28 marzo, 2017. Por

Festen

Cómo convertir a Vinterbeg en Strindberg
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Una mujer vestida de rojo, cual joven virgen sacrificada, espera acostada en una mesa blanca preparada para que los comensales se sienten a ella. Es Linda, el fantasma de la hermana melliza suicida en esta adaptación de la famosérrima y traumática película del Dogma 95, Celebración de Thomas Vinterberg, en la que, en plena fiesta de cumpleaños familiar, uno de los hijos decide regalar a su padre y a todos los presentes el relato de los abusos sexuales que sufrieron por parte de su progenitor él y su hermana.

Magüi Mira es la encargada de dirigir esta adaptación que ahora se puede ver en el Teatro Valle-Inclán, alejándose de los códigos más realistas de su original para convertirse en algo más cercano a un Strindberg reconcentrado (con espíritus de por medio). Menos personajes, más intensidad y estilización. El espacio escénico, de un blanco impoluto que sobrecoge, desde el suelo hasta la pared, con los espectadores inteligentemente colocados a dos bandas, enfrentados, invitados también a esta celebración. El vestuario, elegantísimo y de negro riguroso para todos excepto para la hermana muerta. Una acertada iluminación y música en directo a cargo de los propios intérpretes, al piano o con un acordeón, completan la jugada.

La adaptación reduce personajes, dejando sólo a la familia para que se despelleje en escena y a un par de miembros del servicio (tal vez los menos convincentes): la criada amante del protagonista y un extraño mayordomo/maestro de ceremonias que concentra varios de los personajes de la película.

Las potentes interpretaciones, de un altísimo nivel general, tienen su mejor representación en una maravillosamente gélida Carmen Conesa, como la matriarca, sencillamente espléndida, y una absolutamente genial Clara Sanchís, que borda su papel de hermana un poco zumbada y borracha (se complementa a la perfección con un David Lorente de energía desbordante), y que es protagonista además del momento más brutal de la función: la lectura de esa carta de la hermana suicida. Pero el resto de la familia tampoco tiene desperdicio, cada uno en un registro muy marcado, huyendo del realismo para sumergirnos de cabeza en un espectáculo más simbólico y fantasmagórico que el original. Ya sólo la presencia de esa fascinante Isabel Stoffel refleja la intención de apartarse de su referente fílmico (aunque la presencia fantasmagórica también tuviera su momento en la película).

Un espectáculo potentísimo este Festen, que golpea al espectador y le habla sobre la capacidad de la sociedad actual para cerrar los ojos ante lo que no quiere ver. Y lo fácil que es caer bajo la dominación de un padre abusador (o un dictador). En definitiva, un festín de hipocresía y relaciones familiares y sociales podridas para los paladares más exigentes.

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