Nit de reis

TNC. Barcelona

Amor, locura, burla y sátira se mezclan siempre magistralmente en los textos del maestro Shakespeare, el autor más representado de la historia. En Nit de reis (Noche de reyes), la comedia es la base de un perfecto engranaje. La riqueza de su lenguaje y la contemporaneidad de sus historias ejercen sin cesar una atracción irresistible para directores y actores de toda época y condición. La fascinación llega a veces al absurdo en el que hasta que uno no ha montado un Shakespeare parece que no llega a ser director en mayúsculas. No es el caso de Josep Maria Mestres, quien lleva a escena Nit de reis tras una dilatadísima carrera a sus espaldas. Ni la sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya, una de las más enormes y con más posibilidades de la escena catalana, ni la firma del dramaturgo inglés parecen haber afectado a la frescura y divertimento con que Mestres acostumbra a impregnar las obras que dirige.

Nit de reis es una de las pocas comedias de Shakespeare, más conocido por sus tragedias. El autor parece jugar con las aburridas vidas de un grupo de aristócratas, dedicados a jornada completa a los hechizos del amor y al juego hipócrita de las apariencias. Un tablero de movimientos precisos donde los equívocos funcionan con una precisión incluso excesiva, alejada de la naturalidad y la frescura. Y es que Shakespeare, aún con la clara intención de hacernos sonreir, parece no poder olvidar que su diversión consiste precisamente en gastar una broma a sus personajes, burlados y ridiculizados, siempre cercanos a la tragedia.

Las casi tres horas de esta versión de Mestres, muy fiel a la excelente traducción de Joan Sellent, no dejan lugar para la sorpresa y dan mucha importancia al papel de los actores, un elenco desigual en el cual destacan una magnífica Silvia Bel como Viola y el trío cómico formado por Quimet Pla, Mercè Comas y Carles Martínez. Nota aparte merecen Pep Antón Muñoz, responsable del bufón Feste, un personaje alocado y juerguista que al final parece ser el más cuerdo de todos, y el Malvòlio de Lluís Soler, símbolo de la burla hacía la aristocracia más pedante. Al final, una función muy correcta, a la cual no se le pueden criticar demasiado cosas, pero a la que parece faltar un poco de frescura y emoción para ser redonda.

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