15 noviembre, 2018. Por

Fino Oyonarte

De vida, pudor, suerte y canciones: hablamos con el ‘bajo enemigo’ y ‘voz amiga’ sobre su debut en solitario
Fino Oyonarte

Lleva más de treinta años siendo una de las piezas fundamentales de Los Enemigos; formó parte de Glutamato Ye-Yé en los años de la Movida; ha producido algunos de los álbumes elementales del circuito alternativo español; ha capitaneado proyectos como Clovis o Los Eterno que dotaron a la escena independiente de registros poco explorados; y hasta ha puesto en marcha Libros de Ruido, una editorial de libros relacionados con el mundo de la música. Sin embargo, Fino Oyonarte publica su primer álbum en solitario a sus 54 años.

La idea no nació de golpe: era una cuenta pendiente que por fin culminó tras sufrir un percance de salud hace tres años. Casi como un ejercicio, se fue quitando la espinita poco a poco, mirando hacia adentro para proyectarse hacia afuera, cantando a las segundas oportunidades, a sus padres o a su pareja con unas maneras absolutamente personales: un cantautor de los de ayer sonando como los de pasado mañana, absorbiendo sonoridades que van desde Elliott Smith y Leonard Cohen hasta Rafael Berrio o Antonio Vega.

A tan solo unos días de enfrentarse este sábado 17 de noviembre en el Café Berlín al que será el concierto de presentación oficial en Madrid de Sueños y tormentas, álbum que publicó en el primer semestre de año, nos reunimos con Fino Oyonarte para hablar de vida, pudor, suerte y canciones.

“En Los Enemigos me quedaba algo frustrado porque no todas las ideas que tenía las podía plasmar; pero Josele también me decía que a él se le transformaban muchas cosas al trabajarlas en común. Y yo le decía: “ya, pero a ti menos””

Ya pasaron unos meses desde que sacaste Sueños y tormentas. ¿En qué punto estás?

Estoy contento. Y ahora estoy en una nueva loma de la montaña: ya pasé por la de grabar, la de los primeros meses de promo, ahora toca la de tocar. Yo sigo teniendo nervios de tocar en los últimos cinco minutillos, y da igual que lleve tantos años tocando. Cada uno tiene su carácter, y yo estoy pasando esa incertidumbre de si va a ir la gente a los conciertos, si les va a gustar, si hablarán bien, si querrán volver…

Una de las cosas más recurrentes que vi estos meses en la crítica del disco es que es un “disco tardío”. Parece que te echasen la bronca. ¿Crees que podrías haberlo sacado hace 15 o 20 años, que hubiera sido diferente?

(Ríe) Es un disco que publico pasados los 50, y la gente veo que se pregunta por qué no lo saqué cuando tenía 20 o 30 años. No tengo muchas explicaciones: yo hago una reflexión sobre mi vida y pienso que, por un lado, estuve plenamente dedicado a Los Enemigos (aunque no haya llevado el peso de la composición fuerte, sí aporté muchísimo para que la banda esté donde esté, tanto ahora como antes: pasando buenos momentos y otros muy duros); luego con Clovis tuve más participación a nivel personal y creativo, con Cristina, mi pareja; y Los Eterno éramos una comunidad de amigos que quedábamos en casa para ensayar por divertimento y fue un proyecto muy bonito…

Pero, realmente, no me había enfrentado porque no tuve ni tiempo ni la inquietud tan explícita de hacer un disco en solitario. Quizá no lo necesitaba, quizá no lo quería hacer. Las inquietudes creativas las plasmaba, de alguna manera u otra, en los otros proyectos que tuve estos años. Claro que en Los Enemigos me quedaba algo frustrado porque no todas las ideas que tenía las podía plasmar; pero Josele también me decía que a él se le transformaban muchas cosas al trabajarlas en común. Y yo le decía: “ya, pero a ti menos” (risas).

“Estoy en el medio entre alguien introspectivo y extrovertido. Tuve que quitarme capas para que esa parte introspectiva se abriese”

Josele tiene ya una carrera en solitario mucho más instalada que la tuya. Quizá si hubieras publicado tu primer álbum en solitario cuando él publicó el suyo podría haber cierta atmósfera de “competencia”. ¿Crees que publicándolo ahora te saltas ese paso?

