24 febrero, 2017. Por

Francisco Bores

Una oda a la pinture ‘POE’tica
Francisco Bores

El poema El cuervo, de Edgar Allan Poe produjo, con su originalidad y su fuerza, una sensación, un ataque de horror en Inglaterra; todo el mundo hablaba del Nevermore de Poe. Sin duda el hermoso poema puede verse como un ente autónomo, un artificio cuya musicalidad, estilizado lenguaje y la atmósfera sobrenatural que logra recrear, atrajeron a autores como Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé o Paul Valéry. Así que no es de extrañar que sirviera también de inspiración al pintor madrileño Francisco Bores para crear una docena de gouaches, que han permanecido ocultos hasta hace muy poco y que ahora exhibe el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid en la exposición Francisco Bores. Gouaches para “El cuervo” de Poe hasta el 5 de febrero.

Para el artista, la pintura fue siempre y sobre todo, “un medio para conocer el mundo exterior y en particular las relaciones de orden espacial que no se pueden explicar más que por el lenguaje pictórico”, y eso explica en parte por qué el interés en ilustrar este fascinante poema. Su aproximación al mismo se aleja del tópico romántico y se sitúa en el contexto de  la relectura del escritor americano, como hicieran los citados poetas simbolistas. A diferencia de los ilustradores más conocidos del poema de Poe, como Manet o Gustave Doré, Bores elimina de sus dibujos cualquier elemento narrativo en favor de lo simbólico.

Sus imágenes recuerdan a las del pintor Odilon Redon, pero con un lenguaje más lírico y sensual. Esa sensualidad puede explicarse a través de su trayectoria. Considerado uno de los representantes más importantes de la denominada Escuela de París, durante su estancia en la capital francesa asimiló la influencia de diversas vanguardias, como el cubismo de Picasso o Gris, el postimpresionismo de Cézanne y el fauvismo de Derain y Matisse. En sus primeros años allí, se acerca al lenguaje cubista y se apropia del método de trabajo deductivo de otro gran pintor madrileño: Juan Gris.

Más adelante, Bores deja atrás la estricta geometría cubista, que según él le ahogaba, para dotar a sus lienzos de la espontaneidad del surrealismo, intentando así llegar a una especie de síntesis entre la herencia plástica de Braque y Cézanne y la aspiración al lirismo que le dejaran respirar. Bores resumiría en las siguientes palabras su concepción del arte como jouissance o disfrute de los sentidos: “La pintura es un acto sensual, se la puede considerar como  una fruta que saboreamos con los dedos, su piel se identifica con la nuestra”.

Acercándose a la abstracción pero sin renunciar a la realidad visual, los motivos de las aguadas de esta muestra se estilizan gracias a un espacio angosto y a una disposición que dirige su fuerza hacia el centro. Además, el artista obtiene de la técnica del gouache una inmensa expresividad. Frente a sus óleos, mucho más metódicos y elaborados, estos conceden un mayor margen a la experimentación. La transparencia y la cualidad mate del gouache le permiten conseguir una luminosidad tenue y equilibrada, que, como el poema, responde a la máxima de que la verdad debe expresarse a media voz. Y esta verdad visual que buscaba, se materializa favor de una mayor luminosidad y transparencia espacial que dan como resultado una pintura de una pureza formal cercana a la abstracción, pero sin renunciar a la verdad visual cargada del simbolismo de la soledad y del estado de ánimo del que Poe quiso dotar a su obra.

Francisco Bores