25 julio, 2018. Por

FIB español

¿España para los españoles y el FIB para los grupos de fuera?
FIB español

No ha sido el FIB, al menos en las últimas ediciones, un festival que dote de especial protagonismo a las bandas españolas que pasan por allí. Sin embargo, cada año se agencian a algunos de los nombres más importantes del circuito, y los sacan de su zona de confort, enfrentándose a un público español que es minoría, y a un público extranjero que los atiende de reojo, intentando descifrar el código genético de la música española alternativa.

En los últimos años han sido nombres como los de Los Planetas, Love of Lesbian, las Hinds, La Casa Azul, Mala Rodríguez, Zahara o Vetusta Morla algunos de esas bandas llena-pabellones que se enfrentaron al exigente público fíber, saliéndose de ese cómodo espacio que sí les dan el resto de festivales, con una categoría de artistas centrales, mirando de frente y desde el escenario y horarios principales a una masa enfervorecida.

“El ecosistema fíber es diferente, y este lo ha sido aún más. Bandas completamente instaladas en el circuito indie mainstream llegan al FIB como ese equipo de segunda o tercera división que juega la Copa del Rey contra el Real Madrid: con la ilusión de la conquista, de bajarse al barro, de ganar algo que todavía no se ha ganado”

Sin embargo, el ecosistema fíber es diferente, y este lo ha sido aún más. Bandas completamente instaladas en el circuito indie mainstream llegan al FIB como ese equipo de segunda o tercera división que juega la Copa del Rey contra el Real Madrid: con la ilusión de la conquista, de bajarse al barro, de ganar algo que todavía no se ha ganado. Cada año suele ser así, y este no ha sido diferente.

Sin embargo, y a diferencia de cuando vimos a bandas como Lori Meyers, Vetusta Morla o Los Planetas protagonizar conciertos en el Escenario Las Palmas (escenario principal del FIB), este año apenas dos artistas han actuado allí, y ha sido bajo la solana de la primera hora: Holy Bouncer y Los Punsetes, uno seguido de otro. El resto de conciertos de bandas españolas de relativa importancia han acontecido en el Escenario VISA (el ‘segundo escenario’), con actuaciones de Izal, Dorian o C. Tangana, entre algunas de las de mayor envergadura de esta edición.

DORIAN, C. TANGANA O IZAL: ESA ES LA CUESTIÓN

De esos tres “cabezas de cartel españoles”, destacó especialmente el show de Dorian. Infalibles a la hora de encontrarle ritmo al show, con un repertorio cargado de hits y juegos efectistas para potenciar los momentos de épica (dejaron el suelo como si hubieran reventado una piñata de una tonelada de tanta serpentina lanzada en Cualquier otra parte y Nuevo día), el combo barcelonés aprovechó para poner en común parte de su flamante cancionero (el de Justicia universal), de lanzar mensajes cariñosos a las otras bandas españolas que actuaron allí (Marc se acordó de Carolina Durante, C. Tangana y The Parrots, sobre todo) y de demostrar que tienen uno de los directos más solventes para festivales de este circuito.

El show (más que concierto, dejémoslo en show) de C. Tangana tuvo sus más y sus menos. No le faltan recursos al ‘madrileño’: entró al escenario en moto, contó con dos DJs en escena (Fabianni y Alizz), con dos bailarinas de pole dance, otro bailarín apoyando coreografías, luces, humo, serpentinas y pantallón detrás. Recursos de sobra como para alcanzar su cometido: convertir su show en el FIB en una suerte de homólogo a una hora en una Supermartxé o una GOA.

En cuanto al repertorio, es irrebatible que el miembro de Agorazein ha conseguido articular uno de los repertorios recientes más potentes. Se ha permitido el lujo de dejar fuera del concierto hits impepinables como Antes de morirme, C.H.I.T.O., Drama, Lo hace conmigo o Espabilao; y ha potenciado sus hits recientes, los del último año: Mala mujer, Guerrera, Bien duro, De pie, Llorando en la limo, Still Rapping, No te pegas, Traicionero o una For Fri con dedicatoria velada a Yung Beef desfilaron sobre el escenario del FIB.

