18 mayo, 2018. Por

Hannah

La Haneke del nuevo cine italiano hace aún más grande y evocadora a la enorme Charlotte Rampling
Hannah

Hannah, de la directora italiana Andrea Pallaoro, es todo aquello que adivinamos (o tememos) cuando nos imaginamos una película europea de autor. Es una película que, desde el primer momento, se esfuerza en ignorar al espectador, que pretende que le narren una historia de una manera más o menos explícita. Durante el primer segmento del metraje, lo deja a ciegas.

Estamos en Bélgica, en una gran ciudad. Nos presenta a un matrimonio de la tercera edad, acomodado y de lo más burgués, cuya pacífica rutina se quiebra cuando él es detenido y encarcelado, repentinamente, por motivos que de momento se nos escamotean. La protagonista, Hannah (Charlotte Rampling) se queda sola en casa. ¿Y qué hace ella, a lo largo de buena parte de los noventaypico minutos que dura la cinta, tras este hecho traumático? Nada. Bueno, no del todo. Sigue con su vida. Como si nada hubiera pasado.

“Una lentitud fúnebre, ritual, y con escasos diálogos: no creo que nos equivoquemos si decimos que probablemente Andrea Pallaoro tiene a Michael Haneke en lo más alto de su panteón particular de dioses cinematográficos”

Hannah se sigue preparando la comida, baña a su perro, asiste a un taller de teatro, va a la piscina donde practica la natación. Cuida de un niño con problemas mentales. Deja mensajes para su nieto. Sólo de vez en cuando, interrumpe esa sucesión de hechos vacíos: coge el metro y visita a su marido en la cárcel, donde mantienen unas charlas que son todo menos elocuentes, más allá de que trasluzcan un sinfín de secretos. Todo rodado de forma eficiente y minimalista y, por supuesto, con una lentitud fúnebre, ritual, y con escasos diálogos, por Pallaoro, que no creo que nos equivoquemos si decimos que probablemente tiene a Michael Haneke en lo más alto de su panteón particular de dioses cinematográficos (en compañía de los hermanos Dardenne y Bela Tarr, a buen seguro).

Como no es la primera película de esta jaez que hemos visto pronto adivinamos que, bajo la rutina zombi de esa anciana, hay un secreto devastador, un agujero negro en torno al cual la protagonista se mueve, pero sin volver el rosto hacia él, tratando de no mirar directamente al abismo. La información se nos transmite con parsimonia –con extrema parsimonia, para la inmensa mayoría de los espectadores-, pero, gracias a un encontronazo con el hijo de la pareja, conocemos la verdad: el esposo de Hannah es un pedófilo, ese es el motivo por el que se halla en prisión.

“El rostro envejecido de Charlotte Rampling, su actitud, cada uno de sus gestos, compone el retrato de una mujer acosada por la depresión, cada vez más hundida, pero que resiste a fuerza de voluntad”

Una vez aclarado este punto, ¿por qué merece la pena, si es que merece la pena, ver Hannah? Hay una sola razón válida, pero es una muy buena: su protagonista, una leyenda del cine contemporáneo, Charlotte Rampling, la protagonista de Portero de noche, La caída de los dioses y Adiós, muñeca; su rostro envejecido, su actitud, cada uno de sus gestos, compone el retrato de una mujer acosada por la depresión, cada vez más hundida, pero que resiste a fuerza de voluntad. Continúa siendo una actriz magnífica, y no es extraño que recibiera la Copa Volpi a la mejor interpretación femenina en el último Festival de Venecia Si os parece suficiente –o si, a falta de una peli nueva de Haneke, queréis ver una peli de su estilo-, no dudéis en acudir al cine.

Hannah