Del maravilloso...

Teatro Español. Madrid

Lo que puede verse en la Sala Pequeña del Teatro Español es pura realidad aumentada que juega a ser simulacro. Y también es lo contrario. Es la verdad de la mentira y es también la mentira de la verdad. El argentino Daniel Veronese de nuevo concentra un texto aristado y violento sobre un espacio reducido y un conjunto exacto de objetos que organizan parte de la geometría dura de la que tangencialmente formamos parte como voyeurs. Un habitáculo diseccionado en un espacio escénico reducido a un escaso 30% del escenario de esta Sala Pequeña atrapa nuestra atención y la arrastra consigo para formar parte de la catarsis a la que nos conducen una plantilla de actores precisos y armados con la incisión congelante y abrupta del gesto sobresaltado y de la palabra llagada. Apenas sin respirar seguimos el vértigo arrollador de la rítmica (y poética) delirante del texto en saltos surrealistas, histéricos, cómicos y de una siniestralidad que acorrala de forma cada vez más patente y de la que, sin darnos cuenta, ya formamos parte cuando somos conscientes de que ya no estamos sentados en una butaca, sino en el interior de esa casa abierta en canal, herida, seccionada. 

Veronese hace posible la visualización de todo lo que no está, pero que vemos. Y, además, provoca una fuerte pregnancia retiniana de lo que ahí está porque Veronese enfoca (no sólo) lo físico. Un esquinazo de una habitación, una banqueta, un somier sobre la estructura de una cama, una mesita de noche que esconde varios secretos, un vasar sobre el que descansa un cenicero, una maleta, un vano hacia un pasillo que perdemos y una puerta que se abre. Así Gómez aparece maniatado, amordazado y vendado en la casa de Berta, a la que parece que no ve desde hace más de veinte años. No sabe cómo ha venido a parar aquí y ni ella ni Fermín, el vecino de ésta, están dispuestos a darle ninguna pista del porqué. Tono, ex-amante de Berta y viejo amigo de Gómez, al que tampoco ve desde hace mucho tiempo, aparece también en escena con la niña, la hija de Berta y germen que desata las tensiones que en ese pequeño recinto se empiezan a manifestar. A través de un zoom dramático sobre este seno familiar desmembrado que todavía se automutila se nos presenta el detalle sombrío y el enfoque del daño, la fisicidad que lo rodea y que configura el ahogo y la claustrofobia en el espacio lamentable del ser humano. En la neurosis y en la psicosis. En la agresividad, en la ternura, en la maldad, en la ficción y en la prepotencia; en el orgullo y en la indiferencia. En la perversión, en el cinismo y en el incesto. En el amor y en la oscura inocencia. Sobre la fragilidad del seno familiar y la bajeza infausta del ser, sobre nuestra condición más elemental, pulsional y pusilánime. Sobre la degradación feroz y la violencia no sólo simbólica del lobo. Del maravilloso mundo de los animales: Los corderosPero no es definitivo. No, claro, no lo es.

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