Tantas voces

Matadero. Madrid

Se presentó el pasado viernes en las Naves del Matadero, ese patrimonio industrial digno contenedor de nuestra vida cultural, la obra dirigida por Natalia Menéndez, Tantas Voces. Presentada como obra de Luigi Pirandello, lo cierto es que éste nunca escribió una obra con tal nombre ni tal estructura. Escribió sin embargo otras muchas cosas, su teatro completo que le valió el Nobel, poesía e infinidad de cuentos, muchos de ellos recogidos en la inacabada recopilación que preparaba. Y es de todos estos textos de donde ha salido la obra, que podría ser un peligroso corta y pega si no fuera por la calidad y la fuerza de la obra Pirandelliana y la delicadeza y acierto de la mano que cortó y pegó. Nada más lejos de otros refritos que aprovechan el nombre de un autor para, sin decir nada, ofrecer algo nuevo, que este homenaje y acertado resumen del ojo que vio su tiempo avanzando hacia el futuro.

No hay nada nuevo, -dejemos de lado las proyecciones, que son un must de la escena si quiere ser contemporánea- simplemente las historias de esos personajes que, en la Italia de principios de siglo XX, ahondan en su propio análisis. Ese juego de máscaras que crea personas atadas a la visión que de ellos se tenga, limitándose ellos mismos por las imágenes que de sí han creado, bien a su pesar, bien forzados por la dramatizacion de nosotros mismo que todos hacemos al proyectarnos cada día, hacia la persona que una vez soñamos que seríamos, mientrás que seguimos encerrados en la persona que otros piensan que somos.

Haciendo gala del más intelectual de los sentidos, el del humor, Pirandello, filtrado por la tijera de Menéndez, nos muestra ese retrablo supesticioso de un buen país meridional, en el que un desgraciado sin otro capital que su mala suerte, desea obtener un certificado que muestre la profesionalidad de su condición de gafe. O la historia, tan repetida, de aquella niña que dejó su pueblo prometiendo a su rústico mecenas su mano y que al ser encontrada por algún tiempo después, entre las nieblas del éxito, se ve convertida en algo que soporta, acusada por el intenso olor de los limones de la Sicilia de su infancia... Riámonos entonces, disfrutemos de lo ridículo, pues a menudo, es la única manera de enfrentarnos a la ruindad de estar vivo.

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