14 marzo, 2017. Por

Furiosa Escandinavia

Los fantasmas del amor desde el tiempo y la distancia
Furiosa Escandinavia

“¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana, todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas.”

Así le escribía Franz Kafka a su amante, la apasionada Milena Jesenská. Furiosa Escandinavia, la obra ganadora de último Premio Lope de Vega, que se representa hasta el 16 de abril en el Teatro Español, es una obra llena de esos fantasmas; los que crecen con el tiempo y la distancia, los que representan al ser amado en tu mente cuando ya, inevitablemente, lo has perdido. Espectros que ahora, en nuestra época, en el escenario de la Sala Margarita Xirgu, se propagan a través de las redes sociales, de llamadas de móvil a horas imposibles, de  mapas de Google de lugares que nunca hemos visitado.

Nos cuenta la historia de dos triángulos amorosos entrelazados, con dos protagonistas ausentes, lo que es el primer golpe de genio de esta obra ya que, aunque no los conocemos, si apreciamos sus efectos en la vida de sus antiguas parejas. Presentes tenemos a Erika (Sandra Arpa) y Balzacman (Francesco Carril), dos víctimas de su memoria, condenados a luchar contra espectros; es decir, a una batalla sin esperanzas de victoria. El hombre y la mujer que aman ya solo existen en ella, se han transformado en ideas fijas que los persiguen días y noche. En cierto modo, su comportamiento es el de yonquis emocionales: han perdido a alguien que complementaba su existencia y, más aún, que le daba un sentido y del que, por lo tanto, eran totalmente dependientes.

Su reacción, sin embargo, es contraria: mientras que el fanático de la literatura Francesa Balzacman (su alias en Facebook) se aferra al recuerdo y aspira a recuperar a su amada, Irene, cueste lo que cueste, aunque para ello deba adoptar una identidad falsa o viajar hasta el fin del mundo. Erika solo quiere deshacerse de la carga de su pasado, cifrada en el hombre que la ha abandonado; y para conseguirlo está dispuesta a someterse a un tratamiento médico de vanguardia que lo extirpe de su cerebro, a pesar de la opinión adversa de sus amigos Lucas (David Fernández) y Sonia (Irene Ruiz), algo que nos evoca inevitablemente la ¡Olvídate de mí! de Michel Gondry y Charlie Kaufman.

Lo que los une es que el amante perdido de Erika, T., es el hombre por el que Irene ha dejado a Balzacman. Y ese es el motivo por el que Balzacman se empeña en conocerla, con el objetivo de que le descubra el paradero de Irene. La suya será una relación basada en el deseo de olvido y en el ansia de recuperar lo que no podemos olvidar; en el lado más enfermizo, precario y triste del amor.

Los actores rayan todos a gran nivel. Francesco Carril construye un héroe de nuestro tiempo: un personaje vulnerable, traidor, romántico y desesperado. Erika es una magnífico papel dramático que exige alternar el delirio, la excentricidad y la lucidez: Sandra Arpa realiza una interpretación a su altura, muy bien apoyada por David Fernández e Irene Ruiz. El director, Víctor Velasco, que ya ha trabajado sobre obras de Antonio Rojano en Ascensión y caída de Mónica Seles (2014) y, más recientemente, en Dios K (2016), ha aprovechado a fondo las posibilidades de un texto plagado de imágenes ambiguas, de citas literarias y de escenas fracturadas, para crear un ambiente onírico, a medio camino entre el Atom Egoyan de Exótica y el Lynch de Mullholland Drive, un soporte más que perfecto para un texto que transcurre por igual en la “realidad” como en la imaginación de sus personajes y que finge -sólo finge- desarrollarse con la arbitrariedad de un sueño, hasta que el final desvele su carácter de rompecabezas perfecto.

Furiosa Escandinavia