Nos esperan ya en sala. Aguardan. Nos miran, murmuran con la mirada entre ellos y nos vuelven a mirar al unísono. Ella juega con su abanico, se esconde tras él. Él vigila desde un banco atento a nosotros, pero sin perderla de vista a ella. Están jugando. Nos hacen partícipes de esa actividad lúdica. De un pasatiempo. De una ficción, de una realidad. Del escudriñamiento y del juicio acelerado pasan al flirteo y de éste, y sin darnos cuenta con esas notas a piano que preludian el acto, comienza el espectáculo. Juan Pastor reestrena así uno de los montajes más emblemáticos del Teatro Guindalera con esta obra depurada, reinterpretada, que pasa de las manos de Chéjov y su delicioso texto de La señora del perrito, a las de Brian Friel, quien basa y depura esa incisión psicológica sobre estos personajes de mediana burguesía que conforman El juego de Yalta y que Pastor remodela. Un estudio sobre la vida cotidiana que se hace eco de ese Teatro del Mundo del que agudamente hablaba Goffman y de esa autorrepresentación basada en la imagen que proyectamos sobre los demás, en esa autoficción nuestra y suya, intersubjetiva, convencional. Un ensayo de microsociología y psicología que se contrae y levemente se estira a través de un lirismo recogido y musitado con el que tan hábilmente codificaban Chéjov y Friel su arte dramático. Nos dejamos estudiar, nos dejamos pensar, nos hacemos supuesto y presupuesto, por supuesto, porque queremos participar. Porque queremos jugar a El juego de Yalta.
Gurov (José Maya cada día está mejor en todos los sentidos) viene a pasar regularmente unos días de asueto a esta ciudad de la zona de Crimea, a Yalta. Cerca del oleaje manso del Mar Negro pasea los días deambulando por las terrazas y regocijándose en el chismorreo del gentío que por allí se arremolina. Observando y dejándose observar. Estudiando movimientos, intuyendo relatos y realidades que va dispersando sobre los que se sientan en una mesa aquí cerca o los que intuye en esa pareja de allá, en un repaso que sigue al anodino vencimiento del tiempo. Después de enseñarnos el juego asistimos al encuentro de Gurov con Anna (María Pastor), una joven casada con un tal Nikolái, que viaja sola y descansa también en unas vacaciones costeras. Justo se cruza con Gurov cuando atraviesa la plaza de Yalta con su sombrilla y junto a su pequeño perrito. A pesar del talante truhán y coqueto de él, no puede evitar reparar en ella, acercársele para cortejarla y enseñarle también a jugar. Irremediablemente dos extraños se encuentran y, a pesar de un titubeo inicial, a partir del juego proyectan un amor sin fondo desatando una pasión ilusionante basada en expectativas y sueños impetuosos como en cualquier romance naciente. Ficciones. Lo que todavía no saben es que ese juego no sólo supone el inicio de su relación y su complicidad, que será precuela de viajes a unas cataratas plateadas y de despedidas en estaciones siguiendo el lento arrancar del expreso (en algunos de los mejores momentos escenográficos, tan simples como efectivos), sino que terminará siendo, en un aplazamiento constante de la felicidad prorrogada, su propio y melancólico detonador. La elegancia se acumula en los movimientos de los dos actores, en su expresión corporal (cómo es ese giro de bailarina de joyero musical en la que se convierte Anna en su desnudo en un instante), en su contención, en su enfatización perfecta en diversos monólogos. La evolución de su decadente relación, que la saben imposible, se alterna en coreografías de luces y sombras con interludios cantados en operetas políglotas de una increíble voz (Noemí Irisarri) acompañada del tono más apropiado del marfil en blanco y negro que interpreta Marisa Moro. Pero no son suficientes para alentar ese suspenso quebrado y esa presunción fallida que con tanta belleza procuran una vez más en escena desde este taller fino que es Guindalera. En realidad, en la ficción de su vida. En la realidad, ficción muerta.
Nombre del montaje: El juego de Yalta
Disciplina: Teatro clásico
Director: Juan Pastor
Autor: Brian Friel basado en La señora del perrito, de A. Chéjov
Adaptación: Juan Pastor
Reparto: María Pastor, José Maya
Cantante: Noemí Irisarri
Piano: Marisa Moro
Música: Pedro Ojesto y Marisa Moro
Iluminación: Juan Pastor
Producción y vestuario: Teresa Valentín-Gamazo
Dónde: Teatro Guindalera
Dirección: Martínez Izquierdo, 20. Madrid
Hasta: 12.06
Horario: De jueves a domingo a las 20h.
Precio: 16€. Vecinos, parados, estudiantes y pensionistas: 14€
Venta de entradas: www.entradas.com
