La narración corta, como las Novelas en tres líneas de Fénéon o como la expresión conceptista por antonomasia de Baltasar Gracián y su célebre: lo bueno, si breve, dos veces bueno, son el equivalente a la máxima minimalista de menos es más y de un ejercicio depurado y de síntesis en lo expresivo y representado. Afortunadamente para el respetable y algo cansados ya de consumir (aunque, desde luego, sí, vale, los gocemos) una y otra vez dramas heroicos o lacrimógenos de densidades cúbicas, cuando no enésimas, estas historias cortas, salpicadas con buenas dosis de humor, sorna e ironía, son la sana obsesión nutriente y la jugosa materia prima para el dramaturgo madrileño Alfredo Sanzol. Seguramente por eso la compañía T de Teatre le haya encargado este texto con el que ya saboreara en el pasado Grec el éxito. Ya nos lo dejó muy claro con Días estupendos hace un par de temporadas en el Teatro Valle-Inclán y su anterior montaje Sí, pero no lo soy. Y lo cierto es que, sin perder en absoluto un ápice de esa gimnástica flexibilidad verbal, ducho de ocurrencia disparatada y pergeñando un ensayo ágil hacia lo absurdo, lleno de sentido amalgamado, vuelve a saber contarnos un conjunto de episodios en la forma de sketches que desfilan encabalgados. Retazos fragmentarios que siembran historias de trozos de vidas y que autobiografían un complejo sistémico, articulado, que comprende y convoca a todas las partes para dotarlas de un único sentido y dirección en rumbo hacia la risa. Para hablarnos de nuestra condición quebradiza hurgando en ese saco sin fondo que es la vida cotidiana desde donde retrata a personajes frágiles y delicados, que ahora son unos para después ser otros que vuelven a ser casi aquellos que fueron, en historias cortas y autónomas, independientes e inconexas, pero entrelazadas, que conforman una galaxia excepcional de inteligente código textual y paródico sentido del humor. Historias mínimas para carcajadas máximas en juegos de palabras, reiteraciones esperpénticas, monólogos sobresalientes, elasticidad prosódica, rimas eventuales, interpretaciones conspicuas, gritos fenomenales, conversaciones habituales, tacos bienhallados, efectos sonoros y algunos –impresionantes- especiales; anclajes recurrentes que salen ahora y brotan imprevistos después; momentos, que son muchos, descojonantes, que vuelven a empezar otra vez. Y que son el fundamento de una hilaridad irrefrenable, resonante, ahogada y explosiva, que se sucede incontenible sketch por sketch.
Bendita la madre que parió a la madre de Sanzol y benditas las hermanas de ésta por generar el poso que alimenta este corpus desternillante a raíz de un recuerdo que, de una de ellas, tiene el autor cuando, recién levantado y con siete años, bajó a la cocina y allí aseándose se la encontró. Alcohol de 96 grados y Nivea por un tubo en una riña por ducharse demasiado sirve de arranque para llevarnos pronto junto a ese rosal que estaba muerto y sin saber cómo ha resucitado. Cuando no son dos costureras las que hilan y discuten, por temor a los milicianos, sobre el crucifijo cementado a su espaldera cuando ellos son, como si nada, Pedro y Pablo Picapiedra. Estos dan acceso al romance entre un piloto y una mujer cualquiera cuando, de pronto, está lloviendo y, en familia, las hermanas despiden a uno que va para la guerra. Unos padres comerciantes que sermonean moralmente a una criada que les cree intelectuales y que se convierte, de súbito, en uno de los monólogos más alucinantes a través de la historia de una vecina y un pescadero que recibe los aplausos y vítores más hilarantes. Una mujer que necesita a su vecino José porque Jacinto, el señor de la casa, es incapaz de matar a ese ratón antes de ser un padre meloso que quiere que su hija le añada como amigo en Facebook resultando plomizo y un incordio pegajoso. Un fotógrafo enviado por aquel soldado de entonces, que llega a la casa de la novia de éste para retratarla desnuda mientras la hermana le reprende porque dice que sólo la quiere para hacerse pajas en el frente. Una pintora cantamañanas que se lleva el gato al agua cuando después de una larga perorata vende su pésima obra y no precisamente barata. Un percusionista de una banda militar ofrece un concierto sólo con los platillos ante el espanto y el cuchicheo de la familia de su novia que desaprueba su creciente tonteo. Un ciruelo que da manzanas y que no es el cuento de Santa Casilda que narra una abuela a su nieto sobre cómo convirtió aquélla las rosas en panes dejando al niño picueto. Y que cíclicamente nos altera con una sonrisa dibujada y unas agujetas bien apaciguadas porque con la que está cayendo y visto el panorama, mejor dejarse de tanto drama e ir a buscar la carcajada. En el Teatre Poliorama la dan y se llama Delicadas.
Nombre del montaje: Delicadas
Disciplina: Teatro contemporáneo
Director: Alfredo Sanzol
Autor: Alfredo Sanzol
Reparto: Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico, Àgata Roca
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar
Iluminación: Albert Faura (A.A.I.)
Sonido: Roc Mateu
Producción ejecutiva: Daniel López-Orós
Dirección ténica: Judit Vidal
Ayudante de dirección: Eli Iranzo
Jefa de producción: Carmen Ávarez
Ayudante de iluminación: Carles Borràs
Ayudante de sonido: Roger Ábalos
Caracterización: Tito Monros y Karol Tornaria
Dónde: Teatre Poliorama
Dirección: Carrer de la Rambla, 115. Barcelona
Hasta: 01.04
Horario: De miércoles a viernes a las 21h., sábados a las 18 y 21.30h. y domingos a las 18h.
Precio: De 19 a 28 €
Venta de entradas: www.servicaixa.com
