Turner y los maestros

Museo del Prado. Madrid

J.M.W. Turner (1775-1851) no necesita apenas presentación. Es una figura indiscutible de la historia de la pintura y un referente en la modernización del paisaje. No nos cabe la más mínima duda. Ejerció una considerable influencia durante el siglo XIX y fue, en definitiva, un precursor del posterior movimiento impresionista desarrollado en la segunda mitad del XIX. Como muchos grandes genios de las artes, Turner fue un niño precoz y con tan sólo quince años pudo exponer su primera acuarela en la Royal Academy de Londres y con veintiocho ya tendría su propia galería privada para exponer sus obras. Un recorrido que hoy por hoy se nos antojaría casi imposible. Claro que pertenecer a la Royal Academy implicaba unas estrictas normas y, entre ellas, la del estudio en profundidad de la pintura de los maestros del pasado (nos referimos a la obra de Gaspard Dughet, Richard Wilson, Rembrandt, Van de Velde, Rubens, Claudio de Lorena, Poussin, etc., o también la pintura veneciana del siglo XVI de la mano de Tiziano y Veronés), tarea que Turner llevó a cabo con sumo talento.

La exposición presentada por el Museo del Prado, Turner y los maestros, reúne ochenta obras del artista y de sus antecesores en un afán de destacar la influencia que ejercieron los grandes del pasado en su pintura. Para el espectador resulta fascinante comparar estas obras maestras y observar cómo la brocha de Turner supo dar una nueva dirección al arte de la pintura. La luz y los colores del artista son tan excepcionales que dotan a sus paisajes de un movimiento inusual, una atmósfera viva y palpable y una profundidad de imagen inexistente en muchos de sus maestros. La brocha de Turner es única y ése es uno de los primeros hechos que constata el espectador nada más detenerse ante sus obras. Quizás Rembrandt sea uno de los pocos antecesores presentes en la muestra que haga vacilar el corazón del visitante: su Muchacha en la ventana y La sagrada familia de noche son sencillamente excepcionales y no admiten ningún 'pero'.

En cuanto al conjunto de la exposición nuestra mirada pertenece en exclusiva a la obra de Turner, de la cual resulta imposible desviar los ojos, véase por ejemplo Naufragio de un carguero, Paz-Sepelio en el mar, Jessica, Mercurio enviado a amonestar a Eneas o La factura impagada, o el dentista reprobando la prodigalidad de su hijo. El pintor adopta un estilo muy personal plasmando su visión tan peculiar del clásico paisaje, alejándose del pasado y abriendo a su vez paso hacia el futuro de la pintura. Reflejos, personajes difuminados, colores diversos, luz donde otros sólo verían sombra, perspectiva, expresión, garra, impresiones, movimiento donde otros no logran alejarse de lo estático y vida, mucha vida. Especial relevancia tuvieron las comparaciones y, por ende, 'competiciones' existentes entre Turner y sus contemporáneos (por ejemplo el paisajista británico John Constable, entre otros) durante las exposiciones de verano de la Royal Academy. En aquella época y hasta no hace tanto se presentaban las obras de distintos artistas en una misma pared, muchos cuadros estaban colgados unos al lado de otros y encima o debajo de otros. Destacar era la meta más importante, de ahí la importancia de la luz y el color. Si bien las reglas de la Royal Academy le encorsetaron y los críticos despreciaron sus pinceladas de osadía en cuanto salía del molde de la época, Turner supo situarse como el gran maestro de su tiempo y logró imponer un estilo personal y visionario que tanta inspiración transmitiría a sus sucesores.

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