Aleksandr Deineka

Fundación Juan March. Madrid

Al fin parece que el abotargamiento del verano (no por el calor, que no cesa y sólo nos aproxima a un apocalíptico 2012, sino por las posibilidades de recreo cultural) empieza a refrescarse en un despabile que estira brazos y bosteza perezoso en Madrid. Ya era hora. Para los que disfrutamos, que somos muchos como clase ociosa -que diría Veblen-, del asueto cultural, octubre supone por fin la llegada a un jardín humedecido con fontanas incesantes y aperturas en flor de las distintas inauguraciones de programas culturales que hacen reverencia a la nueva temporada escolar. Fieles a la llamada de la obligación y prestos a saciar esa lógica sed de exhibiciones, los paramentos de la sala de exposiciones de la Fundación Juan March son lo más parecido a un oasis de frenesí en medio de ese idílico vergel. Desde el pasado día siete del presente mes y hasta mediados del próximo enero de tan simbólica añada, las frescas salas del edificio de la calle Castelló acogen una de las muestras, podemos decirlo tranquilamente, más espléndidas de la temporada. Lo es por varias razones. La primera, y la más corporativa desde un punto de vista de política cultural internacional, porque sigue conmemorando el año de intercambio cultural de España con Rusia y completando muestras tan espléndidas como la de Una luz dura, sin compasión, en el Museo Reina Sofía, Construir la Revolución en CaixaForum o la (nos morimos de ganas) esperadísima El Hermitage en el Prado (por citar sólo unas pocas, aunque le instemos a darse una vuelta vespertina antes de que definitivamente se apague la luz por el Museo del Romanticismo, recientemente revestido, pulido y abrillantado y con una estupenda y coqueta exposición temporal: El romanticismo ruso en la época de Pushkin). La segunda, y quizás la de mayor peso, porque posibilita al visitante madrileño y podríamos decir, también, al europeo, a contemplar una reunión insólita de obras de Aleksandr Deineka, gran exponente de la transición plástico-estética del constructivismo y el realismo socialista soviético post-revolucionario (y, lamentablemente, gran olvidado muchas veces), junto a los trabajos de otros grandes adalides y profetas del nuevo régimen y de sus utopías (en ese empaque tan ideológico-artístico siempre de lo ruso, especialmente durante esas décadas hasta la primera mitad del siglo XX). La tercera, y no menos importante, por ceñirse precisamente a la producción artística durante el periodo de Stalin, que suele quedar siempre derogada (también por razones más bien laxas, si no absurdas) o ninguneada entre el esplendor de la vanguardia y el arte ruso post-moderno. Y así podríamos seguir sumando motivos, pero preferimos que sea el lector quien los articule a partir de las líneas que siguen y de forma plástica en esa galería lateral y que entendemos más que suficientes para suscitar la curiosidad y fomentar la visita inmediata a la Juan March. Conozcamos al homo sovieticus.

El arte encontró una lengua común con la revolución. El pueblo anhelaba una nueva vida. He aquí la razón por la que en los períodos más duros de mi vida siempre he tratado de soñar cómo pintar mejor unos cuadros llenos de sol. ¡El sol brillaba tanto por su ausencia en aquellos años! Este emocionante texto de Aleksandr Deineka, extraído de su libro Sobre la modernidad en el arte (1978), inaugura el recorrido y llena los ojos del visitante (ni imaginarme quiero el efecto, ya demasiado nublado de tan llenos, que tendría al término del recorrido expositivo). Lo expresa claramente. Con la caída del Zar y el triunfo de la Revolución los sueños utópicos del pueblo ruso se despiertan. Un futuro socialista posible donde el entusiasta proletariado toma las riendas en la dirección (desde luego, quiméricamente) de una Rusia activa, técnica, gimnástica y trabajadora. Ésta es la Unión Soviética de la hábil y dúctil mirada de Aleksandr Deineka, el que mejor supo representar ese espíritu heroico que es bisagra entre el formalismo del constructivismo ruso (al que también perteneció en una de sus últimas agrupaciones como Oktyarb) y el arte soviético postmoderno. Una Rusia de ensueño e ilusión, de luz (la electricidad se ensalza incluso operísticamente, destronando al sol – lo pasado, lo clásico- con su llegada), de construcción social y de trabajo próspero y vigoroso, de masa unida; una Rusia axiomática y hologramática, como se vio después. Toda esa alegoría del esplendor del pueblo, del culto a la máquina y ese levantamiento incesante de totémicas fábricas, centros cívicos que fomentaban comunidad y comuna, centrales eléctricas; como esos cantos propagandísticos del estalinismo en el que el pueblo atiende ya a consigas y figuraciones pictóricas (también más accesibles, plástica e inteligiblemente, que la sencillez esquemático-abstracta y, en ocasiones, elitista de la vanguardia más acuciante), son los que la producción de este artista mejor ejemplifica y documenta. Además de por saber dotar a su obra de un ostensible y extensible carácter didáctico, por hacerlo indistintamente a través del cartel publicitario o propagandístico, la cubierta de una revista o periódico (en un ámbito expresamente gráfico) en un itinerario que contextualiza su trabajo en una panorámica amplia junto a trabajos (ojo a la obra de todos ellos, hay auténticas maravillas) de Malevich, El Lissitzky, Tatlin, Rodckenko, Kluzis, Popova, Exter, Mayakovski, Altman, Gan, Viálov; en acuarelas, ilustraciones, bocetos, dibujos en distinta técnica o en sus impresionantes pinturas de gran formato.

