Juicio a una zorra

Teatro de La Abadía. Madrid

Zorra, pues fue obligada a serlo desde muy temprana edad a pesar de su descendencia divina y de ser objeto deseo de innumerables héroes no sólo helénicos; hetera, porque allá donde fuera y hasta en su destierro siempre sería extranjera, espartana primero y después troyana; y bella, aunque su deterioro eterno formó parte del castigo de su olvido; Helena reúne la estirpe y el estigma caprichoso que modela la mitología y es, por ello y no por casualidad, uno de los personajes más citados por los mitógrafos y por esos que, al fin y al cabo y como tanto cuestiona ella, han escrito la Historia. También a Miguel del Arco, y después de su éxito con Veraneantes y ya asaltante del mundo clásico más dramático y casquivano (La violación de Lucrecia), ha inspirado para escribir el texto y dirigir en escena a la gran Carmen Machi. Y en conceder el beneficio y el poder de la palabra, el simbólico, el político y en la sombra el honorable, para dejar que sea Helena la que defienda su propia historia y, de paso, arremeta contra todos esos supuestos héroes que tanto le hostigaron. Empezando por su padre, que no es otro que Zeus, y terminando con Menealo, otra de las manos que le vilipendiaron. Para dejar que sea ella como mujer, primero cebo, después culpable y siempre moneda de cambio, como ya viéramos con esta obra de Demóstenes; la que abogue en su propia defensa. Y se despache a gusto. Aunque lo haga embriagada de ambrosía y otras pócimas que, entre la decadencia extenuada y el drama lisérgico, le ayudan a hilvanar las memorias de la historia de su ultraje, el relato trágico de guerra y muerte que le rodeó y la evocación bella de su amado Paris, la única verdad que recuerda. Pero escuchémosla, asistamos y, si acaso, valoremos en este Juicio a una zorra.

A Carmen Machi la hemos visto ya espléndida en monólogos (sin ir más lejos el que precedió a la penúltima película de Almodóvar) en los que su personaje crece con el encendimiento y el furor de alicientes varios (cocaína, entonces, y brebajes mixtos ahora) y es parejo al explosivo clímax de su discurso. Pero verla devenida divinidad entre los rojos, blancos y azules que nimban su característica figura es absolutamente recomendable. En escena y a un nivel que no decae (de agradecer también la hora breve que dura), junto a incontables botellas y copas dispersas por una gran mesa recia, su papel se recrea in crescendo en un texto lúcido y, en ocasiones, solazado y divertido, en el que se alternan los cultismos añejos con los chascarrillos extra-diegéticos y que, en boca de Machi, sólo pueden procurar el acierto, la carcajada y el guiño. En su agitada y sollozante, también patética y rabiosa soflama, los baños lumínicos y la banda sonora (normalmente representando los prepotentes quejidos meteorológicos de Zeus) dramatizan y matizan sencilla y justamente sus movimientos, sus tambaleos; sus ascensos y caídas. Y sitúan sus coléricos embistes en paralelo a sus tórridos delirios, anhelos y fruiciones en un alegato de verdad y justicia poética que no es sólo contemporáneo por una cuestión obvia de género, sino por la propia reflexión crítica y alegórica de los endiosamientos crasos, los abusos de poder y la sofisticación pragmática y sibilina de la palabra que manipula la Historia.

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