20 abril, 2018. Por

Gloriana

Una mujer todopoderosa encerrada por siempre en su esfera de poder
Gloriana

La estructura de una esfera armilar contiene el escenario de Gloriana, la ópera de Benjamin Britten (compositor de Billy Budd o Muerte en Venecia), el nuevo estreno del Teatro Real. Con un libreto de William Plomer, basado en el libro Elizabeth and Essex: A Tragic History (1928), de Lytton Strachey (amigui de Dora Carrington, como se pudo ver en la hermosa y olvidada película de Christopher Hampton). La ópera nos sumerge en los últimos años de Isabel I de Inglaterra, sus complicados sentimientos para con el algo traicionero conde de Essex y, sobre todo, sus propios y mismísimos conflictos internos. Sus contradicciones, los deberes como regente, que chocan con los deseos de mujer (y ser humano con sentimientos y necesidades en general). El paso del tiempo. La vejez. La soledad.

La dirección del escocés David McVicar juega hábilmente con esta potentísima idea escenográfica (esa semiesfera de arcos móviles dorados y planetas que contiene un mapamundi sobre el que camina con decisión la Reina Virgen), y junto con un apropiado diseño de iluminación y esplendorosos figurines de época (los vestidos de la reina son de brilli brilli del bueno) empacan a la perfección una puesta en escena en su punto justo. Un término medio perfecto, ni demasiado minimalista (aunque prime la sencillez conceptual) ni amiga del cartón piedra con ínfulas barrocas. Lo suficientemente inteligente y majestuosa (nunca mejor dicho) como para contentar a todo el mundo.

«Gloriana no romperá cánones, pero consigue fascinar con su retrato de esta mujer todopoderosa, encerrada por siempre en su esfera de poder»

La música de Britten, conducida por Ivor Bolton, sin ser considerada un clásico (más bien todo lo contrario), consigue hacerse un hueco en el sentimiento del espectador. Conteniendo momentos interesantísimos y homenajes a otros tiempos de danzas y madrigales. Y si bien el primer acto no llega a resultar prometedor del todo, el final del segundo acto (la manera en que se entremezclan la tonada que se toca en escena y la orquesta del foso debería estudiarse y convertirse en la definición sonora del adjetivo «ominoso») y un tercer acto lleno de conflicto dramático consiguen enganchar al espectador y no soltarle hasta el final.

Un espectáculo redondo (elenco perfecto, coros potentísimos, estética pensada y eficaz a nivel simbólico e impactante). Pero, sobre todo, la función resulta fascinante por el dibujo de este personaje femenino contradictorio y atractivo alrededor del que todo gira (literalmente); y por cómo se presenta ante los ojos (y oídos) del espectador. Dos sopranos se alternan en las diferentes funciones para el papel protagonista: Anna Caterina Antonacci (quien tuvo grandes alabanzas en el es estreno) y Alexandra Deshorties, que quien podemos hablar puesto que es de quien pudimos disfrutar nosotros. Y sólo decir que Deshorties es un auténtico portento de presencia y poderío dramático (y, evidentemente, vocal) que merece la pena disfrutar.

«La función resulta fascinante por el dibujo de este personaje femenino contradictorio y atractivo alrededor del que todo gira»

Para quienes gusten de historias de mujeres fuertes de armas tomar, éste es su montaje. Es, sencillamente, brutal poder ver cómo se domina un escenario de estas características así. Sobre todo en los momentos más delicados, como cuando se levanta la cortina (literalmente también) y la vejez de la monarca queda al descubierto (im-pre-sio-nan-te este momento) o ese estremecedor final (maravilla de racitativo, por cierto). Gloriana no romperá cánones, desde luego, pero consigue fascinar (bastante) con su retrato de esta mujer todopoderosa, encerrada por siempre en su esfera de poder.

Gloriana