23 noviembre, 2017. Por

Espía a una mujer que se mata

Cuando se hace de la sencillez, extrema virtud
Espía a una mujer que se mata

«Empieza la función, y en un cuarto de paredes sucias, desangeladas, ves a estos talentos, a esos grandes sacerdotes del arte representando a personas comiendo, hablando… Son siempre los mismos, se repiten actores, no usan vestuario, el mismo decorado siempre… Y encima se creen que están haciendo una gran aportación a la humanidad…»

Así empieza Serebriakov aleccionando a Sonia en Espía a una mujer que se mata, el montaje a partir del Tío Vania de Chéjov que Daniel Veronese ha estrenado en el Teatro Valle-Inclán. Y sí, hay paredes sucias y personas hablando (y bebiendo, mucho). Y con el mismo vestuario y decorado. Pero, aquí estamos en desacuerdo con la ironía del profesor. Porque éste es un pedazo de montaje. Y mira que Tíos Vania hay a mansalva en las carteleras (en la nuestra, en estos dos meses se han juntado tres mínimo, para hacer piña familiar).

Pero este Vania no es un Chéjov previsible (de los que a mucha gente les puede dar pereza, aunque si está bien montado Chéjov es de todo menos aburrido). Aquí se mira desde la sencillez más absoluta, sin un solo cambio de iluminación. Sólo los actores, el decorado reciclado que ya utilizara el director argentino para Mujeres sueñan caballos y el texto chejoviano revisitado por Veronese, con ligeros cambios por aquí y por allá, con alguna reflexión que otra sobre el teatro (con Ostrovski en la boca todo el rato) e incluso alguna sorprendente representación improvisada de Las criadas de Genet a manos del propio Tío Vania y Astrov.

Daniel Veronese hace de la sencillez extrema virtud innegable a manos de unos intérpretes espléndidos a más no poder todos ellos, que hacen de esta función un paseo (por los campos rusos, que bien podrían ser los de la Asturias, tal es la universalidad de los buenos textos) que parece simplísimo y ligero pero que esconde una cantidad de trabajo ingente detrás. Porque esa naturalidad, verdad y frescura que respiran cada frase de cada personaje no se consigue por arte del magia.

«Se hace de la sencillez extrema virtud: un paseo que parece simplísimo y ligero pero que esconde una cantidad de trabajo ingente detrás»

Desde el espléndido Serebriakov de Pedro García de las Heras, pasando por esa magníficamente desubicada Elena de Natalia Verbeke (que seguro que más de uno va al teatro a ver cómo se defiende sobre las tablas), la maravillosísima y tierna Sonia de Marina Salas, el acertadísimo Astrov de Jorge Bosch, la ironía de la gran dama de la escena que es Susi Sánchez en el papel de María Vasílievna, o ese curioso y divertidísimo Teleguin (con algo de mezcla de la vieja nodriza Marina) de Malena Gutiérrez, hasta la hiperactiva y dolorosa composicón de Ginés García Millán como el personaje que da título a la función de Chéjov. Impresionante. Todos, todos, deslumbran con una verdad apabullante.

Espía a una mujer que se mata es un Chèjov como pocas veces veréis. Un ritmo acelerado, en el que los personajes se pisan los unos a los otros, que no impide (sino que ofrece en bandeja a todo tipo de público) que llegue el texto del ruso y se incruste en la médula. «Hay que trabajar, hay que trabajar…«, se repite cual desolador mantra al fin de la función. Parece que esta función se lo han tomado al pie de la letra. Y se nota en el resultado.

Espía a una mujer que se mata