Las listas

Teatro de La Abadía. Madrid

Son muchos los factores que inciden en una obra de teatro y en el resultado final. Pero más allá del texto, la dirección, los actores o la escenografía, hay un elemento igualmente importante desde el punto de vista del espectador: la sala. Porque a pesar de que algunos espacios son excepcionalmente polivalentes, lo cierto es que las tendencias en la programación lleva a cada teatro un público, acostumbrado a un determinado tipo de espectáculos y a reaccionar de una manera concreta. Toda esta reflexión viene a cuento de Las listas, la sorprendente y divertida obra de Julio Wallowits tras su estreno en el Festival Grec hace un par de ediciones volvió a verse en el Teatre Poliorama, de Barcelona. Viaja ahora a Madrid y desde hoy la tenemos en el Teatro de La Abadía para goce de los que habitamos la capital. Las listas es una obra casi experimental, más cerca del teatro alternativo que de las salas más comerciales. Y gran culpa de ello la tienen los surrealistas diálogos escritos por el co-director de la película Smooking Room, de propensión próxima a la risa y a la carcajada, según momentos.

¿Qué pasaría si todos decidiéramos ser artistas? Esta pregunta, tan absurda como inquietante, es la que Wallowits formula en su primera obra que, además de dirigir, también ha escrito. La idea nace de la novela El vértigo de las listas, del filósofo y escritor italiano Umberto Eco, que analiza la obsesión del hombre por elaborar listas. Aquí conocemos a dos excéntricos personajes, un escritor y un pintor, pedantes, aburridos e incapaces de mover un músculo a pesar de que se están quedando sin comida y corren el riesgo de morir de hambre. El caso es que todo el mundo ha decidido dedicarse al arte y nadie produce nada, excepto un granjero con demasiado talento para la poesía. 

Es original, ocurrente y divertido el punto de partida de Las listas, así como jocosa la reflexión sobre la demasiado en serio que a veces nos tomamos el arte. El problema es que la idea se repite una y otra vez en un texto algo reiterativo al que le cuesta avanzar más allá de esa premisa inicial. Sin duda lo más interesante es el trío actoral, encabezado por un gran Francesc Garrido, irreconocible, divertido al límite del histrionismo, muy bien acompañado por Gonzalo Cunill y Pep Cortés. Wallowits demuestra originalidad y atrevimiento en su primera obra de teatro, pero también se manifiesta como un director escénico algo limitado que ha suplido con inteligencia y buenos actores una obra que, quizás, funcionaria mejor en circuitos alternativos, más acostumbrados a la experimentación.

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