Del conjunto expositivo que conforman el esplendor del otoño en lo que a muestras de la temporada se refiere en la capital, destaca sobre muchas (y la cosa está reñida cuando el agotamiento de las propuestas del acabado estío se apagan y llega ese alivio de contenido para las cajas blancas en otoño) el proyecto que acogen el Museo Thyssen y la Casa de Alhajas de la Fundación Caja Madrid: Arquitecturas pintadas. Del renacimiento al siglo XVIII, una exposición de arte y ensayo, un trabajo apasionado y toda una reflexión estética, de Delfín Rodríguez y Mar Borobia. Una formulación que tiene como finalidad mostrar la evolución de estos decorados o escenarios arquitectónicos y el abanico de matices que posibilitó su independencia como género ya en el siglo XVIII. Una propuesta de lectura abierta a múltiples interpretaciones – quizás tantas como ellas mismas proponen, según Rodríguez- de representaciones pintadas de arquitecturas y ciudades, ya sean reales e históricas o ideales, utópicas, imaginarias, legendarias y fantásticas. Una reflexión abundante y lúcida, una tesis que refleja el interés exhaustivo y entusiasta de más de tres años (quizás de toda una vida profesional, para los que conozcan al catedrático de la Universidad Complutense) que conduce a su enunciación y a su holgada consecución en los confines de estas dos instituciones que lo amparan. Y que trazan un recorrido temático y subtemático por sus sedes donde al itinerario cronológico le acompaña un elocuente, sólido, riguroso y brillante discurso museológico demostrativo donde se trasluce la dedicación y el mimo, la condición experta, la diligencia, la selección idónea, la exaltación y el paroxismo eidético magistralmente pronunciado y generosamente ofrecido y registrado por estos dos ensayistas de lo estético. El que se revela de esa detección de síntomas de lo temático, desde lo atisbado sutilmente hasta lo concluido en evidencia en la historia del arte que revisan y que les permite aseverar que, si bien antes y después del periodo histórico que en la exposición se contempla hubo y ha habido más figuraciones y representaciones de arquitecturas y espacios arquitectónicos, de ciudades reales y soñadas, utópicas y metafóricas, lo cierto es que en este amplio período coinciden, con relativa coherencia, actitudes teóricas, artísticas y arquitectónicas que reúnen la suficiente cohesión histórica como para ser contempladas en conjunto. Una revelación exquisita y perfilada donde el contagio del acierto en lo expuesto (por lo sugerido desde la idea y también por lo exhibido como prueba) trasciende la experiencia expositiva como constructo divulgativo y didáctico, convidando al visitante a un júbilo también cultual e intelectual desde la profundización, la pertinencia, el estudio, el análisis, el enlace, la conexión, el rigor y el contraste de lo académico. Lo que lleva a concluir y celebrar que su propuesta definida desde el comienzo, su objetivo, se hace certitud y consolida, se matiza y enriquece haciendo converger todo afluente, en un ejercicio de plenitud axiomática y arrobo estético para el que mira. Gracias por hacerlo posible.
La exposición y su discurso se sustentan sobre los pilares de 144 obras donde todas, absolutamente todas, tienen algo que decir y precisar como puntales en el sostenimiento del mismo. Obras, quizás en algún sentido, aunque vago para lo que interesa, de segunda fila, las más de ellas curiosísimas y llenas de anécdotas, así como sorprendentes y de autores para muchos anónimos; pero que configuran una panorámica global fascinante, erudita, donde cada pieza encaja en un nítido, y tan profundo como se quiera (pues abren mucho los ojos sus comisarios), ensayo. Pinturas que, por supuesto, tienen muchas veces a Italia como su origen y representación, a la particularidad de lo italiano y la oscilación de sus movimientos artísticos (donde, por ejemplo, apenas se sucede lo gótico, siempre favoreciendo el pulso de lo clásico) y a los italianos (pues Italia fue cuna y meca de casi todo en materia de arte) como ejecutores y visionarios. Son pinturas que muestran una realidad, muchas veces y como se apunta, anhelada, que hacen posible el sueño de la imaginación, las más de las veces precursor de la realidad a la que finalmente se aboca. De esa magia radiante donde la proyección de la mente anticipa (y que realmente no sólo define la historia del arte y sus hitos, sino la de la humanidad, su control, su idealización, su razón y sus logros), una cuestión más filosófica que meramente estética (que también), surge el interés esencial de Arquitecturas pintadas. Uno que se tamiza con la iluminación de diferentes luces en los doce capítulos o epígrafes de los que se compone. Y que nos embebe y maravilla en un paseo por la arquitectura como escenario: como definidor de la escena protagónica, pero contextualizada, como decorado; por el esplendor y la decadencia de la ciudad histórica y su ruina (y su rica semantización en la historia del arte), la memoria de todo lo que evoca y todo lo que significa; una que nos lleva a reconocer los fondos arquitectónicos como sustento de las teorías de representación y los juegos de la perspectiva, desde su ausencia hasta sus caprichos, muchas veces imposibles; que nos lleva a las puertas alucinatorias hacia la ciudad ideal, la de fantasía, muchas veces sublime por lo bello, como por lo horrible. El eco de la luz siempre fuerte de lo pasado que hace de la antigüedad un propio paisaje; la que baña la ciudad moderna como símbolo de poder; la que enaltece las ciudades legendarias y míticas; la que define y nos aproxima como observadores que otean el vedutismo, desde el más cartográfico al más excelso, ya sea representativo o recreativo (en esas vistas magníficas de los mejores perfiles de las ciudades); la que permite ver e identificar los monumentos; la que nos deja imágenes del Grand Tour dieciochesco; y la que se funde con caprichos arquitectónicos. Arquitecturas, todas ellas, pintadas para ser escena verosímil en lo espacial y en lo visual, para recrear o evocar lo histórico o lo imaginado; arquitecturas que idealizan su edificación y que guían el arte de lo constructivo; arquitecturas que soportan el relato y el peso emotivo de lo que en sus escenas se narra o sutiliza.
