La tierra

Teatro Valle-Inclán. Madrid

La tierra saca sus fuerzas de las entrañas del suelo, una superficie cubierta por el polvo, por la aridez. Una tierra sin agua y unos personajes con el corazón seco, con el alma hecha trizas. La obra narra la historia de una familia marcada por la muerte, la sangre y la resignación. Con la vuelta de la hija los recuerdos pasados se reavivan y el silencio se apodera de la casa sellando las bocas de sus componentes: una madre destrozada que se conforma con esperar mientras el tiempo pasa y la muerte se acerca, una hija que ha huido para no vivir en esta agonía y que sin embargo no encuentra su sitio en la ciudad, un hijo marcado por el fin de un sueño y por la sangre que le mancha poco a poco, su mujer resignada ella también a vivir sin alegría cuidando de una mujer que ni le mira ni le habla. Y así, entre tanta dureza, avanzan a duras penas los personajes. Aunque lento al principio, el ritmo va creciendo a medida que se acerca el final de la obra y con él, los actores. Quizás La tierra peque de excesivos monólogos pero gana en otros detalles como la fina frontera que el autor establece entre acotaciones y diálogos, pensamientos y palabras o la aparición del narrador, un personaje que está presente sin estarlo. 

Los actores sostienen con naturalidad y vigor el texto de José Ramón Fernández, en particular Marta Poveda en el papel de la hija y Mariano Llorente en el papel de Pozo, un pobre chico con retraso maltratado por todos por ser diferente y más débil que los demás. Javier G. Yagüe lleva a buen puerto un equipo perfectamente coordinado con una escenografía muy bien aprovechada y un texto con tintes lorquianos. Porque La tierra tiene algo de Federico García Lorca: su ubicación en un pueblo, la presencia omnipresente de la tierra y su sequedad, el símil que se establece con el dolor que padecen los personajes, la sangre y la memoria. Esa memoria que, a veces, es necesario aparcar para seguir adelante porque nos tiene atados al sufrimiento y al pasado. Vivir así es como vivir a medias, resignados con el futuro que les espera y la carga que les ha tocado llevar.

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