Josep M. Sert

San Telmo Museoa. Donostia

Como cualquier artista de la finales del XIX que viviera la revolucionaria visión utópica e idílica de las vanguardias, la masificación del arte, la disposición contestataria que acompaña el desastre de las dos grandes guerras, la renovación de técnicas, el encuentro con disciplinas emergentes como el cine y la fotografía, la literatura memorialista, etcétera; la búsqueda de la pureza en el discurso estético residía en el análisis exhaustivo de la verdad per se de cada artefacto o pieza artística sometida a su examen. En estos años, y coincidente con la polaridad integradora de la Renaixença en esa concepción unionista y activa de todas las artes en armonía, el trabajo de Josep M. Seret emerge desde su actividad muralista (más reconocido siempre fuera que dentro del país, y no sólo porque se le apode el barcelonés de París, sino porque España siempre ha sido así) y su predilección de contrastes de sepia y dorados, de apariencia daguerrotípica. Como muchos, la mayoría, de los pintores que por fin podrían servirse de la experiencia de lo real que se derivaba de la fotografía, Sert aprovechará esta posibilidad para iluminar, gestar y preconcebir el movimiento, la luz, la composición y el tratamiento de sus trabajos monumentales allá donde pintase sus murales. Además de ser uno de los últimos grandes pintores (y muralistas) españoles, Sert aglutinaba ambas proposiciones conceptuales como un paradigma único que se servía del tradicional modernismo, el gusto barroco que le formó y que por convicción seguía y un carácter y desprendimiento hedonista y sensual de la naturaleza que representaba en sus trabajos tan dinámicos, esculturalistas, modernos, pero de ecos simbólicos y prerrafaelitas, que no sólo se percibe en su trabajo pictórico, sino en su ensayo fotográfico y en la modelización de los cuerpos sobre los que se expresa el artista. Así es como conocemos ese trabajo que prolonga la actividad de Michèle Chomette y que, gracias a María del Mar Arnús, descubre otros tantos trabajos fotográficos del autor. Auténticos estudios anatómicos y escultóricos de cuerpos, figuraciones, texturas, en estudios modelares que servían de esbozos de arranque para su alumbramiento mural. 

La muestra que exhibió Arts Santa Mònica durante el verano pasado y que ahora recupera el San Telmo Museoa donostiarra recoge a esos cuerpos totémicos que son modelo de la inspiración casi mística de Sert y componen una consecución de imágenes que expresan su propia mitología en deidades esculturales, muñecos y maniquíes, estructuras y figurines inquietantes que desarrollan toda una imaginería excepcional en sepias, cobres, dorados y perspectivas ilusionistas que conforman un increíble relato de la construcción de sus maravillas. El que se codeara en París (donde tenía el estudio-taller donde se toman estas fotografías) con Cocteau, Gidé, Proust, Claudel, Degas o Valéry, trabajaba incansablemente en su taller buscando la aproximación escénica, escultural, arquitectural y compositiva, de sus apabullantes pinturas. De estas fotografías que son vestigio creativo y creatividad en sí mismas, encontramos algunas que se antojan estampas clásicas de pintura religiosa enmohecida, daguerrotipos primeros, desgastes de una curiosa realidad desvaída, soportes resquebrajados en diagramas que son alzados sober la efigie misma; pliegos que sobre cuero y pieles acartona y cuartea el tiempo, experimentos lunáticos performáticos, cuando no escenas románticas del hombre absorbido por una naturaleza extraña, que es decorado o maqueta vertebral de un trabajo encargado; o cuando no son propuestas escénicas o estudios varios donde resuenan trabajos de arquitecturas teatrales de las vanguardias rusas (de hecho colabora con los Ballets Rusos, que influyen lógicamente en su pintura) o de la escuela de la Bauhaus. Pero son, sin duda, los estudios anatómicos de Léonard Mancini, quien fuera ayudante de Sert en el obrador de carpintería y pigmentador o dorador de los fondos preparatorios de la pintura, además de responsable del laboratorio fotográfico, los que más llaman nuestra atención. No sólo era uno de los privilegiados en acceder a ese espacio de creación, sino que será él mismo el modelo a retratar para facilitar el trabajo al muralista en torsiones, manipulaciones posturales, geometrías humanas, automatismos cinéticos, euritmia grácil, escorzos fascinantes y acrobacias líricas. 

Además de tratarse de la genealogía de un estudio de lo que será su obra, una detenida observación de lo procesual, supone un ejercicio naturalista de estética intuitiva que hace de la preparación de su trabajo una excelente obra artística. Un corpus fotográfico único (cuyo efecto a Ballen, Witkin u Olaf, con todas sus diferencias, ya les gustaría) que es fruto del ensayo y el error, pero donde todo es, de repente, efecto pleno de armonía. Una posibilidad excepcional que da acceso, como voyeur (Sert era muy celoso con el acceso a su taller) a un catálogo fotográfico que atesora un secreto misterioso, vibrante e impar, que evidencia esa reconstrucción del genio en proceso donde el pintor detallaba escalas y alturas, escudriñaba vacíos y tonos o la inclusión de elementos. Y es a través de este lenguaje fotográfico de acento en lo real, en tanto que capta la realidad, donde el discurso expositivo cobra mayor lucidez al contrastar con lo representativo, en tanto que artificio o emulación de lo captado que se traduce en lo pictórico (lo que, por otro lado, supone con Josep María una evolución clarísima en el ámbito del arte mural). Planos, poleas, textiles, cuerpos desnudos sobre plataformas accidentales, cuerdas, disfraces, sombras, marionetas, figurillas, luces, maderas, objetos variados en bodegones improvisados, escaleras, estructuras de madera, mesas…, que conforman conjuntos escultóricos o exaltaciones escénicas bañadas en una luz contrastada y sepia que tamiza la volumetría de aquello donde se derrama y dota de un magnetismo bronce, vintage, inacabado, ensayístico y trascendente, al resultado fotográfico finalmente obtenido. Acercarse a esta explosición supone entrar en contacto con el desarrollo metódico y apasionado de su de creación y ratificar que tambén es éste la creación en sí misma. Identificando la magia lumínica de ese taller, admirando cada giro, composición, posado y contorno, cada mota, cada recodo, en una fascinante y fantasmal huella de la práctica heurística, pletórica in continuum, devenida poesía. Pragmática ejemplar. Semiótica artística.

*El catálogo de la muestra, en castellano, catalán, francés e inglés, es un trabajo coeditado por Arts Santa Mònica y La Fábrica Editorial que puedes adquirir aquí.

Bookmark and Share

¿la has visto?
escribe aquí tu opinión


código de seguridad
(introduce el código que aparece a la izquierda):
nombre (obligatorio):
e-mail (obligatorio, no aparecerá publicado):
comentario:

nuestros proyectos


notodo.com es un proyecto de