Don Carlos

Teatro Valle-Inclán. Madrid

Tras el Hamlet de Tomaz Pandur, Tito Andrónico de Animalario llega Don Carlos de Calixto Bieito y resulta inevitable comparar. ¿Por qué, si son montajes aparentemente tan diferentes? En realidad, porque tienen más similitudes que divergencias: una escenografía espectacular o completamente depurada, grandes figuras a la cabeza, violencia explícita, desnudez, provocación y una extensa banda sonora. Textos clásicos con envoltorio extra contemporáneo.
Soplan aires vanguardistas por los escenarios españoles, ahora bien se plantea la siguiente cuestión: ¿llega o no el mensaje final al espectador? En el caso de Don Carlos, obra de Friedrich von Schiller, la carga reflexiva se encuentra enterrada bajo una multitud de capas creadas por Calixto Bieito; véase el exceso de música, las contradicciones entre vestuario femenino y masculino, una escenografía poco comprensible a primera vista, algunos histrionismos descontextualizados, desnudos y otras ‘rarezas’.

Sin embargo y tras digerir la exuberancia del espectáculo, uno halla ante sí una propuesta diferente, original y muy interesante en la que cada detalle cobra sentido, por muy estrafalario que parezca. Quizás la intención del director no reside en la transmisión de un mensaje predeterminado sino en provocar al público una larga lista de emociones primarias derivadas del sexo, la violencia, el poder o la religión. Los actores cumplen a la perfección con su misión, aunque cabe resaltar la maestría de Carlos Hipólito, un actor de teatro que haga lo que haga llena el escenario con su voz y su cuerpo. Rubén Ochandiano defiende el personaje de Don Carlos con soltura, mucha frescura, dándole un toque de niño caprichoso e incomprendido que a lo largo de la obra, eso sí, va perdiendo un poco de fuerza. Se agradece que tanto Ángels Bassas (Princesa de Éboli) como Violeta Pérez (La reina) se dejen la piel en escena y mantengan la tensión durante toda la obra. No estamos ante un montaje teatral al uso, estamos ante un verdadero espectáculo que, igual que incomoda en ocasiones, impresiona y sobrecoge en otras. Puede incluso que, tras los aplausos, más de uno sienta crecer en su interior impulsos viscerales reprimidos. ¡Tened cuidado!

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