Esa comparación puede haberla, incluso interiormente puedo compararme, para ver si me han quedado maneras. Yo creo que esa necesidad artística de compartir las canciones en solitario la teníamos ambos, pero él la tuvo de manera más clara antes. Yo en Clovis, por ejemplo, tuve una manera de manifestar mi expresión artística de una manera que no podía manifestar en Los Enemigos. Y no porque no estuviera contento; hicimos discos que trabajábamos todos en común: Desde el jergón o John Wayne no hubieran tenido el impacto que tuvieron si no hubiéramos estado ahí. Pero yo necesitaba esa otra visión, que tenga otras sustancias. En Clovis las había: sonaban referentes como la Velvet Underground y grupos que mamaron de su influencia, como Yo La Tengo, Luna, Britta Philips… Ahora sí que quería hacer algo personal: encontrar una manera de expresar propia. Y más a raíz de un episodio que tuve de salud, que creo que fue el detonante.

“Realmente no me había enfrentado porque no tuve ni tiempo ni la inquietud tan explícita de hacer un disco en solitario. Quizá no lo necesitaba, quizá no lo quería hacer”

¿Crees que no hubiera existido el disco si no hubieras tenido ese susto de salud?

No me lo voy a plantear ahora. Yo creo que sí hubiera existido, porque ya llevaba tiempo que nos habíamos juntado Los Enemigos y hecho un disco nuevo como Vida inteligente, que nos gustó mucho a todos; pero sí necesitaba comunicar otras cosas a nivel musical. Y esta vez tocaba hacerlo de forma más personal. Ese toque más de atención, o “segunda oportunidad”, como le llamo, fue el detonante.

Es un episodio que, por lo que se escucha en el disco, te ayudó a pasar revista de tu vida: hay mucho de memoria, de autobiografía cantada. Hablas de segundas oportunidades, de amor, de familia…

Sí. El disco no está basado en el episodio, excepto la canción Cien pasos, que es un agradecimiento al universo de haberme dejado aquí para que siga dando el coñazo (risas). Pero sí está todo ese ánimo de estar agradecido, de querer disfrutar el momento, de poder decirle cosas a mi gente cercana. Me gustaba agradecer esta segunda oportunidad que tuve, porque mucha gente no la tiene. Eso te lleva a hacer una serie de reflexiones con tu vida.

En Afortunado hablo mucho de mi pasado: es una declaración de intenciones, de querer seguir aquí, seguir haciendo canciones, desarrollar mi vocación y agradecer que llevo más de treinta años dedicándome a esto; que ya sabes lo difícil que es: a veces no es suficiente ser buen músico o hacer discos buenísimos. Yo me siento afortunado de poder vivir de lo que vivo, aunque haya días que hay cosas que me queman: al final, llevo treinta años conociendo gente, escribiendo canciones…

“Sé que podría haber publicado mi primer disco en solitario antes, pero hay gente que también empieza a pintar a los 60 años. Jean Dubuffet empezó a formalizar su carrera como pintor más bien mayor. No me quiero comparar con él, pero creo que no hay edad para afrontar proyectos que son importantes en tu vida”

Creo que fue a David Saavedra en la Rockdelux que le dijiste que cuando tuviste ese “susto” apuntaste en una libreta cosas que te quedaban por hacer, y entre las que estaba publicar un disco en solitario. ¿Has tachado alguna otra cosa pendiente? ¿Te quedan muchas por tachar? ¿Han sido muy diferentes estos tres últimos años?

Sí, lógicamente, esa declaración de intenciones que hice esa noche en un pequeño cuaderno que tenía, era una manera de asumir la suerte que tuve e intentar que no sea la suerte la que decida otra vez por mí. Escribí un pequeño poema y una serie de cosas que quería hacer: lo primero era ponerme bien, asumir que tengo ganas de vivir, hacer cosas y comenzar a escribir para un disco en solitario.

