La luz blanca, cruda, que ilumina unos rostros marcados por la fatiga, sin ninguna piedad. No hay un antes, ni un después. Sólo hay una mirada enrojecida por el polvo de la mina o un rostro surcado por una vida de dureza y de dificultad. Podría tratarse de un Caravaggio, pero es una fotografía, una obra de arte exquisitamente contemporánea que nos deja sin aliento. Así son los retratos del fotógrafo francés Pierre Gonnord y así son sus gigantescos paisajes que acompañan y rodean estos retratos. Si la ciudad y el blanco y negro han sido desde siempre los protagonistas indiscutidos de su fotografía, preparaos para algo totalmente diferente.
El corazón de la muestra Terre de personne (Tierra de nadie) – que reúne los trabajos más recientes de Pierre Gonnord – es sin duda la serie de retratos de gran tamaño que retraen los mineros de las cuencas de Asturias y León tal y como salen de los pozos. Los ojos ensangrentados, las caras cubiertas de un espeso polvo negro. Estupendos retratos humanos. Reales, realistas. A su lado, las otras protagonistas de los entornos rurales del norte de España y Portugal visitados por Gonnord: ancianas mujeres marcadas por la edad, por el sufrimiento, por el cansancio. Imágenes profundas, intensas, poderosas, que hacen que el espectador se pierda en su inmensidad. Aquí no están ni los contrastes, ni el glamour, ni la pobreza de la ciudad. La mirada de Pierre Gonnord no se dirige a la superficie. Va más abajo, al centro de la tierra, allí donde el hombre se encuentra y se enfrenta con las fuerzas de la naturaleza convirtiéndose él mismo en una fuerza invencible, incomprensible y devastadora. Así como los incendios que protagonizan gran parte de los paisajes que, por aquí por primera vez, se exponen junto con los retratos y crean un entorno físico y metafórico a su alrededor. Una novedad absoluta para Gonnord, justificada por la exigencia de involucrarse en los espacios donde viven y trabajan las personas que retrata, el entorno natural que llena de sentido su mundo, las fuerzas y las energías que les rodean y a las que pueden o sobrevivir o sucumbir. Sin embargo, por muy acertada y comprensible que sea, esta elección no acaba de convencer y la atención del espectador vuelve una y otra vez, como si de una irresistible fuerza de atracción se tratara (o de una fuerza de la naturaleza), a los retratos. Por el tamaño, por su milagrosa mezcla de antiguo y moderno quizás. O por su increíble capacidad de llegar al vientre de la tierra y de la vida de un solo golpe. Con una mirada, nada más. No es la primera ocasión que tenemos de ver expuestas las obras de Pierre Gonnord en Madrid (eligió la capital española para vivir y trabajar ya hace casi dos décadas), pero sí es una ocasión única para contemplar la quinta esencia del género fotográfico, el del retrato, en el que este fotógrafo francés destaca sin duda alguna. ¡Aprovechadla!
