7 abril, 2017. Por

Goldfrapp

Magia, luna y sintetizadores: Goldfrapp se lucen en uno de los regresos más esperados del año
Goldfrapp

Si uno se tiene que poner a pensar en la gente que ha sido verdaderamente influyente en el terreno de la música electrónica en lo que llevamos de siglo, una vez descartamos payasadas, one-hit-wonders e ídolos de masas adormiladas, Goldfrapp queda como uno de los nombres que pocos olvidan. El dúo formado por los londinenses Alison Goldfrapp y Will Gregory lleva desde el 2000 evolucionando entre el glam, los ramalazos rompepistas y una concepción orgánica y madura de la sensualidad a la hora de componer y escribir letras.

Sin ser especialmente prolíficos, en su discografía se han afanado por adoptar distintos puntos de vista a la hora de concebir el pop electrónico. Desde la agresiva sensualidad que empapa Supernature (2005) hasta la desnuda intimidad femenina del injustamente ignorado Tales of Us (2013), pasando por el luminoso y divertido bombardeo de hits que suponía Head First (2010). Ahora, con más de 15 años de carrera a sus espaldas, por tópico que suene, en su séptimo álbum parecen haber dado con la fórmula que sincroniza todas estas facetas. Silver Eye (2017) probablemente sea el disco que mejor caracteriza el sonido de Goldfrapp: lleno de sensualidad en sus letras, evocador, maduro e íntimo pero, a su vez, al borde del hit en muchos momentos.

Con la Luna y la magia asociada a ella como hilo conductor de los diez temas que lo componen, Goldfrapp van más allá de la creación de una mera colección de canciones. El creciente interés por la fotografía ha llevado a Alison Goldfrapp (si usas Instagram para ver algo que no sean las ensaladas de aguacate que se come tu ex, no sé a qué esperas para seguir a esta mujer) a tomar las riendas de todo el apartado visual asociado al disco. De este modo la londinense ha podido completar su onírico discurso sobre magia primordial y paisajes plutonianos con los contrastes de Fuerteventura como escenario. El resultado es personal, alejado del sonido que ofrecen los discos producidos por las grandes discográficas. Auténtico y espontáneo.

Para abrir boca el Anymore que lleva tres meses sonando sin parar en cualquier emisora británica: sencillo, directo, pegadizo y visceral. Una declaración de principios sobre lo que Goldfrapp pretenden con este Silver Moon, aunque la fórmula se va complicando a medida que pasan los cortes y los minutos. La magia y la Luna aparecen casi en cada estrofa, como una obsesión, en todas sus facetas entremezcladas, mediante los sintetizadores, con otros temas que no son nuevos en el universo de la banda: naturaleza, pasión (Tigerman y la fascinación asociada a cualquier nuevo amante), romanticismo (Moon in Your Mouth, que consigue ser desesperadamente romántica sin sonar empalagosa, entra directa a ser una de las mejores canciones de la discografía del grupo) y género y transición (que ya habían tratado no solo en la letra, sino en el videoclip de Annabel en su anterior trabajo y que reaparece en Become the One en referencia directa al documental My Trasgender Summer Camp).

La faceta rompepistas de Goldfrapp vuelve a asomar hacia el final, en Everything Is Never Enough, con el poético “We’re on fire / We’ll eat stars” que, en boca de cualquier grupillo para adolescentes y veinteañeros con barbita, se habría convertido en himno de todos los festivales este verano. Pero da la impresión de que persiguen más la belleza que los himnos los de Londres, y los últimos compases del disco, con Moon in Your Mouth y Ocean, van prolongando la tensión y elevando el nivel emocional.

Ocean tiene una buena porción de rabia e improvisación en el estudio, y el resultado es una tensión que escala y que, al romperse, deja un prolongado poso en el oyente. Como si Silver Eye exigiera un par de minutos de silencio para acabar de saborear ese “I see the dark, I hear their hooves / They’re coming for you” que lo cierra. Que tarden lo que tengan que tardar Goldfrapp y Gregory en componer sus discos, pero que los mantengan al nivel de este. Decir que hay ganas de verlos en el próximo Tomavistas es quedarse corta.

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