6 febrero, 2018. Por

Frankenstein

200 años interpretando al monstruo de Mary Shelley: ¿cuál es el mejor?
Frankenstein

Uno de los monstruos más monstruosos jamás creados, al que Mary Shelley dio vida con tan solo 18 años, resulta que no es un ser terrorífico. Por lo menos, no nació así.

En el verano de 1816 –y muy al contrario también de la conocida noche de truenos y relámpagos que se nos ha relatado- la pareja formada por Mary y Percey Shelley fueron a visitar a su colega, Lord Byron, en Ginebra. Allí, el anfitrión propuso a sus invitados escribir cada uno una historia de fantasmas, y la joven Mary, hija de ilustrados –la obra de su madre, Mary Wollstonecraft, puede considerarse el primer tratado feminista de la historia- aceptó el reto. Pero el pequeño relato titulado originalmente como Frankenstein o el moderno Prometeo, dio lugar a una larga novela que quedaría muy lejos del estilo gótico de aquella época. Porque, poco a poco, se fue alejando de su afán aterrador.

Porque lo que Mary Shelley escribió fue un profundo, filosófico y bellísimo estudio sobre el alma humana. Porque el creador juega a ser Dios –de ahí la referencia a Prometeo, por hacerse con el fuego de los dioses-, y da la vida a un ser que él mismo aborrece hasta lo insoportable y al que abandona a su suerte.

Porque el Monstruo, que nace bueno por naturaleza, es rechazado y repudiado allá adonde va, y transita en una penitencia que cumple tan solo por existir, alimentándose de bayas silvestres y de agua del río, por rechazar la carne: ¡Sí! ¡El monstruo de Frankenstein era vegetariano por ideales!. Porque lo único que pide el pobre desdichado es el cariño de su creador, y, en última instancia y porque lo demás se le ha negado, una compañera con la que poder desaparecer de un mundo que solo le dio maldad. Y como todo atisbo de felicidad le es rechazado, al Monstruo no le queda otra alternativa que la venganza.

Aquel ser sin nombre ha sido interpretado y reinterpretado tantísimas veces en sus 200 años de historia, que ha devenido en eso: en uno de los iconos más recurrentes para asustar, para disfrazarse en Halloween, para representar lo abominable. Tanto ha sido así, que se le encomendó el nombre de su creador en la ficción, el doctor Frankenstein. Pero de todas sus adaptaciones, nos quedamos con las más icónicas. Aquellas que han respetado o que han perjudicado la historia original, pero que han ayudado a mantener vivo este fenómeno de masas; uno de los mitos de la ciencia ficción, escrito, contra lo habitual, por una mujer.

PRESUNCIÓN o EL DESTINO DE FRANKENSTEIN (1823)

Una de las primera adaptaciones, que la propia Mary Shelley pudo atestiguar, fue el montaje teatral de Richard Brinsley Peake, estrenado en 1823, cinco años después de la primera publicación de la novela. Un pasquín anónimo lo anunciaba así: “¡No vayan al teatro a ver el monstruoso drama basado en la indecente llamada FRANKENSTEIN! ¡No lleven a sus esposas, no lleven a sus hijas, no lleven a sus familias! La novela en sí es abiertamente inmoral.”

Visto hoy, no habría podido tener mejor publicidad. Y así, el escándalo y la notoriedad de la obra, hicieron que Peake, el propio dramaturgo, parodiase su texto en un montaje menor, Otra presunción. En el libreto original, y muy al contrario de las posteriores adaptaciones en cine, el Monstruo no hablaba, vestía una capa griega y una enorme y enmarañada peluca.

FRANKENSTEIN (1910)

Esta maravilla histórica del estudio Edison, olvidada al poco de su estreno y dada por perdida largo tiempo después, fue la adaptación más fiel durante décadas. Sobre todo, por ahondar  en la parte más metafísica de la historia original, incluyendo un final de lo más abstracto. Se publicitó como “una historia que alcanza el clímax del horror y la sugestión”. El género de terror todavía no había nacido como tal, pero ya se empezaba a hacer referencia al horror.

Aquí, ‘La Criatura’ también tiene el pelo enmarañado, y las manos alargadas, pero su pared frontal de enormes dimensiones ya empezaban a conducir al monstruo hasta el que conocemos hoy. La interpretación propia más reseñable de la película es cómo el doctor Frankenstein da vida a su creación, mediante un método más alquimista que incluye un proceso de combustión y que, por supuesto, alarmó hasta lo indecible en la época.

