Muerte de un viajante

Teatro Español. Madrid

Un texto como el que da origen a este montaje es motivo más que suficiente para acercarse al Teatro Español. Para verlo y para sentirlo. Un trabajo voraz (premiado con un Pulitzer en 1949) de un sostenido dramático in crescendo que muestra el lado más agrio de Arthur Miller desde el fatum que adelanta su propio título. Un drama que se aboca a la tragedia (clásica y siempre actualizable) desentrañando toda la psicología que se encarga de obstruir, y también forclusionar, el anhelado american dream. Y un resorte como un latigazo para mostrar los sueños y la identidad desde el lado más patético, ingenuo, miserable, pero también el más enternecedor, del ser humano. Algo que, a pesar de la mitad de siglo que distancia su estreno en Broadway del momento actual, encuentra inevitablemente su reflejo en el aquí y ahora contemporáneos. Lo que es la raza humana. 

Encontrarse de frente y sin escapatoria con esos agujeros negros de la apariencia, de la mentira de lo canónico y lo modélico, agitarse con los temores y con la resistencia frustrada, con relaciones familiares que taponan lo terminal en un estado de imposible regreso, con ilusiones de éxito mancilladas y truncadas y con la lenta y sibilina inseguridad; nos dispone perfectamente para el guantazo sordo más doliente. Si Mario Gas sitúa a Jordi Boixaderas como el comerciante Willy Loman a la cabeza del reparto, rodeándolo de un elenco de actores tan sobresalientes como los zarandeos que sentimos; y la narrativa escenocinematográfica (si se nos permite) acompasa con detalles y sutiles contextualizaciones el estallido, sólo nos queda reventar de la emoción. Y morirnos un poco en Muerte de un viajante. Nadie debería perdérsela.

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