Asumiendo la idoneidad de cada una de las obras, pero destacando por excepcionales algunas en su recorrido, encontramos en su secuencia pinturas del siglo XIV y XV donde la abstracción de fondo y la ausencia de escala y perspectiva favorece la ejecución de escenas en temáticas normalmente religiosas, aunque, en ocasiones con representaciones atípicas, como podemos verlo en las imágenes de Giacomo Jaquerio, Duccio di Buninsegna o Francesco da Rimini; en esa preciosa Anunciación de Benedetto Bonfigli o en esas dos maravillas de Carlo Crivelli. Asistimos al nacimiento de las perspectivas que ya comienzan a darse en un renacimiento temprano como el de Gentille Bellini o Andrea del Verrocchio rememorando la ciudad histórica y que pronto nos enfrenta a vistas y planografías de Roma y otras ciudades italianas. De la idealización de la ciudad son muy destacables el atribuido a Girolalmo da Cotignola y esa Vista de una ciudad que presume otra bajo su superficie, la pintura de Vittore Carpaccio y las fascinantes y modernísimas taraceas, que casi parecen pinturas cubistas (sólo que del siglo XV). La torre de Babel de Lucas van Valckenborch, Las tres maravillas de Louis de Caulery o El juicio de Salomón, de Francisco Gutiérrez Cabello, son algunas de las obras reseñables de las arquitecturas legendarias, que nos llevan junto a las arquitecturas fantásticas, de vistas muchas de ellas imposibles, como las de Paul Vredeman de Vries y las interesantísimas y fantasmagóricas villas de François de Nomé o Dirk van Denlen. Poussin, Carracci o el magnífico Claudio de Lorena dan las pinceladas más evocativas, edificantes y poéticas de la antigüedad como paisaje. Así como los trazos de Viviano Codacci o Gaspar van Wittel recrean la ciudad como metáfora de poder o representan las ciudades del Grand Tour (esas expediciones aristocráticas por lo más exquisito de Europa, de nuevo y casi siempre, Italia), junto a otras de Luca Carvlevarijs, Francesco Guardi, Giovanni Paolo Panini, Antonio Joli, o el impresionante y aural Canaletto, bien centrado en la primera sala de las Alhajas y cerca de los siempre increíbles trabajos de Bernardo Belloto, que es capaz de extraer lo más sublime de la piedra. Y que comparten sede con los caprichos arquitectónicos de Antonio Visentini, Michele Marieschi, entre otros Canaletto y Belloto, o esa imposibilidad veneciana del británico William Marlow y esas pinturas tan poéticas que ensalzan la ruina, como las de Marco Ricci, Alessandro Magnasco, Hubert Robert, o, de nuevo, Guardi, Panini y Joli. Algo que se complementa también en esta sede de la Fundación Caja Madrid con los trabajos del siempre increíble Giovanni Piranesi (ansiamos esa exposición monográfica a venir y llenar las salas del CaixaForum) donde, además de sus espléndidos aguafertes de vistas alzadas y perspectivas caballeras, tan cartesianos, podemos encontrar algunas de sus más modernas evocaciones oníricas, angustiosas y opresivas, en sus series de cárceles o en su fantasmal y representativa Antichità Romana.
La soñada, la ideada y la idealizada; la representada, la evocada, la mítica y la proyectada. La ciudad y su edificación poemada. Sin duda alguna tenemos exposición de la temporada. Está en el Museo Thyssen y en la Casa de las Alhajas y se llama Arquitecturas pintadas.
Nombre exposición: Arquitecturas pintadas. Del renacimiento al siglo XVIII
Autor: Varios autores
Disciplina: Pintura
Comisarios: Delfín Rodríguez y Mar Borobia
Dónde: Museo Thyssen y la Casa de Alhajas
Dirección: Paseo del Prado 8, Plaza de San Martín, 1
Hasta: 22.01.12
Horario: De martes a domingo de 10 a 19h. Lunes cerrado
Precio: 8€
