La costumbre ensordece. Confunde y allana tiempo y espacio desvirtuando la orografía de lo que por ellos pasa; igualando lo extraordinario de todos sus esconces. Condena todas las cosas al rasero de un nivel que no es suyo y que, finalmente y con la miopía propia del que no encuentra aquello que tiene delante de sus narices, somete impasible a dejar pasar lo real de realidad de la vida. A no ver eso que la usanza, por hábito y también por desgaste, ha borrado. Pablo Messiez, que desde hace un año largo se ha convertido en uno de los directores argentinos que, junto a Tolcahir y Veronese (salvando todas, son algunas, las distancias), aproximan al público español a ese cariz particular del teatro porteño donde el drama psicológico juega a vestirse de ingenio histriónico y humor aparente; vuelve a la Sala Dos del Teatro Fernán Gómez que resucitó no hace tanto con Ahora. Y vuelve con las heridas y los miedos que se originan ante el abismo de lo que más nos aterra: estar solos. Y es que, ya sabemos, no hay mayor tragedia que la que esconde la risa.
Acostumbrado él a presentarnos a personajes que adolecen, ya sea por pura psicosis de tiempo presente y pasado (el pasado es el destino) o de incómoda ubicuidad en el mundo, bien por esa castración sensitiva que le llevó a enmudecer a Marianela Pensado en Muda o el daño mágico que impide que en su personaje Óscar Velado (un apellido para una casualidad más) vea; el peligro de enfrentarnos a la realidad ciega de nosotros mismos es uno de sus caprichos temáticos. Los ojos, ya podíamos (verlo e) imaginárnoslo con este título, es un nuevo rascar en esa herida que nunca se cierra, la del amor que siempre da, pero más celoso quita, y la de la soledad, con la que, se ponga uno como se ponga, inexorablemente tenemos cita. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Pablo no ve, es ciego y como tal se presenta después de que con esos rápidos ires y venires y nerviosas marchas diagonales nos reciban en sala las mujeres del montaje. Con su nerviosismo vidente sortean a ése que, caminando pausado, pero tranquilo, no ve. Pablo sale con Nela que huye de sí misma y de las persecuciones de la inseguridad de ser más bien fea y del vértigo de que él lo descubra. Y vea que aún con amor no quiere estar con ella. Natalia (Fernanda Orazi dispuesta a regalar pureza y risa) es la madre de Nela y lleva toda la vida esperando, negando la evidencia que también, como al resto, asola. En esta lírica de tropo doble, por lo sinestésico y lo metafórico, Pablo Messiez se rodea de una interesante escenografía y ese elemento tan desolador, que es el uso del teléfono tan recurrente en sus piezas, y nos suelta un revés fragmentario - pues falta acción, cohesión y, en momentos, obra - que salpica con brillantes sentencias y con un cosquilleo hilarante (y lacerante) casi constante. Muestra la prudencia de lo que es mejor no ver, pues lo vemos con sólo arrimarnos. Y en un espacio terroso inerte que niega toda raíz convierte a sus personajes, a todas luces (de las que se ven y de las que se adivinan), en polvo. Ojos que ven, corazón destrozado.
Nombre del montaje: Los ojos
Disciplina: Teatro contemporáneo
Director: Pablo Messiez
Autor: Pablo Messiez
Reparto: Fernanda Orazi, Marianela Pensado, Violeta Pérez, Óscar Velado
Ayudante de dirección: Alicia Calôt
Fotografía: Javier Naval
Diseño de iluminación: Videoescena Eventos
Duración: 1.30h.
Dónde: Teatro Fernán Gómez
Dirección: Plaza de Colón, 4. Madrid
Hasta: 12.02
Horario: De martes a sábados a las 20.30h. Domingos a las 19.30h.
Precio: 14€. Martes: 11€
Venta de entradas: www.telentrada.com
