Ahora

Teatro Fernán Gómez. Madrid

Ahora dio la bienvenida a la “nueva” Sala Dos del Teatro Fernán Gómez (por fin) hace tan sólo unos meses cuando estrenaban este texto que ya reestrenan con dirección de Pablo Messiez, del que también pudimos ver uno de los mejores montajes que de 2010 recordamos: Muda, en el Teatro Pradillo. Lo del argentino (del que también conocemos Antes y el que, nos consta, cuenta con el aplauso y respeto adulador de sus paisanos Tolcachir y Veronese, por cierto dos los nombres más interesantes del teatro contemporáneo independiente, entonces, y ahora) es la sala pequeña y versátil que permite la focalización de una acción y que acorta la distancia entre el público y la interpretación, entre el allí y el ahora escénico que tanto abunda, en centenares de salas alternativas, en ciudades como Buenos Aires. Un ámbito donde la próxima respiración del público es tan necesaria que sólo por ella permite al espectáculo ser lo que es. Un entorno cercano e íntimo para que al contagio y simpatía teatral se acceda sin artificio, con un texto sólido, objetual, de celeridad verbal y evolutivo. Uno que ahonde en nosotros y nos cuestione y se dedique a hablar del pasado y del presente, ahora; de lo que fuimos, de lo que somos y de la necesaria alteridad para tres de los constructos más importantes no sólo de este montaje, sino del ser social en esta vida: el yo, el otro y las proyecciones ficcionales que permiten esas relaciones que el uno establece con el otro y el otro con el uno en un tiempo y espacio que, por qué no, también podría ser Ahora. Y de una de las verdades más dolorosas que también sentimos: reconocer que estamos solos. Sí, también ahora. 

Discriminando el espacio y focalizando el interés del montaje en un 30% útil del escenario (el 70% que resta debidamente separado y desnudo se dedica para estallidos psicológicos y la explicitación formal de una meta-ficción) Pablo Messiez propone un montaje en el que tres amigos, de acuerdo a las decisiones pautadas en distintos estadios de libertad metaficcional que transcurren en tres momentos decisivos y determinados en lo que siempre se refieren al pasado, deciden ser otros no sólo para re-conocerse y desarrollar con prodigio sus papeles en ese otro lugar y tiempo, sino para evidenciar con dureza y a la cara todas las cosas que hacemos para no estar solos. Porque cuando la evolución lleva al cambio y no nos reconocemos, ahora, estamos solos. Por eso el autor argentino, como ya nos ha demostrado otras veces, confía en el poder de las ficciones no sólo como medio terapéutico, sino como un nivel más en la complejidad textual de sus dramas. Al hilo de un libro que leyó de Carson McCullers, The Member of the Wedding, Messiez decide recuperar para el espectáculo a Frankie, a Juanín y a Berenice, para señalar la necesidad simbólica y terapéutica del apego y el sentido de pertenencia. Para poder salvarnos todos luchando con nuestras manías cotidianas y con nuestras terquedades, para construir frente al otro y para el otro sobreviviendo a nuestras obsesiones atávicas que conducen siempre al miedo más terrible y compartido: el estar solos. Y, sólo entonces, decidido, en la intimidad y bajo el entendimiento y la necesidad última del otro, cuando estamos de acuerdo y compartiendo un mismo lenguaje y un código, se nos permita salir de nuestro cuerpo y de nuestra identidad en los que estamos enfermizamente atrapados para, por un momento, aunque sea ahora, poder ser otro. Ahora. Sí, estamos solos.

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