Medida por medida

Teatro de La Abadía

El Duque de Viena se retira delegando el gobierno en Angelo, un hombre de estricta moral que buscará reconducir la decadencia reinante en la ciudad. Paralelamente, el Duque, disfrazado de fraile, vigilará si éste, una vez en el poder, muda de ser o de parecer. Así arranca Medida por Medida, una comedia oscura de Shakespeare muy pocas veces representadas en los teatros españoles. Lujuria-religión, es el binomio shakespeariano de la obra. Una relación de temas carente de actualidad, por mucho que intentemos apropiarnos de las tramas clásicas como si de nuestros propios conflictos se tratasen. Suena la campanilla, empieza a fluir el texto y con él la trama. A primera vista, resulta difícil simpatizar con alguno de los protagonistas de la obra: Angelo, el Duque y sobre todo Isabel, una novicia dispuesta a sacrificar la vida de su hermano por permanecer pura ante los ojos de Dios. La virginidad de una novicia por perdonar la vida de su hermano, esta es la medida por medida.

La doble moral, que juega un papel primordial en la obra de Shakespeare, nos invita a reflexionar sobre las debilidades humanas, algo mucho más acorde a nuestra realidad. Juzgar a los demás por un delito que a menudo cometemos nosotros mismos, ¿no reside ahí una de las grandes contradicciones del ser humano? Sí somos débiles, aunque nos escondamos detrás de principios morales dudosos, aunque nos sentamos todo poderosos, aunque poseamos todas las armas del mundo. Somos lo que somos, pecadores al fin y al cabo. ¿Y por qué no? Asumamos con humildad quienes somos. Esto es justamente lo que no ocurre con los personajes de la obra que se debaten entre el deber, una moral absurda, el peso de la religión y sus verdaderos impulsos.

El director Carlos Aladro acierta de pleno montando una obra a tres bandas en la que elimina las barreras del teatro a la italiana; espectadores abajo contemplando el espectáculo y actores arriba en un escenario-pedestal. El espectador puede observar libremente, examinar de cerca, fijarse en cada detalle, en cada personaje que habla o calla. Esta presión constante repercute en los actores que se ven obligados a estar en alerta continua hablen, escuchen u observen. Su concentración es óptima, los cambios rápidos, el uso del espacio es oportuno y todo este conjunto sirve para elaborar una conexión entre público y actores, verdadera y sin artificios. Ya saben, vayan a verla... sin medida.

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