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Bacon, Bacon, Bacon. ¿Por dónde podríamos empezar? Por el hecho de que es, sin duda, uno de los artistas más destacados, incisivos, brillantes y geniales del siglo pasado, por ejemplo. O por su manera absolutamente única de esculpir el color y de clavarlo sobre el lienzo como si fuera cal. O más bien por su vibrante y eterno homenaje a la forma, pura, plena, vital. O, finalmente, por su delicadeza y su humanidad. O simplemente, quizás, deberíamos hacer como lo hacía él: dejar que lo decida todo la primera pincelada… o la primera palabra y luego esperar un poco para ver cómo acaba.
Dicen que el arte de Francis Bacon gira obsesivamente sobre temas como la muerte, la soledad y el aislamiento del hombre moderno, la fragilidad del ser humano y el angustiante paso del tiempo. Dicen que en su obra la humanidad sigue sufriendo lo mismo que sufrió durante los dos conflictos mundiales sin poderse recuperar, ninguno, ni la humanidad, ni el mismo Bacon, del sentimiento de pérdida y del luto que estos trágicos eventos comportaron. Pero ésta es una verdad a medias y la colosal exposición que el Museo del Prado acoge en estos meses es una buena ocasión para averiguarlo. Sólo con acercarse al rojo pompeyano de Estudio de figura 1 y 2, a las increíbles variaciones de azules oscuros de Hombre en azul 4 que compiten sólo con la paleta de blancos de la Olympia de Manet; sólo con mirar desde cerca el Estudio para retrato de Van Gogh, las cuchilladas de color que dejan que se entrevea el lienzo o más bien la impertinente provocación del tríptico Estudio para una Crucifixión. Sólo con pasear por esta espectacular retrospectiva, no se tardaría mucho en descubrir que Bacon es, también, otra cosa. Bacon es instinto, es pasión, violencia, sexo y curiosidad. Sin llegar a ser joie de vivre; Bacon es pura vida y es esto, la vida, lo que él intentó fijar en el color y esculpir en la forma, quizás su principal obsesión. ¿A quién se le habría ocurrido clavar en el brazo de una figura una jeringuilla sólo para fijar la imagen? Solamente a alguien que padece la “enfermedad” renacentista de la forma y de la composición, más allá del supervalorado sentido o mensaje de la obra.
Incluso los espectaculares estudios sobre el célebre retrato de Velázquez del Papa Inocencio X obedecen a esta dictadura de la forma y celebran, de una manera muy peculiar, eso sí, una vitalidad que allí se representa atrapada y enjaulada por el exceso de poder, de responsabilidad, quizás de dinero.
Igualmente la cantidad de material gráfico y fotográfico proveniente de su desordenadísimo estudio, que también ocupa una parte importante de este evento expositivo, parece transmitir la imagen de un hombre muy fuerte y a su manera enamorado de la vida.
Porque es cierto que Bacon es uno de esos artistas que dividen, que destapan polémicas (todavía), que gustan o que se odian pero su obra es tan profundamente humana que, al fin y al cabo, nos resulta imposible no rendirnos a su poder.
La Fábrica Editorial acaba de publicar Francis Bacon. Archivos privados, de Martin Harrison, donde puedes conocer el universo de Bacon desde sus influencias más inmediatas. Puedes comrparlo aquí.

Autor: Francis Bacon
Disciplina: Pintura
Dónde: Museo del Prado
Dirección: C / Ruiz de Alarcón, 23
Hasta: 19.04
Horario: De martes a domingos de 9 a 20h.
Precio: General: 8 €. Reducida: 4 €
Venta de entradas: Taquilla