EL DOCTOR FRANKENSTEIN (1931)

Y aquí llega la versión archi-conocida del Monstruo de Frankenstein, que es la interpretada por Boris Karloff (El ladrón de cuerpos) y dirigida por James Whale (El hombre invisible), en 1931. Esta versión torpe en sus movimientos –al contrario de lo que se describía en la novela-, vestido con ropa pequeña –para hacer a Karloff más grande-, y con sus cicatrices y tornillos en el cuello –para denotar su génesis artificial-, es la que se nos ha grabado a fuego en nuestro imaginario colectivo.

La pena es que, al margen de estos detalles físicos, el monstruo es aquí un ser corto de entendederas, lento e inútil. Y esto es lo que más contrasta con la obra de Shelley: en el libro, el Monstruo es un ser sensible, empático, que lee a Goethe para entender las relaciones humanas y a Platurco para conocer los acontecimientos históricos de la Antigüedad. A pesar de ser un icono de la cultura popular, este monstruo de Frankenstein se deja por el camino toda la profundidad del personaje original.

LA MALDICIÓN DE FRANKENSTEIN (1957)

¿Y qué pasó en estos 20 años? Que, además de realizarse unas cuantas adaptaciones cinematográficas más, entre ellas, la del propio James Whale, que dirigió La novia de Frankenstein en 1935, resultó que la imagen del monstruo se había registrado. El maquillaje de Jack Pierce, codiciadísimo en aquella época, estaba registrado.

Así que, para la película de Terence Fisher, hubo que reinterpretar al Monstruo y darle otro aspecto, el cual, por cierto, es más fiel a la descripción de la novela. También es más ágil y más inteligente, pero su carácter es de maníaco homicida, sin la inocencia del libro ni de la peli del 31. La Hammer, productora que sacó esta versión, se inició en una serie (casi) interminable de películas de terror, con Drácula, La Momia y Frankenstein entre sus hits más repetidos.

EL JOVENCITO FRANKENSTEIN (1974)

Pocos paródicos homenajes como El jovencito Frankenstein han conseguido instalarse en el imaginario colectivo tal y como lo hicieron sus antecesoras originales. En el caso de Mel Brooks, director de la que considera su mejor película, pudo posicionarse entre las listas de las mejores películas de todos los tiempos con esta obra, juzgada como ‘culturalmente significativa’ por la Comisión Nacional de Preservación de Películas.

El guión fue escrito por Gene Wilder (protagonista de la película) y Brooks, y tanto ese proceso como el propio rodaje fueron un reguero de carcajadas continuas hasta la consecución de la película. Eso sí, no todo el proceso fue un camino de rosas. Mel Brooks tuvo que pelear de lo lindo para que su película tuviese la estética que buscaba, lo más fiel posible a la de James Whale: en blanco y negro –ya nadie rodaba así y los estudios le tenían pánico a lo monocromático-, sin las novedades técnicas de la época, como las ópticas zoom, etc.

En la trama de El jovencito Frankenstein, la parodia se origina en el equívoco de Igor, el asistente del Dr. Frankenstein (Gene Wilder), al insertar un cerebro equivocado al monstruo, y colocar uno anormal. Pero no tiene demasiado sentido detenerse en la fidelidad de una parodia para con su alma máter. Solo podemos afirmar que la película de Brooks merece el prestigio que tiene.

Hace apenas 4 meses, en octubre de 2017, el musical basado en la parodia, The New Mel Brooks Musical: Young Frankenstein se trasladó a Reino Unido tras 10 años en Broadway, donde se estrenó con pesos pesados del musical y la comedia como Hadley Fraser o Shuler Hensley (The OA).

FRANKENSTEIN, DE MARY SHELLEY (1994)

Y apadrinado por Coppola, quien produjo la película, Kenneth Branagh se lanzó a marcar un punto de inflexión en las adaptaciones del Frankenstein de Mary Shelley. Es bien sabido que la obra del director, asiduo a adaptar Shakespeares a la pantalla, suele ser bastante megalómana -ojo, que no solo ha llevado a los clásicos; también dirigió la superproducción Thor en 2011, la cual fue un exitazo en taquilla-, pero en el caso de su Frankenstein, no pudo mostrarse más ambicioso.

En la película encontramos a un Robert de Niro soberbio, y la inflexión mencionada recae sobre la escrupulosa fidelidad que Branagh quiso mantener con la novela, pero la sombra de Coppola y de su Drácula de Bram Stoker, sobrevuela la película de forma permanente, atestándola de movimientos de cámara rimbombantes y de una estética barroca. No obstante, sí es cierto que la trama conserva el romanticismo de la obra original, adquiriendo un tono de tragedia que no habíamos visto hasta ahora, y sobre todo, de profundidad. Sin duda es la mejor adaptación en lo que al estudio del alma humana de Shelley se refiere.

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