Sabía que era una espina clavada que tenía que solucionar. Sé que podría haber sido antes, pero hay gente que también empieza a pintar a los 60 años. Jean Dubuffet empezó a formalizar su carrera como pintor más bien mayor. No me quiero comparar con él, pero creo que no hay edad para afrontar proyectos que son importantes en tu vida. Y eso lo llevo a todos los frentes de mi vida: he dejado de fumar sin mono después de más de treinta años fumando, por ejemplo.

No quería darle más importancia a todo esto que pasé porque quería hablar del disco; pero llegó un momento que me pregunté por qué no: es algo humano y algo que tiene mucho que ver con el nacimiento del disco. Yo ahora me levanto y me pongo a caminar, me voy a la Casa de Campo o donde sea. Vivo mi manera desde otra perspectiva, mucho mejor desde el punto de vista de la salud.

Han cambiado mucho los hábitos.

Y sí. Si comparo las drogas que tomaba antes, aunque llevaba mucho tiempo sin tomar, con las que ahora llamo “mis pequeñas drogas”, que son la meditación, la fruta, una copita de vino, ha cambiado mucho mi manera de ver la vida: puedo estar en una fiesta con gente a tope y vivir de la manera que vivo ahora. Uno a veces se crea unos hábitos que cree que no va a saber vivir sin ellos. Es como los músicos que van de superyonkis y cuando lo dejan se piensan que no van a saber escribir una canción más en su vida. Eso es falso, pero estás condicionado por lado que llevas teniendo los últimos tiempos.

¿Cómo llevas el tema del protagonismo? Ni en Los Enemigos ni en Clovis ni en Los Eterno eras tan protagonista como ahora, que aparece tu nombre directamente, y estás tú al frente en el escenario.

Sí es algo que tuve que madurar. Al principio no sabía si poner mi nombre o inventarme un álter ego, un nombre ficticio, si poner mi cara en una portada (que es algo que nunca hice). Y decidí que me apetecía salir en la portada, como en los discos de los ’70 de Leonard Cohen, Nico… También reduje mucho la influencia de las músicas que estaba escuchando en esa época. Pero una cosa es tomar decisiones y otra es encontrarte con ellas.

La foto que sale en la portada es de cuando llevaba un año sin afeitarme, y me las hizo un amigo mío, Ricardo Roncero, sin la intención de que salieran en el disco, sino casi como un documento bizarro (risas)… y al final, meses después me hizo otra sesión de fotos, y me gustaba más lo que comunicaba mi gesto en las de la barba: esa mirada reflexiva me daba mucha fuerza. Creo que reflejaba el momento del disco, y ha sido acertado. Y lo del protagonismo es algo en lo que no he pensado mucho, pero que está ahí.

“Si comparo las drogas que tomaba antes, aunque llevaba mucho tiempo sin tomar, con las que ahora llamo “mis pequeñas drogas”, que son la meditación, la fruta, una copita de vino, ha cambiado mucho mi manera de ver la vida. Uno a veces se crea unos hábitos que cree que no va a saber vivir sin ellos”

¿Hasta qué punto tuviste pudor de contar cosas en las canciones? ¿Hubo líneas rojas, límites?

Yo quería escribir canciones, pero no sabía muy bien por dónde empezar: tenía cosas escritas, pero necesitaba escribir de una forma sincera y natural. Me sentí muy bloqueado y me puse a escribir todas las mañanas. No es que de la rutina hayan salido las letras, pero sí que sirvió ese método para descomprimirme. Y me di cuenta de las maneras que tenía de expresarme: no quería ser ni retórico ni poético ni enrevesado; me gusta gente como Raymond Carver, que cuenta las cosas de manera natural y sencilla. Me gusta cantar como hablo.

Sí que hubo temas que los veía demasiado íntimos y me daban pudor, pero poco a poco me fui distanciando de eso: esos pensamientos oscuros que pueden sonar en canciones como Atrapado tienen una mirada de reflexión interior, pero también de identificación de los demás con lo que digo; hablo de bloqueos y batallas contra sí mismo.

Sí tuve claro que quería hacer una canción a mis padres: soy muy consciente de que son muy mayores, que pierden la memoria, y me apetecía meter imágenes de ellos en la canción, cosas que vivieron en el pasado, cómo iban vestidos cuando se enamoraron… hay frases que se las cogí a mi padre literalmente: le voy a tener que dar derechos de autor. Ellos me enseñaron lo que es el amor, el cariño, la solidaridad… y Huellas en el tiempo es una canción muy personal, pero hay gente que dice que les recuerdan a imágenes de su pasado, de su familia.

