25 enero, 2018. Por

Felicidad

Un espectáculo para superar la infelicidad crónica de toda una generación
Felicidad

Según sus creadores “‘Felicidad’ es una reflexión teatral sobre el intento de ser feliz en la tardía madurez de hoy“. Ya sólo con esta frase y con sus pequeños detalles (“intento”, “tardía”) podría interesarse uno y comulgar de pleno, incluso a pesar de que la propuesta no sea nada novedoso. Pero es que la obra de la compañía Tenemos Gato que ahora recala en La Mirador además consigue erigirse en una de las propuestas más sinceras de la cartelera.

La historia, escrita por Homero Rodríguez (también actor) y Cristina Rojas (también actriz y, además, la directora de la propuesta) pone ante los ojos de los espectadores a dos parejas (en las que ellos son hermanos) de alrededor de treinta y muchos, que experimentan en su apogeo esas pequeñas grandes crisis (falta de deseo o de tiempo para desear, problemas laborales, conflictos en la intención o no de tener hijos, etc.) que están haciendo mella indeleble en su relación sentimental.

“El espectáculo deja la sensación generalizada de que toda una generación (o varias, a estas alturas) sufre de una infelicidad crónica con base en la frustración de ese hecho que da hacerse mayor, y darse cuenta de que no puede tener todo que se le dijo”

Pero la función, inteligentemente, se reviste de un tono de comedia absolutamente cotidiano y refrescante, de una naturalidad radiante, que consigue que el público empatice inmediatamente. Pero, además (para los críticos con un tipo de teatro que busca la naturalidad ante todo), el espectáculo juega con el distanciamiento ya desde la entrada de los intérpretes en tránsito, justo antes de vestir las ropas (literal y metafóricamente hablando) de sus personajes, así como con unas transiciones que son estáticos cuadros (casi conjuntos escultóricos de una seriedad inquietante) o una escenografía que utiliza unas pocas sillas como elementos fundamentales, un suelo con palabras y dibujos (para ubicarnos casi en plan Dogville, ayudándose del uso de una cámara, que es lo único que tal vez no llega a ser necesario del todo).

Cristina Rojas dirige el espectáculo con un ritmo que consigue que la función se pase en un suspiro y los protagonistas (ella misma, Homero Rodríguez, Enrique Asenjo y Mónica Mayen, que en la función a la que asistimos sustituyó a Raquel Mirón) realizan una labor espectacular, en un registro absolutamente creíble, lleno de verdad, conexión y pequeños detalles que hace que sea un verdadero placer estar en esa butaca y poder sentir que casi se les está espiando.

Felicidad engancha inmediatamente con una sensación generalizada de que toda una generación (o varias, a estas alturas) sufre de una infelicidad crónica con base en la frustración de ese hecho que da hacerse mayor, y darse cuenta de que no puede tener todo que se le dijo. Por ahora, una buena forma de buscar esta felicidad o, por lo menos, de reflexionar de una forma que parece sencilla y ligera (aunque acabe por no serlo en absoluto), es acudir a la sala en la que se representa esta espléndida función y dejarse tocar por estos personajes y sus muy reconocibles conflictos.

Felicidad