Hamlet

B. Nacional de Catalunya. Barcelona

Convencido de sus limitaciones (sobre todo de presupuesto) pero también con las ideas muy claras y un estilo y método de trabajo muy concretos, Oriol Broggi se enfrenta de nuevo a un clásico de clásicos, la tragedia de Hamlet de William Shakespeare. Tras el gran éxito de la versión de El Rey Lear que su compañía, La perla 29, ha reestrenado esta temporada con todas las entradas agotadas, se nota que el joven director no ha perdido el respeto a los clásicos, pero si el miedo. Y el resultado, fresco, vivo, jocoso, se convierte entre las paredes góticas del maravilloso espacio teatral de la Biblioteca de Catalunya, en una pequeña y exquisita fiesta teatral, en el sentido más desenfadado y positivo del término. El escenario a ras de suelo, con esa tierra polvorienta de la biblioteca que han pisado otros monarcas teatrales o heroínas como Antígona, se convierte, una vez más, en un protagonista más de la función. Las paredes desnudas de esta nave gótica, cuatro focos, algún pequeño efecto especial semi-artesanal y cuatro telas son suficientes porque en este Hamlet, como en otros espectáculos de Broggi, la palabra es lo que manda y el actor el auténtico protagonista. 

Broggi
pide a sus actores versatilidad, compromiso y a cambio les ofrece libertad, disfrute escénico. Encabeza el espléndido reparto un sensacional Julio Manrique, últimamente más dedicado a la faceta de director que también se le da muy bien. Así, la función desprende la magia del teatro más ancestral, la frescura de un ensayo, y una sencillez que convierte los versos de Shakespeare en algo muy próximo. Seguramente los más puristas, los más obsesionados por el respeto absoluto del verso, se sentirán molestos con algunas bromas, con el tono gamberro que desprende la obra en muchos instantes. Pero si uno es capaz de entender esta función como un ejercicio de homenaje al teatro más fresco, más espontáneo, la mezcla de humor y las salidas de tono se convierten en un disfrute para nada incompatible con los versos de Shakespeare. Al final y al cabo, el maestro entendía el teatro como un juego y una mezcla de géneros...

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