Y a la hora de cantar, ¿te costó sacar la voz? Y encontrar tu personalidad como cantante, sobre todo.

Me costó, sí. Y, además, yo he producido muchos discos y sé lo complicado que es. Cuando grabas a alguien en el estudio ves cantantes profesionales que se vienen abajo, que les cuesta encontrar el ambiente… mira si era temeroso que tenía canciones que me costaba cantárselas incluso a Cris, mi mujer. Me encerraba a que no me oyera nadie. Un día se las toqué a ella, y unos días después a César Verdú, que es quien acabó produciendo el disco. Era una cuestión de confianza.

Yo había cantado en Clovis, había hecho mis coros en Los Enemigos… pero ya tenía una estructura muy formada. Aquí quería salirme de la fórmula: quería que las canciones sonasen crudas, y sobreviviesen con guitarra o teclado y voz. Las grabé con esa fórmula de Elliott Smith de doblar la voz y tocada con la guitarra. Y poquito a poco fui conociendo mi voz: probé susurrando, gritando… hasta que encontré mi sitio. Quizá en un tono muy Lou Reed aunque quizá más melódico en mi registro.

Es un disco de volumen bajo, más bien: atmósferas muy tenues, muy susurrado, hablado. ¿Dirías que ese sonido representa lo que eres tú? Quizá hay quien cuando piensa en Fino Oyonarte piensa en el guitarrista macarra y rockero de Los Enemigos. Aquí presentas una cara muy diferente.

Yo creo que sí me representa. Como mínimo actualmente sí. Es una forma de interpretar en la que me reconozco y me siento cómodo. De hecho, César Verdú me lo decía en la grabación: que no cantase tan fuerte, que cantase más tranquilo, como yo soy. Yo quería grabar en analógico, y sabía que en el estudio había un micrófono telefunken con el que habían grabado Billie Holiday o Frank Sinatra, y fue acojonante. También te digo: me lo preparé y canté durante muchos meses todas las canciones, y fui haciéndome a la idea de que iba a ser cantante.

“La mayoría de festivales son para músicas más festivas o rítmicas, y es complicado encajar en ellos; pero también hay otros festivales que tienen teatros, auditorios, salas pequeñas… yo tengo que apostar por eso, no tengo más remedio. A menos que saque un disco de remixes”

¿Tomaste a la hora de producir modelos estéticos? Mencionas bastante a Elliott Smith, Leonard Cohen, Lou Reed, pero también a autores del perfil de Rafael Berrio.

Sí, Rafael Berrio me gusta mucho cómo escribe: me parece uno de los compositores más interesantes que hay en este país; que entre tanta mediocridad haya un artista como él es un oasis en la escena. A mí me ayudó mucho haber escuchado a Berrio. También me gusta mucho cómo canta y cómo escribe Javier Sánchez de AMA, aunque tenga un tono más pop. O, como te decía antes, la manera de narrar de Raymond Carver: te cuenta las cosas como han sucedido hace un rato, sin demasiada retórica.

Pero yo no quise intoxicarme de demasiadas músicas: siempre estuve muy abierto a muchas músicas e intenté no querer tener modelos y patrones muy identificados. Me salían melodías muy melancólicas: creo que en la melancolía hay mucho arte, y discos como los de Nick Drake o Elliott Smith formaban parte de mi día a día. Pero no quería hacer una canción folk muy americana, quería alejarme de eso.

A mí hay cosas que me recuerdan a los discos de Antonio Vega en solitario: discos como Anatomía de una ola o 3000 Noches con Marga, por ejemplo.

Sí, puede ser. Hay una manera de cantar hacia adentro que tenía Antonio Vega. Yo estoy en el medio entre alguien introspectivo y extrovertido. Tuve que quitarme capas para que esa parte introspectiva se abriese, lo necesitaba. Muchas veces me preguntaba: “¿lo cuento o no lo cuento?”. Y al final lo conté: tuve que buscarlo por adentro para reflejarlo hacia afuera. Sueños y tormentas, que es la más poética de todas, es una historia de amor a la persona con la que convivo, quiero y me apoya. Hay muchas historias en las canciones: no solo un mundo interior.