Sin embargo, en el aspecto musical daba más la sensación de que Antón estaba protagonizando una sesión de SingStar o de karaoke abierto al público: se ha cantado más bien poco; y se ha potenciado más la fiesta y la sensación de show y coro colectivo que el desarrollo de unas marcas propias en el sonido urbano. Teniendo en cuenta que en esta edición del festival hemos visto cantar y desarrollar marcas muy identificables y directos muy solventes a artistas urbanos como J Hus, Giggs, Travis Scott y hasta Nathy Peluso, lo de C. Tangana se quedó más en una especie de simulacro de concierto que de show musicalmente potente.

“En el aspecto musical daba más la sensación de que Antón estaba protagonizando una sesión de SingStar o de karaoke abierto al público: se ha cantado más bien poco; y se ha potenciado más la fiesta y la sensación de show y coro colectivo que el desarrollo de unas marcas propias en el sonido urbano”

En el caso de Izal, dieron un concierto potente, pero con altibajos. La voz de Mikel no estaba en plenas condiciones, y se notaba especialmente en algunas canciones cuando tenía que acometer partes altas, precisamente las que dotan de ese elemento épico (una de sus marcas más identificables) su cancionero.

Con una escenografía adaptada a las dimensiones de un escenario más pequeño, la economía de medios estética resultó sobresaliente dado el entorno y el contexto: apenas el público español se acercó a escuchar y cantar las canciones de unos Izal que servían de paladines del indie mainstream en esta edición, pero que, sin embargo, acumularon menos público que el que consiguieron aglutinar C. Tangana o Dorian (aunque hay que tener en cuenta que Izal actuaron el jueves, el día con menor cantidad de público).

En cualquier caso, aprovecharon para presentar las canciones de Autoterapia, sobre todo en ese inicio donde cayeron la canción que da título al álbum, o singles como El Pozo o esa Pausa que cada vez suena mejor en directo; pero sin olvidar los hits de sus tres producciones anteriores. Un show más que correcto que no pasará a los anales de conciertos del FIB, pero que sirve a la banda madrileña para colocar otro tic más en su CV: tocar en el FIB, conseguido.

CUANTO MÁS ROCK, MEJOR PARA EL FÍBER

Curioso que, en un festival como éste, y en un circuito indie o alternativo en donde más bien escasean las propuestas con cierta descarga de virulencia rockera, las propuestas más potentes hayan sido las que entregaron directos más solventes, con todo en su contra.

El de Toundra ha sido uno de los mejores directos que se vivieron en el Escenario VISA. Con la excusa de Vortex recién lanzado, el cuarteto madrileño llevó la intensidad de su post-rock instrumental al FIB, en un concierto que recordó la virulencia del concierto que hace unos años ofrecieron And So I Watch You From Afar en 2013: un directo afiladísimo, con momentos en donde sonaron más heavys que el viento, pero en otros en donde consiguieron fundir registros como los del post-rock con los del desert rock de bandas como Kyuss, el stoner instrumental y hasta cierta vis metalera alternativa.

En un registro menos virulento en cuanto a descarga sonora, pero con un show en donde el músculo y la fotogenia gobernaron, Kitai buscaron acercarse al registro de bandas de rock alternativo noventero como Jane’s Addiction por la vía de un circo rockero que convirtió su actuación en el festival en una de las más comentadas horas después.

“Kitai culminaron su show en un éxtasis brutal, pidiendo al público que sostenga sobre una tabla a la batería y su baterista, en un ejercicio de Semana Santa rockera que ayudó a que la imagen que se le quedó al personal después de su show fue la de uno de los directos más intensos que vivieron, y sin duda alguna en el que el público fue más protagonista de todo el festival”

A pesar de que aún no tienen ni hits ni canciones infalibles, y a pesar de contar con una corte de detractores feroz en el circuito de la crítica especializada, Kitai se desangraron en un show en el que, a pesar de no tener llena la carpa donde actuaron, consiguieron trasladar la sensación de estar en un garito: repleto de florituras y recursos de pirotecnia rockera (fuego incluido, poses imposibles que recordaban el rock and roll de los ’80, sudor a mansalva), culminaron su show en un éxtasis brutal, pidiendo al público que sostenga sobre una tabla a la batería y su baterista, en un ejercicio de Semana Santa rockera que ayudó a que la imagen que se le quedó al personal después de su show fue la de uno de los directos más intensos que vivieron, y sin duda alguna en el que el público fue más protagonista de todo el festival (si no contamos la actuación del batería sorpresa en el concierto de The Killers el viernes).

