Cartas de amor...

Teatro Pradillo. Madrid

Los intelectuales siempre han supuesto una amenaza ante el sistema en los distintos regímenes dictatoriales históricos. Una amenaza o un recurso panfletario y folletista de mucho interés, especialmente en los más oscuros, duros y censores. El intelectual que está con y para el régimen y el intelectual que está en contra. Una alianza poderosa o una disidencia fatal son el resultado de la sutil y portentosa relación que arte y poder, moral y estética, llevan desarrollando hasta hoy provocando una retahíla interminable de dramas personales. Una relación a través de la cual la historia nos narra las vivencias de muchísimos artistas abocados al exilio lejos de sus vidas, familias y el amor a sus lugares de origen, cuando no fueron encarcelados o aniquilados de un plumazo para que no armasen demasiado ruido. Sobre uno de ellos, Mijail Bulgákov, poeta y dramaturgo ruso coetáneo al régimen estalinista, se centra el texto de Juan Mayorga que podemos ver proyectado bajo la batuta de Helena Pimenta en el Teatro Pradillo de Madrid hasta finales de este mes. Con un montaje sencillo que nos enfrenta directamente con el espacio de la obsesión del autor ruso y un texto excepcional cargado de emotividad, amor y delirios, la obra se despliega acogiendo con naturalidad y destreza el drama de Bulgákov y los monstruos y fantasmas que acecharon su encierro en el Moscú de los años treinta. 

Arrinconado en el silencio de su despacho y sometido a la trágica represión que sufrió su obra y su persona, Bulgákov (José Tomé) comienza una relación epistolar de una sola dirección pidiendo clemencia para poder abandonar el país donde se le ha condenado. El régimen y, por ende, la prensa y la sociedad denuncian su obra ocultándole en su casa donde el escritorio y la máquina de escribir que le han visto triunfar le encuentran ahora amordazado y carcomido. Sólo la compasión y el amor de su esposa, una cándida y pacientísima Bulgakova (Celia Pérez) será su contacto con la realidad que comienza a atormentarle por no hallar una respuesta del camarada Stalin (Ramón Barea). Será entonces cuando suene el teléfono y se abra una puerta a la esperanza. Hasta que los fantasmas que fortalecen el deliro obsesivo de la espera le arrastren amargamente a la locura. Las Cartas de amor a Stalin.

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