Apunté una frase de la crítica de Jenesaispop que decía: “no importa a qué se parezca tal o cual recurso; lo importante es cuánto tiene de carga emocional y confesional y de enseñanza”. ¿Tú dirías que el disco deja una especie de moraleja o de enseñanza?

Yo no sé de enseñanza, yo sé de vivencias: yo no vengo aquí a enseñar nada, pero sí a mostrar mis vivencias. Y si esas vivencias pueden servir a alguien para hacerlo reflexionar o disfrutar, bienvenido sea. Yo no voy de profesor ni siento cátedra en ningún tema. Lo que sí muestra este disco es quién es Fino: quizá me he desnudado de más, pero…

“Necesitaba escribir de una forma sincera y natural. Me sentí muy bloqueado y me puse a escribir todas las mañanas. No es que de la rutina hayan salido las letras, pero sí que sirvió ese método para descomprimirme. No quería ser ni retórico ni poético ni enrevesado. Me gusta cantar como hablo”

Has estado vestido mucho tiempo.

(Sonríe) Sí, es posible. Y luego hay canciones como La deriva que hablan sobre echar de menos a alguien, pero que puede tener muchas lecturas. Aunque he escrito desde dentro, creo que canciones como Casualidad, que hablo de seguir tu dirección y no despistarse, tienen una lectura universal. Son cosas que me he dicho a mí mismo para sentirme mejor en este mundo.

Hace unas semanas te vi en La Plaza en Verano del Matadero de Madrid, tocando; y hubo un momento en que se te hincharon los huevos y mandaste callar a la gente porque te estabas poniendo de la cabeza ya. ¿Crees que hay hueco para un artista como tú en la escena?

No lo sé, Alan. Yo estoy un poco acojonado porque veo que no hay tantos discos así, y me da un poco de vértigo. Para mí lo importante era hacer las canciones y sacar el disco. Hay gente que lo está escuchando y le está gustando. Yo sé que no puedo encajar en un festival con la gente a tope… ¿van a parar media hora a escuchar a un tipo como yo? Quizás vendría bien, pero no sé yo…

Es verdad que el contexto actual y medio de los festivales no invita a pensar en una propuesta como la tuya allí. ¿Te ves tocando en, por ejemplo, la Plaza del Trigo del Sonorama, con los minis de kalimotxo volando por el escenario?

(Piensa un rato) Pues si es a primera hora, a la hora del vermut, creo que sí. Pero yo lo que no quiero es pasarlo mal. Uno de los primeros conciertos que di fue teloneando a Nacho Vegas en Barcelona, y hubo un momento en que me perdí de la letra porque estaba la gente hablando… y ahí pensé: “hay que tener muchos cojones para hacer conciertos en acústico” (risas).

La mayoría de festivales son para músicas más festivas o rítmicas, y es complicado encajar en ellos; pero también hay otros festivales que tienen teatros, auditorios, salas pequeñas… yo tengo que apostar por eso, no tengo más remedio. A menos que saque un disco de remixes (risas), pero de momento no lo creo: quiero tocarlo en formato trío con cuerda o solo. Yo soy músico, me dedico a esto y no se me caen los anillos: porque no tengo y porque es mi vida y quiero seguir viviendo de esto.

Rafael Berrio me parece uno de los compositores más interesantes que hay en este país; que entre tanta mediocridad haya un artista como él es un oasis en la escena”

¿Cómo te gustaría que crezca, que poso te gustaría generar con este disco?

Me gustaría que fuera un disco que se escuchara, que se le prestara cierta atención y que, a quien le gusta, le llegue lo que digo. Me da la sensación de que va a ser un disco de largo recorrido, que la gente tiene que encontrar su momento para que la gente lo vaya descubriendo. Yo me voy a encargar ciudad por ciudad para que lo vayan descubriendo. Soy consciente de que hay que ir ganándose a la gente poco a poco, y superar algunos obstáculos para lo que hay que estar preparado. Yo disfruto cada vez más de tocar las canciones en directo.

Fino Oyonarte