15 junio, 2017. Por

Espacio P: 1981-1987

La reencarnación española del Fluxus que rehizo el arte contemporáneo en plena Movida
Espacio P: 1981-1987

Si nos pidieran que equiparásemos una iniciativa española con el grupo Fluxus, esta sería indudablemente el madrileño Espacio P. Siguiendo la afirmación de Robert Filliou que afirmaba que “De cierta manera Fluxus nunca existió, no sabemos cuándo nació, luego no hay razón para que termine”, no es de extrañar que se reprodujese también en otras épocas y en otros países.

Así, el primer centro independiente dedicado a la performance, el videoarte y otras prácticas interdisciplinares, en España y autogestionado por artistas, Espacio P nació en Madrid por iniciativa del multiartista Pedro Garhel, como un espacio dedicado a la investigación, formación, producción y difusión de la performance y otras prácticas, y desarrolló sus actividades en una tierra de nadie que reunía a las artes visuales, escénicas y sonoras entre 1981 y 1997. Philip Corner fue de los primeros en participar y también se introdujeron obras de otros artistas internacionales como Marina Abramovic. Ahora una exposición nos invita a adentrarnos en las relaciones entre el arte de acción y el lenguaje audiovisual, la cultura punk del do it yourself, intervenciones en el espacio público, el arte conceptual de los setenta, la eclosión de la cuestión de género en los ochenta, o el paso de la era analógica a la cultura digital.

La muestra Espacio P: 1981 – 1987 que podrá visitarse en el CA2M hasta el 8 de octubre, plantea a través de su extenso archivo de documentos, fanzines, cartas, vídeos o fotografías, varios hilos argumentales que ponen de manifiesto en primer lugar, que las actividades del Espacio P se oponían plenamente a los intereses del mercado de arte –aunque esto no impidió que Pedro Garhel acudiera a las primeras citas de ARCO– manteniendo una distancia crítica con las instituciones del panorama artístico: museos, centros de arte o galerías; no se identificaban con el onanismo de las celebraciones democráticas que desembocan en la movida madrileña y chocaban con los modelos verticales de gestión implantados desde los primeros ochenta en España -que se han mantenido hasta nuestros días-, y que excluían a todas aquellas manifestaciones artísticas que no pudieran ser objetualizadas y mercantilizadas dentro de un sistema de distribución cerrado a las nuevas formas de creación.

En segundo lugar la muestra analiza la huella que dejaron los protagonistas españoles de la escena artística de la época en un momento en el que la pintura era el modelo hegemónico y su retorno causaba un gran regocijo: Llorenç Barber, Antonio Cano, Darío Corbeira, Francisco Felipe, Marisa González, Fátima Miranda, Fernando Suárez, Santiago Sierra, y artistas como Pedro Almodóvar, Meredith Monk o Peter Weibel, que por aquel entonces comenzaban a dar forma a un arte emergente y autogestionado que pondría los cimientos al arte contemporáneo. El estudio de la calle de Núñez de Arce era un lugar abierto a todos los artistas y personas interesadas en la performances, los eventos, el vídeo, el cine independiente, la producción teórica y en general la investigación y la experimentación artística donde la música ocupó siempre un lugar destacado en sus espectáculos multimedia.

Garhel, bajo la influencia de Artaud y Grotowski, había llegado a la performance de una manera totalmente intuitiva; un devenir de sus ejercicios pictóricos, corporales y musicales. Creó junto a la artista Rosa Galindo el colectivo proyecto multimedia Depósito dental, y en sus vídeos trataba temas como el vínculo entre experiencia y mundo material, el paradigma de la contradictoria relación del hombre con su cuerpo, lo natural y lo artificial y las transformaciones culturales que el ser humano comenzaba a experimentar con la llegada de la cultura digital.

En definitiva, no cabe duda de que su trabajo fue fundamental en la normalización del arte de acción y su implementación como base de las experiencias autogestionadas, en el desarrollo del videoarte y quizá sea mucho decir, pero todo apunta a que su actividad como gestor al frente de Espacio P, fuera el caldo de cultivo de un relato sobre el que se reescriben las propuestas artísticas más relevantes de nuestra, a veces árida, escena contemporánea.

Espacio P: 1981-1987