7 diciembre, 2011. Por

En la luna

Teatro de La Abadía. Madrid
Alfredo Sanzol vuelve a retratar la infancia de la democracia española En la luna
En la luna

Alfredo Sanzol es un nostálgico. En los últimos años le hemos visto abrir la de Pandora retrotrayéndose al pasado para dedicar una mirada inteligente y socarrona a nuestra querida España y a la edad tierna de su democracia. Retratarla con cariño, con mimo y sin descuidar susceptibilidades tanto en el texto como en el respetable; escarbando en la sociología de la vida cotidiana, en los escombros de la memoria que todavía dejan asomar imprecisiones que a nueva luz se actualizan y se moldean aún hoy llamándonos la atención como si esa España vieja no fuese la nuestra. Y eso que fuera hace dos días. Y da un gusto increíble reírse tan sincera y naturalmente con el mosaico característico de sus sketches que están formando algunas de las páginas más lúcidas del teatro español contemporáneo. Lo hizo con Días estupendos en el Centro Dramático Nacional hace dos temporadas; la pasada lo haría en el Teatro Español con Delicadas; y afortunados los que vayan a ver su nuevo montaje al Teatro de La Abadía de Madrid, En la luna, porque el madrileño vuelve a hacer diana. Otro acierto sobre las tablas. Con él nos traslada a un lugar alegórico para refrescar y ordenar los primeros recuerdos informes que conforman el bagaje de lo que somos y que se nos aparecen como relumbrones regresivos que nos hacen conscientes, completamente y de repente, de esos cúmulos memorísticos que en fragmentos se disipan en el muchas veces aletargado bagaje que nos hace. El que nos moldea y define sobre la base de lo que creemos, pues parece que, alcanzándolo, es ahí donde somos. Y vuelve a reunirse una vez más de un elenco a nivel para que la explosión, la de la lucidez y la de la carcajada también, sea de nuevo reiterada. Abstraigámonos como nos propone Sanzol, zarpemos al satélite plateado y hagamos de la realidad lo que es, un conjunto de sensaciones a las que pretendemos dar forma para entender. Exiliémonos un rato En la luna.

Allí donde la deriva y la espontaneidad de su recuerdo le lleva, donde la vida se vivía de una manera que, parece, porque nos empeñamos en ello, ya no es más, es el lugar donde con estos eslabones configura el puzzle de un tiempo vivido. Recordando esos años agrestes, de optimismo ingenuo y renovación de camisería, Alfredo nos vuelve a reunir frente a una Rue del Percebe particular para dibujar las palabras y las tribulaciones de esos días. Días de fe ciega, de optimismo beligerante y de cautela constante; días de ahorro y revisión de cuentas; días raros, únicos, por estar bañados cada uno de ellos por esa idiosincrasia nuestra que nos trae hasta aquí como la marea deja la concha en la playa. Con los mínimos recursos escenográficos, que pasan por un cielo que ocupa el del horizonte del teatro y con vistas a la Tierra, un ventilador a manivela, una bandera de los EEUU que coloniza un espacio y nos recuerda una fecha, y un carricoche de esos de entonces (hoy ya se llaman de otra manera); las viñetas y su secuencia fragmentaria, pero perfectamente ensamblada, como si se tratase de un diorama, vuelven a ser el motor del montaje que nos retrata. A nuestros ojos y, como si fuéramos niños, nos lleva a un destierro lunar donde excitarnos, ver el miedo como lo hacíamos y sorprendernos con esa idea de libertad que viajaba de boca en boca y que parecía tener cara. Quizás de tanto usarla. Junto al texto, fino y amigo íntimo de la risa, y la dirección de los actores, a la altura de la misma luna, se asegura con éste otro éxito. En su patchwork vemos tejidos a aquél que hiciera el planisferio celeste para Francisco Franco y que ahora es llamado a portar su cuerpo el día de su entierro, no sin el rapapolvo propio de la muy abundante de su doña que será la que ponga, como lo hicieran muchas, aunque pareciera que no hablaban, punto sobre íes. O esa pobre outsider que todavía se pone el cono para celebrar su cumpleaños, terca freak atontada como el primer día y gran espacio para la hilaridad más descarnada; al vendedor de puerta a puerta de jarabes mágicos (y es que el aserrín, señores, hace milagros, y nosotros sin saberlo). O a esos pobres hijos que todavía hoy -se supone que para los noventa, como todo y ya en fechas para la expo, estará arreglado- desentierran en fosas dispersas por un país lleno de cadáveres a sus familiares, para darles descanso último en lugar elegido. O la conversación de ese padre con su hijo (y ahí hay algo de autobiográfico, aunque diga el autor que no), al que, por favor, dedícate a ser feliz y a tu padre déjale en paz; que con sobresaliente soltura, elegancia y tino, además de algún taco bien traído y risotadas a espuertas (y, ojo, no es tarea sencilla), vuelven a señalar a Alfredo Sanzol como uno de nuestros mejores retratistas. Por hacer tan fácil una cosa tan difícil para estos días, por hacernos niños y por hacernos reír. Así sí.

En la luna

+ INFO

Nombre del montaje: En la luna

Disciplina: Teatro contemporáneo

Director: Alfredo Sanzol

Autor: Alfredo Sanzol

Reparto: Juan Codina, Palmira Ferrer, Nuria Mencía, Luis Moreno, Jesús Noguero, Lucía Quintana

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar
Iluminación: Pedro Yagüe
Música: Fernando Velázquez
Duración: 1h.50min

D�nde: Teatro de La Abadía

Direcci�n: Fernández de los Ríos, 42

Hasta: 08.01.12

Horario: De martes a sábados a las 20.30h. Domingos a las 19h.

Precio: 20€

Venta de entradas: www.telentrada.com