Traición

Teatre Lliure. Barcelona

Si algo tienen los grandes textos teatrales es que los pequeños cambios y decisiones de dirección escénica de cada adaptación apenas consiguen hacer cosquillas a su esencia. Es cierto que esas cosquillas pueden ser más o menos molestas, más o menos gratuitas o innecesarias, pero si no "traicionan" el original, el disfrute de la función está asegurado. Es lo que pasa con la nueva adaptación de Traïció (Traición), del gran Harold Pinter, que Carles Alfaro dirige en el Teatre Lliure de Barcelona. El director se permite algunas licencias, como trasladar la acción del Londres de los años 70 a la Barcelona actual, o introducir algunas frases del original en inglés y cambiar el nombre de algun escritor por nombres que sugieren algun autor catalán actual. El caso es que estas decisiones funcionan más como un guiño, como un divertimento escénico, que no molesta en exceso pero que tampoco aporta nada al texto original. Pinter nos cuenta la historia de una infidelidad al revés, empezando por el final de la relación adúltera y terminando con el inicio de la misma, construyendo un complejo juego de diálogos preciso, todo un ejemplo dramatúrgico.

Pero más allá de conocer el "cómo hemos llegado a esto", Pinter utiliza esta pequeña historia personal para hablarnos con crudeza, sin contemplaciones, de la hipocresia y el autoengaño, del vacío de unos personajes obsesionados con el éxito y la imagen, de la estupidez de nuestros actos o de la pérdida de un cierto rol masculino. Traición es sobre todo una obra de actores, un texto milimétrico que debe sustentarse en grandes intérpretes, capaces de transmitir en cada gesto, en cada silencio, todos los matices del trío protagonista. Y el nivel mostrado por Vicenta Ndongo, Francesc Orella y Francesc Garrido es muy alto, sobre todo ellos dos, capaces de transmitir toda la fuerza e incoherencia de sus personajes. Las interpretaciones, sumadas a la sencilla y perfecta escenografía (simbólico laberinto de volúmenes caóticos) y al efectivo juego de luces diseñados por el propio Alfaro, consiguen concentrar en un escenario muy próximo un potentísimo juego de emociones, un regalo escénico que los aficionados al gran teatro no deben perderse.


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