4 julio, 2017. Por

Flâneurs

En la era de la inmediatez, vaguemos sin rumbo: ¡larga vida al Flâneur!
Flâneurs

Si es tu día libre y habitas en la ciudad, lo más probable es que, en el momento en el que cierras la puerta de casa y pones los pies en la calle, sea con un objetivo. Así lo hacemos todos: salimos al exterior por una cita, por un evento, por ese algo que queremos comprar. Todo tiene una meta y, por supuesto, una retribución.

Todo está planificado y a buen ritmo, además. Hay que ser productivo. No hay tiempo que perder. Incluso sacrificamos horas de sueño para ello. Incluso funcionamos con nuestro teléfono como si éste se hubiese adherido a la palma de la mano con una membrana. El móvil nos comunica con el mundo y, en muchas ocasiones, nos marca el rumbo adonde ir. ¿Qué sería de nosotros sin la bendita ubicación o sin el sagrado GPS?

Por eso hoy, más que nunca, y aprovechando la oleada de obras literarias que han salido a la luz, es necesario hacer un llamamiento a la acción pura y llana de pasear, de vagar sin rumbo, de romper los mapas establecidos y colocarnos en espacios marginales para volver a observar la ciudad, comprenderla y hacerla nuestra de nuevo. Porque las rutas comerciales (véase la calle Fuencarral de Madrid), no siempre nos dejan espacio para ello. Porque a veces dejamos de ser ciudadanos para convertirnos únicamente en consumidores.

El término flâneur (‘paseante’, ‘callejero’) nació entre 1500 y 1600, pero fue en el siglo XIX, gracias a la poesía de Charles Baudelaire, cuando esta figura cobró una verdadera relevancia literaria y sociológica. El flâneur era un personaje inseparable de la estampa de París en aquel momento, tomando la ciudad como territorio de contemplación, creación y reflexión. Un animal cuyo hábitat natural era la urbe. Un auténtico explorador urbano que, según el filósofo alemán Walter Benjamin, conoció su fin con la llegada de la sociedad de consumo. El individualismo, la autonomía y la conciencia que le caracterizaban murieron cuando la persona se convirtió en masa, abrumado por el espectáculo de la ciudad, por los estímulos y por el impulso a consumir.

Desde entonces, han sido muchos los que han intentado recuperar esta práctica, Luis Buñuel narraba en su autobiografía, Mi último suspiro (Editorial Contemporánea), cómo los surrealistas hacían incursiones a la ciudad de Toledo para conquistarla con sus paseos “absurdos”.

Y nos llama la atención el número de títulos recientes que hablan sobre ello: El peatón de París, de Léon-Paul Fargue (Errata naturae, 2014);  Elogio del caminar, de David Le Breton (Siruela, 2015); o Walkscapes, el andar como práctica estética, de Francesco Careri (Gustavo Gili, 2013). Este último realiza un complejo estudio sobre la arquitectura urbana y su relación con el habitante. Como el propio Careri describe en la web de su colectivo Stalker/Osservatoriomade: “Si se afronta a pie, la metrópoli se convierte en un mundo inexplorado en muchas de sus partes, un mundo hecho de territorios caóticos, en el cual los asentamientos abusivos se sitúan junto a los yacimientos arqueológicos; las líneas de alta tensión y las autopistas se intersecan con los acueductos romanos; y las modernas ruinas industriales acogen una fauna y una flora que jamás hasta ahora habían habitado la ciudad.

Es tiempo para la pausa. Es tiempo para salirse de los moldes establecidos, para dejar de ser productivo y contemplar lo que nos rodea. Porque la creatividad también nace de dicha contemplación. Sólo de las reflexiones profundas, que nada tienen que ver con las obligaciones ni con la desaforada información que recibimos cada día y en cada cartel, surgen las ideas. Hoy, más que nunca, ¡larga vida al flâneur!

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