Uno entra en el distinguido refugio que en Antón Martín de cobijo al Teatro Cámara Chéjov y siente una vibración especial, un traslado inmediato. Un regocijo concreto, entusiasta, que cautiva desde los textiles que arropan del suelo al mobiliario, de los retratos del maestro a la luz tenue y a una atmósfera que preludia la excepcionalidad. El paso de un vestíbulo a otro, previo patio de enredadera frondosa y entorno lluvioso, nos da acceso último a una cajita de música convertida en teatro. Allí uno toma asiento y, sí, sabe que está en un teatro de cámara. Está preparado para una experiencia única. Ha dado un salto en el tiempo y se dispone a disfrutar de un teatro del arte de mediados del XIX, primoroso, delicado, de porcelana, a través de Noches blancas, uno de los textos más representados en escena del taciturno Dostoievski y que Ángel Gutiérrez adapta para la ocasión. Nunca una mejor siendo 2011 el Año Dual de España-Rusia. Noches Blancas. Novela sentimental (recuerdos de un soñador) -que subtitula originalmente el autor de Crimen y castigo- amanece a nosotros con el repicar de unas campanas y el alborozo de unos parajillos que revolotean en un atardecer que da entrada a Nastenka en un jovial balanceo febril y gozoso que le enfrenta ante un mirador. Sólo con este pequeño y gracioso baile y el deleite ante la expresión variable y gradual de la fascinante María Muñoz que se acongoja desde un clímax extático sobre esa barandilla desde la que sueña, es suficiente para levantarse y aplaudir con arrobo y más de un bravo. Pues es uno de los semblantes que he visto que en tan poco tiempo transmitan tanto. Contempla fascinada la noche de San Petesburgo y de la libertad y el revuelo del baile regresa reflexiva a sus pensamientos que parece que le atenazan y le oprimen. En el solsticio de verano. En un instante fugaz de esperanza. En una de esas Noches blancas.
Pronto aparece él, el Soñador (Carlos Herencia). De él desconoceremos su nombre, pues representa como símbolo parte del drama prosado que Dostoievski urdió entre el sentimentalismo, la reflexión, la ironía y una sutil delicadeza que, de una melancolía mustia, pasa a una tragedia en primera persona por el equívoco de su proyección. Por su inmanente condición. Porque sobre ella volcará su viva ensoñación de lograr y encontrar, para ese vacío solitario que siente y, aunque sea fugitiva y efímeramente, el relleno curativo de su corazón. La pareja, que coquetea a través un teatro puro y desnudo de inigualable prosodia, pausas y contención, corretea con gracilidad (excepcionalmente ella) alrededor de una escenografía mínima y acondicionada en días que salen al alba y encuentros ya citados cuando llega el ocaso y emergen entre bambalinas a esos fenomenales anocheceres. Comienzan a conocerse con las pizpiretas preguntas de ella sobre él y los discursos abigarrados y anhelantes del triste y romántico Soñador. Ella se descubre como una joven que vive con su abuela y espera prendada al inquilino que alquiló una de las habitaciones de su casa. Aprovecha las noches para escapar y entregarse a ellas con zozobra con el afán de liberarse y desprenderse de ese imperdible que, de falda a falda, zurce su abuela para guardar su compañía. Él sucumbe a los irresistibles encantos de una Nastenka también soñadora, pero insatisfecha y frustrada, dulce y algo amargada. Y mientras le escucha y le aconseja sin remedio -toda la grada lo está- se enamora de ella en un deseo profundo de acabar con su soledad. Burbujas caen del cielo de la tramoya en un nuevo baile operístico de El barbero de Sevilla (que también recoge Visconti en su adaptación fílmica) que nos hace soñadores a nosotros frente al goce ilusorio y refinado de tanta magia escénica justo antes de que el Soñador acceda a entregarle una carta allá donde el inquilino pueda encontrarse, pues parece ser que ya ha vuelto de Moscú a la ciudad de San Petesburgo. Aún así mantiene la esperanza de poder ser de ella suyo y suya de él cuando vuelven a citarse junto a esa farola, al lado de ese banco y casi de espaldas al mirador de la noche. Cuando parece que el alquilado no va a aparecer y el amor se hace confeso entre Nastenka y el Soñador a un mismo nivel, son ésas las correas que fatídicamente resuenan del carruaje de él que del Soñador arrebatan las manos de ella. ¿Será que él ha nacido para estar aunque sea un instante al lado de su corazón? El desconsuelo y la decepción inundan al Soñador. Resignado y lleno de angustia, sigue admirando la luna que tímidamente se esconde entre las nubes de esas Noches blancas de mayo. El balanceo sobre dos columpios que llaman a escena a la pareja de actores provoca una nueva lluvia de burbujas en una eclosión artística y rebosante de aplausos donde, una vez más, la sencillez y la pureza, nos hablan del buen teatro en cuatro noches y una mañana. De un paseo solitario y de unas cuantas Noches blancas.
Fotos: CHICHO
Nombre del montaje: Noches blancas
Disciplina: Teatro clásico
Director: Ángel Gutierrez
Autor: F. Dostoievski
Adaptación: Ángel Gutiérrez
Reparto: María Muñoz, Carlos Herencia
Técnico luz: Francisco Caballero
Técnico sonido: Alberto Mayoral
Escenografía: Teatro Cámara Chéjov
Dónde: Teatro Cámara Chéjov
Dirección: San Cosme y San Damián, 3. Madrid
Hasta: junio
Horario: Viernes y sábados a las 20.30h. Domingo a las 19h.
Precio: 12€
Venta de entradas: www.atrapalo.com