Alexander Deineka (1899-1969). Una vanguardia para el proletariado aúna más de 250 piezas en una limpia museografía (que, en muchas ocasiones, apelotona sistémicamente obras tal y como antes se hiciera) de muebles y trazas en los que comparecen revistas, periódicos, libros, fotografías, carteles y recortables junto a óleos, objetos, maquetas, películas y la recreación evocativa, acústica y mosaica en una galería negra, del Metro de Moscú. De su protagonista incluye una muy completa participación de su obra más gráfica, social, política y sugestiva, incluyendo desde viñetas de talante casi-satírico y otros dibujos de figurines a cartelería de inspiración vanguardista y la más figurativa y social; trabajos, todos, en los que resulta fascinante el ejercicio de alteración estilística y su versatilidad, ya sea en dibujos a línea como en abstracciones de manchas corpóreas y volumétricas, tinta, óleo o empleando el propio fondo (muchas veces magníficamente abstraído, si no abstracto). Entre las pinturas más interesantes vale la pena destacar los primeros retratos (como el de Muchacha sentada en una silla o el muy cubista e hipercaracterizado –se diría que pertenece a otro autor entre Grosz y Dix- Retrato del artista K. A. Viálov), los distintos estudios anatómicos de exaltación del deporte, casi siempre de grupos escultóricos. Así son Fútbol, Carrera campo a través, Esquiadores, El juego de pelota o Gimnasia matutina. En lo que a la exaltación del trabajo se refiere -y con la mujer muchas veces protagonista- son excepcionalmente brillantes el muy bien elegido como imagen de la exposición (y es que es puro emblema) Trabajadoras textiles (y toda esa asepsia casi autómata y robotizada de luz blanca), Construyendo nuevos talleres y Antes de bajar a la mina (extraordinariamente bellos, compositiva, temática y plásticamente con juegos combinados de las dos prácticas estéticas que el autor vehicula). Existen también otros donde, en una práctica muy suya de seccionar formalmente los lienzos para distintas escenas en una única pintura, incluye escenas de campo o de recreo con cadenas de montaje y otras mecanizaciones del trabajo o alusiones a la modernización del pueblo que están muy cerca, por temática, de otros donde asimila ese valor de lo campesino con el valor del soldado y la lucha civil (explícito y literal en ese beso entre dos varones, de brigada y labrador moscovita, de Sophie Lissitzky-Küppers y El Lissitzky), como en el colosal La defensa de Petrogrado, ¿Quién podrá con quién?, Futuros aviadores o Mediodía. Junto al mosaico de los Esquiadores y al muy melancólico -e increíblemente dramático en su cromática y abstracción- Las desempleadas en Berlín, forman lo mejor de su pintura aquí auspiciada. Al lado de sus fascinantes carteles e ilustraciones de una expresividad realista muy próxima en ocasiones a la viñeta de humor, al cómic y a un periplo mixto por la historiografía del cartel publicitario, Deineka se revela (y se releva) como el mejor testigo estético-plástico del arte de vanguardia y deviene, en sí mismo, vanguardia nueva para el proletariado en el realismo socialista soviético. Visitantes, historiadores, museólogos y comisarios: descúbranlo. ¡Como para ignorarlo!

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Nombre exposición: Aleksandr Deineka (1899-1969). Una vanguardia para el proletariado

Autor: Varios autores

Disciplina: Cartel, dibujo, revistas, acuarela, fotografía, óleo, mosaico, cine...

Dónde: Fundación Juan March

Dirección: Castelló, 77

Hasta: 15.01.12

Horario: De lunes a sábados de 11 a 20h. Domingos y festivos de 10 a 14h.

Precio: Entrada gratuita

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