20 diciembre, 2018. Por

Gudrun Pausewang

La utopía de vivir al margen de la vida urbana en los años ’20
Gudrun Pausewang

El neorruralismo, esa tendencia en auge por la que migrantes voluntarios dicen adiós a las zonas urbanas y se instalan en espacios rurales, ancla sus orígenes más allá de los años 60 del pasado siglo. A pesar de que la contracultura y el hipismo fueron enormes difusores de sus principios en Europa, ya en los años 20 se vivieron célebres episodios de vida alternativa en el campo. La recuperación de las publicaciones de Henry David Thoreau, en especial su inigualable Walden, verdadera biblia del ecologismo, así como la película ya de culto Capitán Fantastic (2016), dan una idea de su actualidad y de su lento pero consistente calado en la cultura popular.

En Europa, uno de esos experimentos pioneros que puso en práctica los valores de este estilo de vida contracultural fue el que describe Gudrun Pausewang en El prado de Rosinka. Una vida alternativa en los años veinte. Sus padres, dos alemanes convencidos de su propuestas idealistas, decidieron entonces que la naturaleza y el campo serían el mejor lugar en el que criar a una familia, lejos de los valores burgueses y adocenados de sus iguales. El camino que la vida y la sociedad habían dibujado para ellos no les satisfacía, por eso decidieron que el campo sería su escenario vital, donde autogestionarse y desarrollar un proyecto vital alternativo. Una utopía asentada en fuertes convicciones pero no exenta de enormes esfuerzos por salir adelante, en condiciones muchas veces adversas y con la losa permanente encima de estar haciendo lo contrario de lo previsto.

«El camino que la vida y la sociedad habían dibujado para ellos no les satisfacía, por eso decidieron que el campo sería su escenario vital, donde autogestionarse y desarrollar un proyecto vital alternativo. Una utopía asentada en fuertes convicciones pero no exenta de enormes esfuerzos por salir adelante»

Con la ayuda de amigos y familiares, levantaron una vivienda de madera en la que criaron a sus cinco hijas, la mayor de ellas Gudrun. La ubicación elegida fueron los Sudetes, en la Bohemia Oriental (hoy República Checa), ese lugar grabado a fuego en la historia de la II Guerra Mundial. En contra de la devoción por las megalópolis, asociadas al progreso y a la ciencia, el día a día de esta familia se desarrolla guiado por valores como la educación universal, la cultura, el respeto por el entorno y la autogestión.

Gudrun y sus hermanas se crían con unos padres austeros en lo material, pero ricos en lo espiritual. Vegetarianos y nudistas. Dos padres universitarios que renuncian a lo que se esperaba de ellos y que tienen, de continuo, que enfrentarse a dificultades inesperadas. También que enseñan a su prole las virtudes del autocontrol y de la colaboración, a esquivar la envidia por tener menos bienes materiales, a ser tenaz y comprometido. Exquisita pedagogía moral.

Portada del libro

En 1945 el fin de la contienda mundial acabó con el prado de Rosinka. La muerte del padre en el frente se hizo demasiado dura, a pesar de la firmeza y el tesón de la madre. El libro adopta un formato epistolar, sustentado en las cartas que Elfriede, la madre ya anciana de Gudrun, intercambia con el joven Michael, su sobrino, quien le pide consejo para emprender un proyecto vital similar y seguir, por lo tanto, sus pasos. El prado de Rosinka es una obra que habla de la utopía, de la familia y de la infancia. Y de sus prolongaciones hasta la configuración de una edad adulta. Su enorme valor reside en que la experiencia fue real y en que, a pesar de que su final fue abrupto por causas inesperadas y ajenas, su éxito fue también indiscutible.

«‘El prado de Rosinka’ es una obra que habla de la utopía, de la familia y de la infancia. Y de sus prolongaciones hasta la configuración de una edad adulta. Su enorme valor reside en que la experiencia fue real y en que, a pesar de que su final fue abrupto por causas inesperadas y ajenas, su éxito fue también indiscutible»

Gudrun Pausewang, célebre en Alemania sobre todo por sus libros infantiles y juveniles, es una desconocida en España, y es una lástima. Además de escritora (publicó la cifra de 86 novelas) fue profesora de primaria y secundaria en Chile, Venezuela y Colombia, además de en su país natal. La nube (1987), obra en la que recrea las consecuencias de una imaginaria crisis nuclear en Alemania, es su obra más popular. Obtuvo la Medalla Alemana al Mérito en 1999 y es poseedora también del Premio Alemán de Literatura Juvenil por toda su carrera en las letras. En toda su obra se filtra su amor por la naturaleza y el respeto a lo que en ella habita, con las especies animales en primer plano. También la justicia social y la paz. Publicado en 1980, ‘El prado de Rosinka’ es la primera parte de una trilogía que, esperemos, llegue pronto al castellano.

Gudrun Pausewang