Nos ha pasado cada una de las veces que hemos ido al Teatro Guindalera. Vivimos siempre esa misma experiencia estética y esencial. El contagio catártico y emocional en todo lo que allí escuchamos, vemos y sentimos es siempre sinónimo y garantía de calidad. Una vivencia convulsiva que nos espeja ante lo que somos, en lo bueno y en lo malo. Sin mentiras, sin excesos, sin abalorios complementarios, como siempre haciendo teatro. Teatro del de verdad, de la verdad, del puro. De cámara, de autor, de arte y ensayo. Del que milita y ejercita teoría y práctica en cada representación. Del que nadie debería perderse. La prueba de su compromiso con la verdad y la complejidad del ejercicio interpretativo y textual esta vez está escrita por la pluma de uno de los mejores representantes de la escena nacional, Ignacio Amestoy. Y su obra La última cena. Y el ejercicio magistral de adaptarla y orquestar la dialéctica hipertextual y de orientación parabólico-mitológica de la que se nutre es de Juan Pastor, quien se sirve de (un cada vez más célebre) José Maya y (un pródigo, más que nunca después de su periplo inglés) Bruno Lastra para acercarnos y hurgar, embriagados de chacolí, en los secretos soterrados por el olvido, el dolor, la frustración utópica y el fracaso vital en el seno de un nicho familiar muerto en el País Vasco.
La tragedia sobrevuela furtiva en la casa de Íñigo, escenario único y lineal de la obra y reflejo de una sociedad marchita que adolece de síntomas morales, políticos y éticos. Íñigo es un dramaturgo maduro que, borracho de desesperanza, se dirige en anodino tránsito hacia el final de sus días. Sobrevive a la soledad con la lectura de Séneca, María Zambrano, Borges o Eurípides y con los recuerdos y fantasmas de un hogar vivo. Hace un día su hijo Xavier, activista de la lucha armada que abandonó el hogar tiempo atrás, avisó de su paso por la casa. Allí le espera el padre para cenar con un par de palomas recién cazadas y un menú para la que es, quizás, La última cena. Muertas las ilusiones de cada uno de ellos, se enzarzan en un enfrentamiento verbal (la enjundia de este texto) tan complejo en su sustancia como en su posible ejecución actoral y rítmica. Sin embargo, la dinamización de los diálogos y monólogos, los valles anímicos y las cumbres catárticas, equilibran la obra en un trabajo increíble que debate (desde el cariño y la herida de la soledad) sobre política, filosofía, ética e historia y que acorrala a personajes y público en un juego oscilante entre lo real y la realidad. Entre la teoría teatral y su práctica. Entre la muerte del hijo y la muerte del padre. Y que nos regala uno de los productos metateatrales más eficaces y hondos que hemos visto este año. Están ahí, no tan ocultos, pero vedados, en los secretos de familia.
Nombre del montaje: La última cena
Disciplina: Teatro contemporáneo
Director: Juan Pastor
Autor: Ignacio Amestoy
Adaptación: Juan Pastor
Reparto: José Maya y Bruno Lastra
Dónde: Teatro Guindalera
Dirección: Martínez Izquierdo, 20
Hasta: 13.06
Horario: De jueves a domingo a las 20h.
Precio: 16€
Venta de entradas: www.entradas.com
