16 noviembre, 2018. Por

Fiesta, Fiesta, Fiesta

Un alegato a favor del entendimiento, de la integración, de la vital importancia del sistema educativo
Fiesta, Fiesta, Fiesta

“Yo soy del plátano frito que hace mi tía Mari en las fiestas guineanas. Yo soy de I’m gonna show you how great I am. Yo soy de las botas de fútbol que me regaló mi hermana. Yo soy del último asiento del 620 a las dos de la mañana. Yo soy de I’m gonna show you how great I am. Yo soy de…”

Así, parafraseando un mítico speech motivacional de Muhammad Ali al ritmo de una haka maorí puesta en escena por sus protagonistas comienza esta Fiesta, fiesta fiesta de The Cross Border Project. Un proyecto éste de Lucía Miranda (Perdidos en Nunca Jamás) que invita a reflexionar sobre las aulas (un universo entero, pequeñas patrias en sí mismas) a través de la historia de “los siete magníficos”, un grupo de Compensatoria de adolescentes de 3º de la ESO de un instituto público español.

“Fiesta fiesta fiesta es una obra de teatro documental para la que se han entrevistado a alumnado, profesorado, madres y personal no docente de institutos de secundaria. El espectáculo es una transcripción directa de esas entrevistas.” Nos anuncian antes de comentar el espectáculo. Y es que en esta muestra de teatro documental verbatim no hay nada inventado. Lucía Miranda pasó un mes con ellos, ellos se abrieron en canal para contar sus tribulaciones y sus alegrías y todos son las declaraciones directas de esos entrevistados, puestos en escena a través de las voces y cuerpos de cinco intérpretes que se transmutan, canales de aquellos protagonistas reales, imitando sus acentos, maneras y formas.

“Un alegato a favor del entendimiento, de la integración, de la vital importancia del sistema educativo. Un proyecto sobre la identidad que nos insta a preguntarnos “de qué somos”. Nosotros lo tenemos claro: #YoSoyDeFiestaFiestaFiesta”

Así nos encontramos con esta historia en la que todos son en cierto modo narradores pero guiada principalmente por una conserje que es el Alma del instituto (una Míriam Montilla que es para llevártela a casa) y la labor de un profesor, que manda a sus alumnos realizar un trabajo sobre sus fiestas tradicionales, que les ayuden a conocer la diversidad de orígenes que hay en el aula: Nate (de origen español-guineano), Kamila de origen ecuatoriano, Farah y Mustafá de origen marroquí, Hugo de origen español, Ionut de origen rumano y Xirou de origen chino.

“Yo quiero que el mundo entre en las aulas, porque las aulas están llenas de mundo”, dicen en la función. Anahí Beholi, Huichi Chiu, Ángel Perabá, Efraín Rodríguez y la ya mencionada Míriam Montilla se multiplican en una cascada de personajes de diversas procedencias en este mosaico intercultural, fiel reflejo de la situación de conflicto (interno y externo) en la que viven muchos migrantes que intentan integrarse en un nuevo país. Una situación más compleja todavía si hablamos de unos chavales que tienen que contemporizar y gestionar las tradiciones de sus padres y sus propios deseos.

“El de Míriam Montilla es un personaje que se te queda clavado. Una mirada hermosísima a un tipo de personaje muy determinado e ignorado (como es la conserje de un instituto), que normalmente nunca es protagonista y aquí cobra su merecida dimensión. Hasta emocionar (y mucho). Y es que su labor rebosa humanidad hasta límites insospechados y su ternura se te queda clavada dentro”

Todos los intérpretes sin excepción realizan una labor ESPECTACULAR, llena de energía y vida, entregados hasta el tuétano para hacer reír y emocionar a un espectador que da igual la edad que tenga (el espectáculo está pensado con los adolescentes en la cabeza, pero no es en absoluto sólo para ellos, incluso es más que recomendable para todas las edades). Pero la verdad es que si todos esos destellos de vida que lanzan los intérpretes son maravillosos, hay que decir que ese “ama del calabozo”, ese Alma de Míriam Montilla es un personaje que se te queda clavado. Una mirada hermosísima a un tipo de personaje muy determinado e ignorado (como es la conserje de un instituto), que normalmente nunca es protagonista y aquí cobra su merecida dimensión. Hasta emocionar (y mucho). Y es que la labor de Montilla rebosa además humanidad hasta límites insospechados y su ternura se te queda clavada dentro.

Un trabajo precioso éste, ayudado por una sencilla pero evocadora escenografía presidida por globos terráqueos ideada por Javier de Burgos y una efectiva iluminación de Toño Camacho, en el que Lucía Miranda consigue transportarnos a este instituto teatral que huele a verdad. Con un ritmo además sin tregua, en el que los intérpretes cambian de un personaje a otro de manera endiablada, sorprendente y fluida. Un alegato a favor del entendimiento, de la integración, de la vital importancia del sistema educativo. Un proyecto sobre la identidad que nos insta a preguntarnos “de qué somos” (precioso el momento final, por cierto). Nosotros lo tenemos claro: #YoSoyDeFiestaFiestaFiesta.

Fiesta, Fiesta, Fiesta