3 julio, 2018. Por

Gus Van Sant

Beatniks, teenagers y polaroids
Gus Van Sant

Dice Gerard Imbert que los personajes del cine de Gus van Sant viven desconectados de la realidad, en un estado flotante, que son cuerpos eclípticos que revelan un vacío. Sin duda, las trágicas muertes de River Phoenix y Kurt Cobain dejaron su impronta en este director. El actor y el músico se convirtieron en los bellos mártires de una generación y el dolor por una juventud cada vez más lejana creció en el cineasta. Y es precisamente esa obsesión por la juventud, que no es, precisamente un divino tesoro sino una amalgama confusa de instantes peligrosos, el lugar al que el director acude para observar el mundo.

John Ford siempre volvía al viejo oeste. Era su pretexto, el sitio en el que encontraba los elementos familiares que le permitían forjar un relato. Van Sant recurre a la adolescencia, ese último preciso momento antes de entender de qué va exactamente la vida. Le han llamado muy a menudo poeta de los inadaptados y lo cierto es que su imaginario, bastante cercano a las meditaciones de Bataille en La parte maldita, acoge a una juventud desarraigada, a los herederos de aquel impulso hacia el exceso, el despilfarro y la destrucción.

“Aunque Van Sant sea el capo del Hollywood indie, su obsesión por la reproducción pictórica puede ser el germen de la obra más furtivamente conceptual jamás vista en una pantalla de cine, con imágenes que son inherentes a este principio de siglo y el final del anterior”

Ahora, una exposición en La Casa Encendida, que coincide con la proyección de toda su obra en el Cine Doré, reúne hasta el 16 de septiembre unas 400 fotografías Polaroid que hizo el propio Van Sant no por amor al arte sino a modo de screen test como parte del proceso de casting, realizadas entre mediados de los ochenta y finales de los noventa e inspiradas en Richard Avedon. Por ellas circulan actores como Julianne Moore, Ben Affleck o Matt Damon; músicos como Tracy Chapman, Elton John o David Byrne, directores de teatro como Peter Sellers, pintores como Francesco Clemente o escritores como Tom Spanbauer.

También encontraremos a su gran referente el poeta William S. Burroughs posando para su papel en Drugstore cowboy y a David Bowie con su majestuoso aire andrógino. Y además material de rodaje, bocetos, dibujos y collages o cut copys hechos a partir de fotografías superpuestas y una colección de pinturas de cuya existencia poco o nada se sabía. Muchas son auténticas bizarradas, en una maraña en la que lo mental se mezcla con lo lisérgico. No olvidemos que Van Sant es heredero de los poetas beat, que trató con muchos de los integrantes de aquella generación de la que Allen Ginsberg hablaba en los primeros versos de Aullido, y en efecto, en la muestra sobrevuela como un fantasma omnipresente la figura de Burroughs.

“Si Gus Van Sant es un autor vendido a la industria hollywoodiense o un auténtico antisistema solo el tiempo lo dirá. Quizá sean ciertas ambas cosas”

El motivo de exponer sus pinturas en esta muestra se puede explicar con sus propias palabras: “aprendí cine a través de películas creadas por pintores, de su forma de cambiar el cine sin plegarse a las reglas tradicionales que lo gobiernan”; de hecho, es patente la influencia por ejemplo de Hopper en Mi Idaho privado, pero también afirma que no es una actividad que conecte directamente con su trabajo como director. La pintura, como la fotografía, es precursora de su cine; un elemento que le ha permitido experimentar con la composición y el uso del color. Entre sus pinturas podemos ver una acuarela de Nicole Kidman, a un gigante caminando entre rascacielos o algunos rostros de rosados adolescentes.

Aunque Van Sant sea el capo del Hollywood indie, su obsesión por la reproducción pictórica puede ser el germen de la obra más furtivamente conceptual jamás vista en una pantalla de cine, con imágenes que son inherentes a este principio de siglo y el final del anterior. Si Gus Van Sant es un autor vendido a la industria hollywoodiense o un auténtico antisistema solo el tiempo lo dirá. Quizá sean ciertas ambas cosas.

Gus Van Sant