Aún así, y aunque la intensidad de su show no tiró de recursos escénicos o extramusicales, quizá hay que valorar más aún el directo de los gallegos Cuchillo de Fuego. El combo pontevedrés, a priori un proyecto que bucea géneros hostiles dentro de un ecosistema fíber más acostumbrado al indie-pop, dado que lo suyo está más cerca de registros como el hardcore melódico, el punk, el sludge y hasta cierta asimilación no wave, pintó uno de los cuadros más curiosos del festival.

Un directo intenso, sin florituras, repleto de intensidad punkarra, momentos más cerca de la spoken word y otros de un concierto de un simulacro de bolo en un centro social autogestionado, el flamante cancionero del Megavedra que publicaron el año pasado sonó más que potente: como si Non Servium se acercasen al sonido de Fugazi. Un conciertazo de una banda que ha demostrado que, fuera de los prejuicios de género, su propuesta es necesaria sea en el entorno que sea.

Algo similar ocurre con Perro o Los Punsetes, dos bandas de rock, e incluso cerca de registros como el math-rock (en el caso de los murcianos) o del post-punk, el noise y el shoegaze (en el caso de los segundos); que ofrecieron directos estáticos estéticamente (marca de la casa, también), pero en donde resplandecieron con repertorios equilibrados.

Además, en el caso de Perro la insignia punki y sarcástica de “Murcia es África” ayudó a que la asimilación de un directo repleto de ironía e intensidad rockera (algo fácil de alcanzar para un grupo con dos baterías en directo); y en el caso de Los Punsetes, un pantallón en donde iban proyectando un bazar de referencias estéticas a un universo que los acercaba más a la idea de banda art-rock que de mero refrito de ideas afterpunk, apoyaban la idea de que es una de esas bandas-bisagra, y cuya existencia en el organigrama del mal llamado “circuito indie” ha ayudado a que podamos ver en festivales de pop a proyectos de mayor visceralidad sonora.

DESDE LA LETRA PEQUEÑA, CON AMOR

Tocar a horas tempranas o enfrentarse a un público español acostumbrado de verlos en otros festivales, como es el caso de unos Carolina Durante que en apenas diez días actuaron en el Mad Cool, el Bilbao BBK Live, el FIB y el Contempopránea, no ha hecho fácil que levantasen sus bolos.

Sin embargo, el hypeado combo madrileño, aún sin disco en el mercado y con tan solo siete canciones subidas a las plataformas, dieron uno de los conciertos de mayor afluencia en la carpa fíber. Con un show algo más ruidoso de lo habitual, y con algunos gazapos mediante (hacia el final de El himno titular hubo un momento de confusión en la banda), ver a Carolina Durante es ver a un grupo experimentado, como si llevasen cinco discos y diez años girando. Sin embargo, no tienen disco y hace menos de un año dieron su primer bolo.

“No ha sido su mejor show; pero un concierto relativamente malo de Carolina Durante, a día de hoy, supera en frescura, intensidad y repertorio el mejor del grueso de bandas del circuito”

Es impresionante ver cómo su repertorio suena clásico, y que al menos cuatro o cinco de sus apenas siete canciones son hits que sobrevivirán, como mínimo, a la próxima década. Han demostrado tablas, a pesar de las circunstancias adversas y del contexto raruno. No ha sido el mejor show que les vi (de hecho, ha sido el más flojo); pero un concierto relativamente malo de Carolina Durante, a día de hoy, supera en frescura, intensidad y repertorio el mejor del grueso de bandas del circuito.

Más difícil lo tuvieron proyectos como Marem Ladson, North State y Desert. Ante afluencias escasas (muy escasas, demasiado incluso), la puesta en común de sonidos que se mueven entre el folk-rock, la indietrónica y el dreampop psicodélico, correspondientemente, sonaban algo fuera de foco en el contexto de un festival que utilizó sus conciertos casi para romper el hielo de sus jornadas, y cuyas propuestas se perdían en la desconcentración general. Al menos a estos tres grupos, mejor verlos en garitos.

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