1 marzo, 2018. Por

Gorrión Rojo

Insulsa ave de paso. Amarga pérdida de tiempo
Gorrión Rojo

Que en 2018 los rusos son los nuevos malos favoritos de América ya lo sabemos todos. El regreso de la Guerra Fría en formato cibernético libra a Hollywood de tener que lidiar con temas tan desagradables como las creencias religiosas o el color de la piel de nuestros nuevos viejos enemigos. Los despiadados soviéticos vuelven a ser el centro de conspiraciones, asesinatos desalmados, trampas, triquiñuelas, seducciones y torturas. Ahora con mucho menos comunismo y plenos poderes para mostrar desnudos frontales en las pantallas de todo el mundo. Atractivo, ¿verdad? Pues nada de esto es Gorrión Rojo (Francis Lawrence, 2018). O bueno, lo es, pero sin ningún gancho. Una cinta que les va a hacer perder dos horas y pico de su vida si no se andan ustedes con cuidado.

La prometedora carrera de Dominika Egorova (Jennifer Lawrence) como primera bailarina del Teatro Bolshoi de Moscú se ve frustrada por una lesión tan dolorosa como inesperada. Para sacar adelante a su madre enferma la joven no tiene más remedio plegarse a las exigencias de su tío Vanya (Matthias Schoenaerts) y enrolarse en un puntero programa ruso de entrenamiento de espías de primer nivel (ironía). ¿Sus armas? La seducción, el sexo y la mentira. Con ellas Dominika tendrá que descubrir quién es el topo que, desde las altas esferas del gobierno ruso, está filtrando datos esenciales sobre la Madre Patria a los americanos.

John le Carré pero sin John le Carré

Tal y como está planteada, Gorrión Rojo es un caramelito para los amantes del cine de espías. Esas películas que uno tiene que ver un par de veces para enterarse bien bien de quién es quién, de quién ha traicionado a qué y de cuántas mentiras por minuto nos hemos estado tragando desde el principio. De las que, incluso, puedes volver a ver unos cuantos años después y casi sorprenderte de nuevo porque es difícil retener toda la información que contienen más allá de unos días. Son cintas fascinantes. De manera que la perspectiva del estreno de algo que, además de ésto, incluya razonables dosis de erotismo, acción y una factura cuidada es, a priori, agradable. Pero no se alarmen, que la película de Francis Lawrence no tiene ninguna de estas cosas.

Cree tenerlas, eso sí: parece convencida de lo original e imprevisible de su trama, cuando cualquier espectador mínimamente atento se puede oler el desenlace más de una hora antes de que suceda. Confunde unos cuantos desnudos, por mucho que sean de Jennifer Lawrence, con erotismo; torturas y violencia explícitas con transgresión o denuncia y la pereza a la hora de construir personajes con personalidades enigmáticas. O a Jennifer Lawrence como única excusa para que estas cosas funcionen. Son demasiadas confusiones como para que el espectador no se dé por aludido y se pregunten si le están tomando por tonto. Y eso no mola nada en una sala de cine.

El típico bañador que te pones para que no se note que vas a la piscina a seducir al agenzuelo de la CIA de turno

Ni intriga, ni erotismo ni espías

Gorrión Rojo no es más que, en realidad, una excusa para que los fans de Jennifer Lawrence paguen entradas de cine: una ilusión de peli de espías simplificada, masticada y preparadita para seguirla mientras se mira el Instagram. Empezando porque el personaje de Lawrence, en torno al cual giran las dos horas y 20 minutos de película (lo han adivinado: de las dos horas sobra una), es tan simple como poco creíble. Su pasado como bailarina no es más que un pretexto y se pierden oportunidades sensacionales de utilizarlo para apuntalar la personalidad del personaje. Sus dotes para la seducción, el engaño, el sexo o la violencia no aparecen por ningún sitio. Nada en ella, desde su perfecto tinte rubio hasta sus motivaciones, es creíble. Así, se encuentra uno preguntándose en demasiadas ocasiones por qué sus superiores no se dan cuenta de que la tía un absoluto desastre como espía.

“Si un espectador cualquiera se da cuenta de cosas que tus agentes de la CIA no ven, tus agentes no son de la CIA, son de la TIA”

Por si fuera poco, Gorrión Rojo es una de esas pelis en las que, misteriosamente, todos los espías son notablemente más tontos que uno. Se dejan engañar con triquiñuelas casi infantiles, no ven lo que tienen delante de las narices e improvisan de manera errática y chapucera. Guionistas del mundo, esto es muy fácil: si un espectador cualquiera se da cuenta de cosas que tus agentes de la CIA no ven, tus agentes no son de la CIA, son de la TIA. Y estás cayendo peligrosamente en el terreno de la autoparodia y la comedia de acción. Que mola, pero sé consciente de lo que haces y de lo que vendes. Ah, y ¿ofrecer un tratamiento realista de la luz que permita al espectador recordar que en Rusia hace frío? No hombre, ya tienen a Jennifer Lawrence, no hace falta más. Venga esa fotografía vulgar y aburrida.

No sé qué entiende Francis Lawrence por ‘erotismo’. Pero discrepo

Y quien espere ver un thriller erótico, ya puede ir ahorrándose el dinero de la entrada. Hay desnudos y hay un poco de sexo. Pero cuando el sexo no es violento, es anodinamente insulso. En contraste con las explícitos planos de violencia que se ejerce sobre el cuerpo de Jennifer Lawrence, los pocos momentos en los que su personaje mantiene algún tipo de relación íntima consensuada resurge la tediosa heteronormatividad del sexo planteado como cuatro empujones y tres jadeos mal contados. Casi tan erótico como una visita al dentista. Todo el afán de transgredir o de hacer algo mínimamente realista se le esfuma a Francis Lawrence cuando tiene que empoderar mínimamente a sus personajes femeninos.

Aburrimiento y “denuncias” tendenciosas

Como historia de espías Gorrión Rojo se queda a años luz de producciones clásicas como Con La Muerte en los Talones (Alfred Hitchcock, 1959) o cintas más recientes, como El Topo (Tomas Alfredson, 2011) o la Saga Bourne. Series como Homeland o The Americans le ganan por goleada a la hora de elaborar intrigas, construir personajes femeninos complejos, torturados y liantes, así como al dibujar enemigos inteligentes y creíbles. El erotismo está tratado con una torpeza tal que uno se encuentra echando de menos cintas tan cuestionables como Juegos Salvajes (John McNaughton, 1998) que, si bien no era ni arte ni ensayo, sabía ser excitante y entretenida de manera simultánea. Atomic Blonde (David Leitch, 2017), con todos sus defectos, al menos era capaz de divertir, excitar e intrigar durante casi dos horas.

Un espectador cualquiera, hacia la mitad de la película

Gorrión Rojo no es más que una insulsa ave de paso, un pollo mal aderezado, en la que ni siquiera Jennifer Lawrence hace nada destacable. Demostrar, si acaso, que hace falta algo más que una gran estrella para armar una buena película. Y que los buenos personajes femeninos escasean. Pero lo peor es que aburre, Gorrión Rojo aburre a las ovejas. Se pasa uno la mitad de la película mirando el reloj, rogando al cielo no tener que tragarse una escena de tortura más, no porque sea desagradable, sino porque no le va a aportar nada a su vida. Preguntándose si algún día un gran estudio como Fox se atreverá a mostrar con tanto realismo las vejaciones físicas perpetradas por soldados americanos en Abu Ghraib o Guantánamo, por poner ejemplos recientes. Pero no, los malos siempre son los otros. Este año tocan los rusos. El que viene, ya veremos.

Gorrión Rojo