voluntad de hierro, una fortaleza física evidente (esperable, por otro lado, al tratarse de una policía de a pie) y un carácter cubierto por las grietas de una historia personal desgarradora; Cawood es un retrato de tantas mujeres que, con las cartas que le tocan, lo hace lo mejor que puede. La diferencia la marca su fuerza de voluntad, que blinda su concepto de deber tanto como policía, como ciudadana, hermana, madre y amiga.

Pero de Cawood la pluma de Wainwright es solamente el 50%. Si bien, como viene siendo habitual en la televisión británica, no hay un solo actor en Happy Valley que lo haga mal; la interpretación de Sarah Lancashire le deja a uno sin palabras. Lancashire aborda los huracanes de tragedia y violencia a los que se enfrenta Cawood desde la contención, la fortaleza y una tierna humanidad que hace poner al espectador al borde de las lágrimas en no pocos momentos. Y todo ello sin un David Tennant que le dé la réplica ni la necesidad de construirse en torno a un apabullante sex appeal.

Los BAFTA Television Awards y el futuro de la serie

El pasado fin de semana Happy Valley sorprendió a propios y ajenos en la entrega de los BAFTA Television Awards (principales premios de la televisión británica) robándole en las narices los dos más importantes (mejor drama y mejor actriz protagonista) a la corrección y el seguidismo monárquico que representaba The Crown. La primera temporada ya había hecho lo propio en 2015, y en la versión técnica de estos mismos premios también ha conseguido llevarse en dos ocasiones el galardón a mejor guión dramático. Lo único que le ha faltado este año ha sido el reconocimiento a Siobhan Finnerman, que estaba nominada como actriz secundaria por su papel de Clare, la hermana de la protagonista.

¿El secreto? Happy Valley huye de la corrección política. Muestra la violencia, el crimen, las dinámicas familiares viciadas y asfixiantes tal y como son. Habla sin tapujos de violaciones, prostitutas, adictos que con cada tropiezo hacen que sus familias se tambaleen y criminales de medio pelo que malgastan el aire que respiran. No es una historia que pueda disfrutarse de manera intrascendente. No hay amor, no hay lujo y no hay nadie que al final del capítulo de una palmadita en la espalda a los protagonistas y les diga que todo va a salir bien. Y aún así, con toda su tragedia, es un show adictivo y de ritmo incontestable. Con una segunda temporada todavía más desgarradora que la primera y un capítulo final que le tiene a uno sentado al borde del sofá durante sesenta minutos.

Ha habido muchas dudas acerca de la continuidad de Happy Valley. Aunque las dos temporadas (de seis episodios cada una) que existen a día de hoy están relacionadas; ambas desarrollan tramas autoconclusivas. Lo cierto es que el último capítulo de la segunda temporada puede funcionar perfectamente como final de la serie, pero deja con ganas de más. Tras la emisión de la segunda temporada en primavera de 2016, tanto Sarah Lancashire como Sally Wainwright manifestaron serias dudas acerca de su continuidad; aunque tras la lluvia de premios una tercera y definitiva temporada parece asegurada, aunque en ningún caso antes de 2018.

En España ambas temporadas pueden verse a través de Netflix (bendito Netflix, que si tenemos que esperar a que Antena 3 emita estas cosas nos podemos morir de viejos) y, desde hace un mes, en la cadena catalana 8TV.

Happy Valley